El arquitecto y la señora

Título: El Panteón de la duquesa de Sevillano en Guadalajara. • Autor: Antonio Herrera Casado. • Editorial: Aache. • Edición: Guadalajara, 2012.


El Panteón de la duquesa de Sevillano en Guadalajara conforma sin duda una de las estampas más representativas de la ciudad de Guadalajara. Su historia, sin embargo, no es tan conocida. En su libro dedicado a este monumento, el historiador y cronista oficial de la provincia Antonio Herrera Casado contextualiza, detalla y relata todo lo referente al edificio y, con su exposición por escrito, logra restaurar el edificio. No los ladrillos, sino su importancia histórica.

Herrera Casado profundiza sobre todo en una doble figura: la benefactora que hizo el encargo, María Diega Desmaissières, y el arquitecto que asumió el 'capricho', Velázquez Bosco, que es autor del panteón, pero también del resto del conjunto monumental.

La señora

Pero vayamos por partes. Disciplinado como suele ser Herrera Casado en el abordaje de cada asunto, el historiador comienza situando al lector en el contexto histórico en que nace y vive la duquesa de la Vega del Pozo, realiza el retrato trágico de la familia y nos presenta a la señora, heredera de una gran fortuna.

Los capítulos cortos con los que el lector profundiza en el conocimiento de este edificio restan densidad al estudio, muy documentado, y traen y llevan al autor por los principales puntos de interés relacionados con el monumento.Escrito sin alardes estilísticos ni filigranas, como es habitual en el historiador, el libro nos redescubre el panteón no sólo con el amor al detalle artístico de cada uno de los rincones sino poniendo en valor -palabra manida, pero aquí verdaderamente afinada- un edificio que es mucho más que un capricho de una señora pudiente.

Será a partir de la descripción de la vida de la duquesa cuando el libro gene sin duda todo su interés. María Diega, nos dirá Herrera Casado, tuvo dos sueños: elevar el panteón, que encarga a uno de los arquitectos más importantes del momento, y la filantropía, que también radica en estos terrenos de cincuenta hectáreas donde ordena fundar un asilo y una escuela.

¿Delirios de grandeza? No retrata así el historiador a la mujer que encargó tan ambicioso complejo. “La esperanza” de María Diega no era “tanto deslumbrar y dejar que las futuras generaciones recordaran con admiración su nombre, como dar cobijo y prestar ayuda a esa gran cantidad de indigente, parados y menesterosos con que Guadalajara contaba en su padrón municipal de pobres”.

El arquitecto

Pero sin duda uno de los mayores descubrimientos del libro radica en la figura del arquitecto y de la calidad de su obra, no sólo la más visible -el propio panteón- o la más mentada -su cripta-, sino de todo el conjunto monumental. Herrera Casado nos habla de la fundación y el panteón alcarreños son, de toda la obra de este gran artista de finales del siglo XIX, “la más monumental y grandiosa, la más estudiada y medida”. Adjetivos que cobran relevancia cuando se repasa la obra de Ricardo Válazquez Bosco: la restauración de la Mezquita de Córdoba, la construcción del Palacio de Cristal y el de Velázquez del madrileño parque del Retiro o, también en Guadalajara, las restauraciones de la Capilla de Luis de Lucena y el Convento de la Piedad -actual instituto Liceo Caracense- para su uso académico.

El libro también se detiene, aunque no tanto, en otros artistas, como el escultor inmerecidamente ignorado Ángel García Díaz (autor de la famosa Virgen de la Roca de Baiona) o el pintor Alejandro Ferrant, que firma el Calvario que preside el altar principal de la iglesia del panteón.

El patio del edificio principal

Herrera Casado apunta los detalles de los relieves, las pinturas y la cripta, que se encuentra al nivel del suelo (lo que primero se sube para ingresar en el panteón coincide con lo que luego se baja hacia los sepulcros) y, si no ahorra calificativos para estos rincones especialmente valorados, también lo hace con otros detalles como la verja monumental, “otro de los elementos más nobles”. Pero es en la descripción de la iglesia y en la del patio del edificio central de la Fundación, donde el lector queda más sorprendido con la riqueza monumental que se esconde a los ojos de los guadalajareños. Del patio llega a decir el autor que “es uno de los lugares más maravillosos que puede ofrecer la ciudad”, un lugar “sin parangón: grande y hermoso, romántico y bañado del silencio de los religiosos claustros”.

Es aquí donde Herrera Casado acaba por destapar la maravilla del conocido panteón arriacense y donde la lectura del libro cumple la misión anunciada con toda honestidad desde el inicio: animar la visita al monumento, al que el escritor ha restaurado con su palabra.

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