“Cervantes entendió que las lenguas son las llaves del mundo”

La catedrática de Filología Aurora Egido, experta en literatura del Siglo de Oro, ocupa desde mayo de 2013 el sillón ‘B’ de la Real Academia de la Lengua. Sus paisanos de la asociación Tierra Molinesa la han distinguido con uno de los Premios Emprendedores Molineses 2016.


Es una de las cuatro premiadas por Tierra Molinesa, en unos galardones que reconocen el esfuerzo de quienes son un ejemplo para los molineses: ¿cómo recibe el premio?

Con gratitud, como no podía ser menos, tratándose de mi tierra, pero no creo que lo merezca más que todos aquellos, molineses o no, que se esfuerzan cada día por hacer su trabajo lo mejor que pueden, aunque a veces no se consiga del todo.

Dijo en su discurso de ingreso en la Real Academia que entraba en ella para “dar, recibir y devolver, pero sobre todo para aprender”. ¿Qué ha dado y qué ha aprendido en estos dos años sentada en el sillón B?

En cuanto al aprendizaje, me he familiarizado con las tareas académicas de lexicografía todos los jueves, aparte de cuanto he aprendido en el trato con el resto de los académicos. También he aprovechado algo de los riquísimos fondos de la Biblioteca de la Academia. Por otro lado, he participado en las actividades que se me han encomendado, como hacer una introducción a la lectura teatral de ‘La vida es sueño’ junto a Blanca Portillo y José Luis Gómez, o dando un curso sobre Santa Teresa. Últimamente he presidido la mesa sobre ‘Las lecciones cervantinas’ en el VII Congreso de la Lengua Española que ha tenido lugar en Puerto Rico, y a la que asistieron los reyes de España.

El humus del que vengo está en la lengua hablada de Molina de Aragón”. ¿Cómo se hizo allí lectora?

A través de mi padre, que me enseñó el camino de la biblioteca.

¿Recuerda el primer libro que le cautivó? ¿Cuáles fueron sus autores de referencia durante su etapa de estudiante?

Recuerdo sobre todo las ‘Rimas’ de Bécquer y más tarde Juan Ramón Jiménez y San Juan de la Cruz. Claro que también leía los cuentos de Chejov, las obras de Azorín y casi todo lo que caía en mis manos.

Le gustan las bibliotecas. La de Molina de Aragón lleva su nombre desde agosto de 2015.

Tengo esa idea borgiana, pero que ya está en Gracián, de identificar la biblioteca con una suerte de paraíso.

¿Qué opinión le merece el préstamo de pago en bibliotecas?

No debería llevarse a cabo. Creo en las bibliotecas públicas, abiertas para todos.

Guadalajara está viviendo varios centenarios este año: Cela, Buero, Cervantes... ¿de qué sirven estas efemérides?

A veces de muy poco, cuando son efímeras como un fuego fatuo. Augusto Monterroso decía con ironía que son parte del gusto general por los números redondos. Lo que queda es el impulso por la lectura de los autores celebrados y la investigación que se haga sobre sus obras.

¿Qué pensó la primera vez que terminó de leer ‘El Quijote’?

Cervantes dijo que había dado con el ‘Quijote’ pasatiempo. Y esa palabra es fundamental en lo que la lectura nos regala: estar en otro tiempo distinto al que vivimos y gozar con ello.

Usted realza la idea de que con esta obra Cervantes convirtió la lengua en una especie de “caballero andante”.

Me refiero con ello a la cuestión del plurilingüismo, que Cervantes atendió con una profundidad inusitada para su tiempo. Él, que vivió en Argel e Italia y que conocía muy bien la cuestión de las lenguas en contacto, la trasladó al ‘Quijote’ y al resto de sus obras, particularmente al ‘Persiles’, mostrando cuanto supone de riqueza y de entendimiento entre las personas. Además Cervantes comprendió a las mil maravillas que la universalidad se alcanza por medio de la traducción. Él lo consiguió plenamente, pues el ‘Quijote’ es la obra más traducida después de la Biblia.

Más allá de crear personajes eternos, ¿cuál cree que fue la mayor contribución que hizo Cervantes a lo largo de toda su obra literaria, en el campo lingüístico?

Aparte de entender que las lenguas son las llaves del mundo, no se dejó arrastrar por los juegos de ingenio y por el cultismo a ultranza, tratando de que el castellano reflejara discretamente todos los niveles del lenguaje de su tiempo. Siguió los principios de pureza, claridad y belleza. Fue muy renacentista en ese sentido, consiguiendo además que, con el correr de los siglos, el español se identifique con la lengua de Cervantes.

En septiembre se cumplen cien años del nacimiento en Guadalajara del dramaturgo Antonio Buero Vallejo. ¿Por qué cree que se le representa tan poco?

No sé. Supongo que forma parte de las modas y de la particular elección de los directores de escena. Espero que en un futuro próximo obras como ‘Historia de una escalera’ o ‘En la ardiente oscuridad’ vuelvan a ser representadas como merecen, y desde una nueva perspectiva, que profundice en sus componentes sociales y filosófico-morales.

Indudablemente el libro 'Viaje a la Alcarria', de Cela, de quien también celebramos su centenario, tiene un valor especial para Guadalajara. ¿Considera que está entre sus mejores libros?

Sí, creo que es una obra maestra. Y no lo digo únicamente por la proximidad afectiva de las tierras que describe. Yo traté hace años de ver su impronta en la obra de Juan Goytisolo ‘Campos de Níjar’.

Dice que hay que volver a los clásicos. ¿Cómo inculcar su interés a los jóvenes? ¿Es mejor que los lean ya o enseñarles de otro modo para esperar que los lean de adultos?

El campo de los clásicos es lo suficientemente amplio como para irlo frecuentando a tenor de las edades, propiciando que los jóvenes disfruten y sin atosigarlos con obras que produzcan el efecto contrario. Hay que procurar atraerlos hacia la lectura poco a poco, para que ellos la frecuenten libremente y no por imposición alguna. Es tarea de los profesores y también de los padres. Personalmente he aprendido de ellos casi todo.

Es usted una especialista en Baltasar Gracián. Su visión de la sociedad en 'El Criticón' se ha ganado fama de pesimista, aunque alberga cierta esperanza. ¿Qué nos enseña esa mirada del mundo que vivimos hoy?

El Criticón’ no es tan pesimista como parece a primera vista. También tiene su gracia y sus destellos de esperanza, aunque haya que buscarlos tras las apariencias de un mundo trabucado, que se parece mucho al nuestro, tan lleno de falsedades e impostores.

Vuelve del VII Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Puerto Rico, ¿será el español el idioma más hablado en el mundo en un futuro?

Es posible. Pero hay que hacer algo más que ir mensurándolo en cifras astronómicas. Me refiero a la necesidad de que el español ocupe un puesto mejor internacionalmente en el ámbito de la política, la economía, la cultura y la ciencia.

A menudo se ha acusado a la RAE de ser poco sensible con el tema de la igualdad en el uso del español, ¿continúa siendo así o es una fama inmerecida?

La Real Academia Española no impone los usos del lenguaje. Los constata. Y creo que actualmente está muy atenta a los cambios que se producen, cualquiera que sea su área semántica.

La tecnología, las redes sociales, internet… ¿Cómo influyen en el hábito de leer, escribir y pensar?

Desde luego que influyen, pues se trata de medios que facilitan el conocimiento y la comunicación entre las personas, pero a veces menos de lo que se cree. Son medios útiles que casi todos usamos. El problema es que proporcionan un exceso de información, como de encefalograma plano, sin discriminación alguna.

Para acabar le pediría que elija una palabra bonita, otra rara o poco usada y un nuevo vocablo que le gustaría proponer para que se incorporara al diccionario.

En cuanto a lo primero, dudo entre “bueno” y “bello”. Respecto a una palabra poco usada, se me ocurre “distopía”. Me gustaría que se incluyeran algunas, incluso ya en desuso, pero que permiten adentrarse en definiciones que, de otro modo, no se entienden cuando aparecen en un texto o contexto. Por ejemplo, “gallo” en la acepción correspondiente a los vejámenes de grado que se celebraban en las universidades de España y América. El doctorando recibía una laudatoria y a la vez un rosario de burlas. El mejor es el que escribió Góngora: “Tenemos un doctorando”.


Entrevista publicada inicialmente en el número 11 de papel de
Cultura EnGuada, correspondiente al especial de Primavera 2016.