Una cabalgata sin serpentinas

El formato de cabalgata de Reyes Magos como belén viviente ha vuelto a convertir la cita de la noche del día 5 en un evento religioso y solemne, pero no en la gran fiesta infantil que debe ser. Los niños disfrutan, pero no por los bueyes, los músicos vestidos de época y los romanos.


Lo último que se me ocurriría por Reyes sería llevar a mi hijo de tres años a ver una de romanos. A su edad, y en una noche tan especial, lo normal es decantarse por una película de dibujos animados, por la lectura de cuentos de hadas, por las historias hechas a la medida de los más pequeños…

Por eso la Cabalgata de Reyes de Guadalajara, una ‘superproducción’ que no ahorra en su galería de figurantes de época, imitando uno de los muchos belenes vivientes que últimamente proliferan por todo el país, pareció más bien un evento hecho para otro público, y no para esos fierecillas que se acercan con sus padres y abuelos para recolectar caramelos y vociferar a sus Majestades las últimas voluntades incorporadas a sus misivas.

La de Guadalajara ha vuelto a ser una cabalgata sin serpentinas, con un presupuesto altísimo para repetir la historia ya vista en los últimos años y sin argumentos de fantasía para disparar la imaginación de los chavales, demasiado sobria en la puesta de escena de romanos y bandas marciales llegadas de Alcalá para un evento eminentemente infantil… un desfile más propio de Nochebuena o Navidad, cuando se celebra el nacimiento de Jesús, que de la noche en que llegan de Oriente los Magos, acontecimiento de origen cristiano que sin embargo ha derivado en fiesta pagana en la que los remotos inciensos, mirras y oros devienen en carbón para los malos y juguetes para los buenos… un acontecimiento que engatusa casi por igual a creyentes que a no creyentes. La fiesta de los niños.

Así parecen entenderlo en la cabalgata más grande de todas, en Madrid, donde a sus Majestades les acompaña una comitiva en la que no faltan los personajes de moda de los niños, las hadas y los protagonistas de los cuentos de siempre. Así ocurre también en las cabalgatas más discretas de la provincia de Guadalajara, en las que rara vez faltan Bob Esponja o Pocoyó, Spíderman o Batman, un zancudo, malabaristas, payasos, un lobo feroz o un duende juguetón reactivando el mundo de magia de los más pequeños, donde están de más las vírgenes en burro, los dulzaineros de Judea y las milicias con poses espartanas.

Del mismo modo que desde este mismo espacio hemos alabado el tremendo acierto que ha tenido el equipo de gobierno al separar en Ferias los desfiles de carrozas y de peñistas, dotando a aquél de una entidad mayor y una originalidad basada en la tematización –lo que acaso justifica el coste–, en esta ocasión constatamos que la cabalgata de Reyes ha perdido su auténtica reazón de ser. Si se quiere hacer belén viviente, como por ejemplo en Uceda, adelante… pero la noche de Reyes ha de seguir pareciéndose a la gran fiesta infantil de la que disfrutan en otras localidades.

Los niños, pese a todo, lo pasaron bien, pero no por los bueyes y los romanos, sino por otras dos razones mucho más elementales: hubo caramelos, y ese instinto de recoger los dulces lanzados desde las carrozas se mantiene casi como un reflejo primario, herencia seguramente del mismo primate al que tiramos cacahuetes en el zoo; y porque vieron a esos personajes de ensueño capaces de obrar el milagro de regalarles justo aquello que se habían pedido: Melchor, Gaspar y Baltasar… Estos tres tipos que llegan del lejano Oriente, pero que igual podrían venir del País de Nunca Jamás.