Las alimañas nocturnas

 ‘La noche feroz’ • Ricardo Menéndez Salmón • Seix Barral, Barcelona, 2011.


Como las alimañas, los personajes de esta novela de Ricardo Menéndez Salmón salen de noche y se mueven al dictado del instinto de supervivencia, esquivando las amenazas. En su exquisita brevedad, ‘La noche feroz’ es un mínimo descenso a los infiernos a través de un pórtico en llamas, una ‘road movie’ metafísica y rural que quema en las manos, una expiación de la humanidad como pecado universal que se escenifica en el microcosmos de una aldea cantábrica.

Dice el escritor asturiano que en este pequeño librito ha logrado la más redonda y perfecta arquitectura de su narrativa. Deliciosa en la forma y en el fondo, ‘La noche feroz’ recrea un ambiente opresivo, de pesadilla, con una iluminación a medio gas, donde unos hombres atormentados por la culpa se arrastran entre las sombras de la noche más fría y larga al hilo de una persecución física, pero también de muchas otras psicológicas.

Con la guerra civil como telón de fondo, aunque sólo eso -aquí se vive otra tragedia, pero consecuencia de la misma podredumbre moral-, esta novela ambientada en 1936 presenta a un profesor atormentado en el centro de una trama en la que se cruzan dos hombres perseguidos por el horrendo crimen de una niña y una partida de cazadores, liderados por el cura Aguirre. El maestro sabe que los hombres son inocentes. Nosotros lo sabremos sólo al final, y de qué modo.

Con un estilo rico en matices sensoriales, con cada palabra bien atada pero que fluye escurriéndose entre las sombras,  con una brillante adjetivación pero sin recargos ni barroquismos, Menéndez Salmón teje una historia breve que se repliega sobre sí misma una y otra vez, en sus múltiples reversos, con una milagrosa capacidad para condensar incluso varios cuentos bien atrapados en una historia de apenas un centenar de páginas.

Una honda sabiduría popular discurre por algunos de los pasajes sin aportar excesiva pesadez a una historia que combina el dinamismo de la novela de misterio -que impone la tercera persona- con la densidad meditativa de la novela filosófica, que imprime el tono y el carácter a la narrativa. Valga un par de ejemplos: “En los pueblos pequeños el infierno es siempre grande”; “hace tiempo que he aprendido a no juzgar a los hombres sólo por lo que hacen o por lo que padecen. Si así fuera, no podría mirarme al espejo por las mañanas”.

La noche feroz es la noche de las alimañas, una noche sin luna, poblada de temores, refugio de deseos oscuros e intenciones clandestinas que cierra el paso a la pureza. En la imaginaria aldea asturiana de Promenadia que inventa este libro sobrecogedor, la noche más feroz es también la última noche, la que arderá con todas sus inmundicias -no hay lugar para los guardianes de la moral, sacerdotes ni maestros- de modo que, sólo después de la expiación, sea posible ver nacer el nuevo día.