Las costuras de la historia

‘Años lentos’. • Fernando Aramburu. • Editorial Tusquets. • VII Premio tusquets Editores de Novela.


‘Años lentos’ es un relato sobre una novela que Fernando Aramburu tiene en mente y que prefiere dejar esbozada en doscientas páginas que se leen en unos pocos sorbos. Hay por ello mismo en la obra una crónica costumbrista de una época, con los trazos gruesos que perfilan cómo eran sus gentes, y una tesis arriesgada para abordar en el género narrativo, el germen del terrorismo etarra en conexión con un ambiente opresivo.

Lo que se cuenta se presenta al lector con apariencia de materia prima, en bruto, sin muestras (aparentes, sólo aparentes) de elaboración. Al escritor le interesa la historia más que la novela. Y en este planteamiento, arriesgado pese a su simplicidad, residen los aciertos y los errores de una novela que no obstante convenció a la prestigiosa nómina de personalidades literarias que componía el Premio Tusquets del año pasado, presidido nada menos que por Juan Marsé.

Aramburu cuenta una historia de una familia vasca muy humilde a finales de los años sesenta, época en que languidece la dictadura -aunque con los rigores de su naturaleza- y emerge el terrorismo independentista vasco. Muchos han dicho que es la novela de los inicios de ETA, lo que sin duda es un buen mensaje comercial, aunque aquí diremos mejor que es una novela acerca de los peajes que han de pagar los más humildes a causa de la ignorancia y la inocencia, que son dos desgracias de la gente pobre. El asunto del conflicto armado nos resulta más tangencial. Insistimos: nos parece más lograda la tesis narrativa en torno a la tremenda vigilancia de la moral católica que la explicación novelada de la aparición del terrorismo, que ha sabido explicar mejor Atxaga.

Dicho a dos voces

Pero, más que en la línea argumental, la originalidad de 'Años lentos' reside en la exposición de los hechos rememorados.

Me explico. La historia está contada a dos voces, ambas previas a la del narrador de la novela en su sentido tradicional. De un lado está el testimonio espontáneo y sincero del protagonista, la confesión de un hombre que vivió los hechos con ocho años y que no ahorra en detalles embarazosos para aportar riqueza a la novela que presupone que el señor Aramburu escribirá más adelante, disfrazando, entonces sí, los hechos con lo que Vargas Llosa llama la verdad de las mentiras (esto es la literatura).

De otro lado, las páginas de la novela contienen varias anotaciones en cada capítulo, que son los apuntes (esbozos, tal vez cimientos) que el escritor se hace para levantar la arquitectura de la futura novela, también aquí con la sinceridad (los temores, las divagaciones, las inmoralidades y los límites autoimpuestos) que el lector jamás descubre. Es la cocina de la literatura y otra forma complementaria de jugar con la conexión entre la realidad de estos años lentos y la ficción de la novela que jamás leeremos. Forma parte, también, de ese gusto que están tomando en los últimos tiempos algunos autores por mostrar las costuras de su narrativa (imposible no mencionar a Kirmen Uribe en 'Bilbao-Nueva York-Bilbao' o Suso de Toro en 'Siete palabras').

La obra, al desnudo

Participa así el también autor de ‘El vigilante del fiordo’ y ‘El trompetista del Utopía’ de una corriente actual de escritores que enseñan la armazón de sus novelas, que juegan al destape en esta erótica de la narrativa que consiste en enseñar lo que normalmente se oculta y prescinden, sólo en apariencia, de los brillos del acabado, sacrificando incluso el estilo -más sobrio-. Prioridad absoluta para el zurcido. Pero todo forma parte de una ceremonia de la confusión, porque lo que enseñan es una vez más inventiva pura. No es menos ficción la que enseña la mecánica de la inventiva.

En cualquier caso, el escritor donostiarra logra un preciso retrato de familia en el que destaca la historia de una de las hijas, precisamente la que, por carácter, menos casa con los tiempos de aquellos años tan lentos, así como el drama interior, silencioso pero profundo, del acobardado padre. Con los gestos que adoptan los personajes en los diferentes episodios quedan perfectamente definidos los caracteres y obtiene el escritor afincado en Alemania un punto de partida para haber imaginado una historia que sin embargo prefiere dejar en el tintero: la ficción habría exigido volar más alto la imaginación.

Hay también en ‘Años lentos’ una magnífica recreación de la atmósfera de la esforzada plebe vasca que salía adelante a duras penas en medio de un ambiente opresivo que para muchos, los más pobres, impuso la agonía del franquismo. Le sienta bien a ese clima del paisanaje donostiarra el título de la novela, porque se ve un deslizar lento del tiempo que combina bien con el clic-clic de la lluvia del clima Cantábrico y con la cadencia con la que una familia numerosa apura los platos de sopa.

Estamos de acuerdo con el jurado del Premio Tusquets en que la obra de Aramburu constituye “una brillante reflexión sobre cómo la vida se destila en una novela, cómo se trasvasa el recuerdo sentimental en memoria colectiva, mientras su escritura diáfana deja ver un fondo turbio de culpa en la historia reciente del País Vasco”. Que sea el terrorismo o cualquier otro la salida al lento -opresivo, se diría- resulta lo de menos.