¡Viva la cultura, 'manque' pierda!

Los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año reducirán el gasto en partidas culturales  un 30%. La cultura, con cuya mención muchos políticos se llenan a menudo la boca, vuelve a resultar sacrificada, como un lujo innecesario. ¿Se puede prescindir de ella?


Hoy nos hemos desayunado con las noticias de un recorte en el presupuesto estatal para cultura en 2013 de dimensiones extraordinarias. El ajuste es extraordinario por extra, es decir, por ser un bocado añadido a los recortes de los últimos años; pero también es extraordinario por estar fuera de lo ordinario, por lo anormal de la cifra: un 30%, según las estimaciones que trasladan las prensas de derechas y de izquierdas, esta vez sin diferencias y llamando a los recortes por su nombre: hachazos.

La decisión que, si no hay más remedio, adoptará o al menos asumirá José Ignacio Wert, que pronto será ya el ministro de la 'Excultura', afectará a algunos gigantes de la cultura de todos los españoles, como el Museo del Prado o el Teatro Real, pero también a las bibliotecas públicas de nuestras ciudades o a la producción cinematrográfica.

Este enorme recorte presupuestario llega en el peor momento: subida del IVA al 21%; retirada del Bachillerato de Artes en la nueva ley educativa; táctica planificada de privatizaciones de centros públicos donde hasta ahora tenían cabida la cultura y no sólo la industria cultural; y, en Guadalajara, cierre del Teatro Moderno, ERE en la Fundación Cultura y Deporte, amenaza de cierre en la Casa de Guadalajara en Madrid, escamoteo de recursos para las asociaciones...

A quién preocupa

Cuesta creer que la noticia no genere preocupación entre las gentes de la cultura, que no sólo son titiriteros de mala vida y perroflautas con guitarra, sino también concejales de toda la provincia, la diputada provincial de Cultura, el consejero regional, el director general de la cosa, los gerentes de las fundaciones, entidades y patronatos del área y las limpiadoras, los taquilleros y cada uno de los trabajadores que viven de la existencia de estos espacios y de la labor que se desarrolla sobre los escenarios.

Se puede admitir que la crisis obliga a gestionar mucho mejor los recursos dedicados a la cultura, que no es un lujo, sino una necesidad en un ser humano que hace de este rasgo su distintivo respecto de otras fieras que pueblan este mundo. Se puede exigir incluso, y con razón, que el dinero esté mejor empleado y justificado. Pero no se puede entender que personalidades encargadas de sacarle el máximo partido a la cultura y de promocionarla encajen con tanta mansedumbre un recorte tras otro.

Entre los excesos cometidos -esos libros de lujo que se publicaba a los amiguetes desde los despachos de las administraciones- y el traspaso de las líneas rojas hay un margen amplísimo de maniobra. No estamos pidiendo imposibles, como nacionalizar un banco con un agujero enorme, sino gastar con sensatez.

Cinismo

Lo peor es que no sólo hay que lidiar con la oleada de recortes en cultura, sino admitir el cinismo con que muchos enfrentan la cuestión. La palabra cultura es de esos totems de nuestra sociedad cuya mera evocación sugiere un talante de salud democrática. Cultura, como paz y libertad de expresión, es ya uno de esos conceptos abstractos que llenan la boca pero no alimentan.

A la hora de la verdad, gobiernos de derechas -especialmente- pero también de izquierdas muestran un compromiso a la baja para que se siga haciendo y difundiendo la cultura del modo en que se merece: con profesionalidad. Y la profesionalidad nunca tiene un coste cero. La Cultura, y sus culturas, cuestan un dinero; no sale gratis montar una obra, como tampoco contarla, porque ambas tareas exigen el concurso de unos individuos que han consagrado infinidad de horas de formación y esfuerzo a hacer las cosas mucho mejor que un simple aficionado.

La sociedad que no esté dispuesta a asumir estos pequeños costes acabará por pagarlo caro el día de mañana. No se llamen a engaño: algún día nos sorprederemos de los comportamientos tan aberrantes que protagonizaremos por insuficiencia cultural. La incultura pasa factura, como la falta de ejercicio.

Mientras tanto, seguiremos llenándonos la boca entre todos. ¿Quién no ama la cultura? ¿Cómo no recomendar a nuestros escolares que vayan al teatro o al cine? ¿Por qué no animarles a pintar? ¿Cómo no decir que apoyamos la Cultura, así, con la mayúscula global? ¡Por supuesto que sí! ¡Viva la cultura! ¡Viva la cultura... 'manque' pierda!