Superávit de optimismo

‘El economista esperanzado. Manual de urgencia para salir de la crisis’. • Leopoldo Abadía. • Editorial Espasa. • Barcelona, 2012.


Hace falta una revolución cívica. Lo repite una y mil veces Leopoldo Abadía, ese economista de 79 años que se hizo famoso por un espot publicitario y que, tras el éxito del best-seller ‘La crisis ninja’ y su secuela, llega ahora con una obrita de facilísima lectura,  Premio Espasa de ensayo 2012, rebosante de propuestas excesivamente optimistas, aunque no engaña: en el título y en el prólogo alude a los motivos para la esperanza.

Abadía escribe con claridad y muy buen humor, sabe separar el grano de la paja (le quita ruido a la economía, ruidosa por naturaleza) y junta versos sueltos para lograr un discurso de fácil comprensión para el lector no avanzado en esta ciencia. Los capítulos breves y los chascarrillos constantes le ayudan a restar densidad a la materia. Nadie puede decir que se aburra leyendo la economía según Leopoldo Abadía. Seguramente nadie ha explicado con tan pasmosa claridad cómo se produjo la crisis, quiénes son los mercados o qué es un banco malo.

Fácil, para bien y para mal

Abadía es un destacado conferenciante, y ese es el tono que mantiene en este libro. Lo que se agradece en la lectura se echa de menos en el pensamiento. Lanza propuestas sin apenas cimentarlas con argumentos sólidos más allá de sus impresiones.

El zaragozano, natural de San Quirico según su particular patriotismo chico, es un moralista en el buen sentido de la palabra, que por ello mismo reivindica el capitalismo de rostro humano.

En todo momento hay dos ideas fundamentales en el libro: la visión optimista de la crisis, por fin, ya que el autor avista la luz al final de un prolongadísimo túnel; y la necesidad de regenerar el sistema –que no cambiarlo–. Lo que falla, nos dice incansable Abadía, son los hombres (y mujeres) que están a los mandos, no la maquinaria, la organización social o económica, el capitalismo. Si cambiamos a estas personas amorales con poder por personas con verdadera conciencia, bien educadas en un sentido amplio de la palabra, casi todo mal estará erradicado.

¿Así de fácil? Tal vez el lector dude. Convengamos que unos zoquetes desalmados han agravado las consecuencias de la crisis. ¿No cabe considerar, sin embargo, que las reglas de este sistema económico han permitido que estos desalmados, como él mismo los califica, se hayan movido como peces en el agua? Abadía, que da la espalda a la sociología más elemental, prefiere pensar que todo es cuestión de ética individual.

Las propuestas

Resulta también atrevida por su parte la propuesta de reforma educativa, donde tal vez Abadía confunde su cátedra económica con su capacidad real para lograr una regeneración de toda la vida pública –asunto que jamás puede despacharse en unas pocas páginas–, cuando, con todos los respetos, hay un abismo entre la capacidad argumentativa de este economista y la de otros intelectuales como, pongamos por caso, un Fernando Savater o un José Antonio Marina, por citar sólo a dos destacados contemporáneos españoles.

Abadía lo intenta. Por propuestas, que no quede: trabajar mejor, educar a los chavales en valores y en idiomas (fundamentalmente), elaborar presupuestos cero para las administraciones (una vez más, en los asuntos económicos encuentra sus mejores razonamientos), regenerar la política y reclamar una revolución cívica a favor de una ciudadanía que “discurra”, dice él emulando, no sabemos si conscientemente, a Kant cuando exigió la emancipación del ciudadano en democracia. Un catálogo de posibles que acaba por plantear en un manifiesto que sintetiza el conjunto de su bienintencionada revolución que, insistimos, debería llamar regeneración.

Abadía huye de los críticos del sistema, como los indignados, que sin embargo huyen a su vez del proselitismo del que él sí hace gala. Evidentemente, Abadía es un señor acomodado, sin problemas acuciantes y alejado de los comedores sociales y las colas del paro.

En un cierre del libro muy desafortunado, Abadía escribe borracho de optimismo: “¡Qué panorama más maravilloso se nos presenta!” y “¡cada vez me gusta más esto de la revolución civil!”. Está bien poner al mal tiempo buena cara, pero el entusiasmo de Abadía rechina con los dolores causados por esta crisis. Al final, él mismo olvida lo que él mismo reclama: ponerle rostro humano a la economía.

Valga un ejemplo: no se puede despachar el debate de las diputaciones, como hace, mirando únicamente el coste de sus trabajadores (ni palabra de asuntos como la despoblación rural) y a la vez asegurar que a largo plazo es mejor la supresión porque es preferible pagar el paro un tiempo a los funcionarios despedidos que pagarles el sueldo hasta que se jubilen. Aquí demuestra el autor su visión únicamente económica, sin proyección política ni social.

Mejor divulgador que pensador, Abadía, que acumula en su currículum más de medio millar de conferencias, brilla cuando explica esquemáticamente los asuntos de la economía, pero se queda en las nubes cuando intenta hacer volar sus propuestas. Puede ser un superventas, pero jamás un intelectual. Su libro tiene, eso sí, la virtud de insuflar ánimos a una sociedad decaída y de reivindicar la necesidad de una salida en positivo de la crisis. Que no es poco.