El futuro está en el aire

Título: 'Blade Runner 2049'. • Director: Denis Villeneuve. • Guion: Hampton Fancher, Michael Green, basado en la historia original de Hampton Fancher y personajes de Philip K. Dick. • Género: Ciencia-ficción, thriller futurista. • Año y país: 2017, EE UU. • Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David Dastmalchian, Hiam Abbass y Edward James Olmos.


Puestos a ponernos filosóficos, lo haré desde el mismo título de este artículo. En realidad lo que pretendo -y no sé si lo lograré- es construir un pequeño juego sintáctico en el que se combine la azarosa imprevisibilidad de un mañana aún no escrito con el deslumbrante y a la vez vacío juego abracadabrante de esta arrebatadora distopía construida sobre un muy endeble castillo de naipes.

¿Alguien ha entendido algo? Es probable que no, pero nuestro lenguaje es tan rico que se pueden escribir de un tirón varias líneas tan rimbombantes y cautivadoras como carentes de verdadero significado. Y eso es, en definitiva, lo que me he encontrado en este tardío regreso al universo de los blade runners, esos impasibles cazadores de criaturas biotecnológicas que son a la vez cima del desarrollo científico y engorrosa molestia cuando estos parias ya no nos resultan útiles.

Blade Runner’, la original de Ridley Scott, era una obra imperfecta y maravillosa -revalorizada con el paso del tiempo, independientemente de las múltiples reediciones a las que ha sido sometida- gracias a su ingeniosa combinación de film noir y futurista pesadilla tecnológica, ambientada en una ciudad oscura, sucia y decrépita, y donde los replicantes, proscritos por su naturaleza, resultaban ser “más humanos que los humanos”. ¿Qué la hacía especial? Como relato detectivesco era bastante sencillo -que no simple-, pero al mismo tiempo deslizaba, salpicadas en el subtexto de la trama, algunas incógnitas para que en la mente del espectador surgieran preguntas de cierta trascendencia: desde la naturaleza del protagonista Deckard (Harrison Ford) hasta el cuestionamiento de la propia existencia por parte de unos seres artificiales y, en teoría, carentes de toda alma y trascendencia.

Dennis Villeneuve, nuevo chico de moda gracias a la magnífica acogida de obras como ‘Prisioneros’ (2013), ‘Sicario’ (2015) o ‘La llegada’ (2016), afronta sin temor el encargo -Scott pasa a ser productor ejecutivo- de mantenerse a la altura de su predecesor con esta secuela ambientada tres décadas después de los acontecimientos del primer film. En el aspecto técnico y visual, la cinta no decepciona: el 2049 que nos ofrece Villeneuve quizá sea algo más “limpio” que el del ya cercano 2019 -sigue habiendo cierta suciedad, pero no se respiran la misma mugre y polución-, pero resulta asombroso e impactante no ya en la ciudad angelina, sino en otros escenarios a los que nos lleva -de un San Diego convertido en macrovertedero a ese anaranjado sueño apagado que un día se llamó Las Vegas-. También podemos darle una nota alta al elenco, donde, además del esperadísimo regreso de Ford, destaca sobremanera, y contra pronóstico, la cubana Ana de Armas, que consigue hacernos olvidar su catódico paso por ‘El internado’ para superar con creces un personaje en apariencia intrascendente y que en realidad era muy complicado.

Pero, ¿qué hay de la historia, la trama, el misterio? Pues, lamentablemente, y después de rebobinar y repasar al menos una docena de veces la cinta en la cabeza -bueno, saltando los abundantes tiempos muertos de un metraje a todas luces excesivo-, uno se da cuenta de que se apoya en un punto de partida tan accidental como erróneo. Intentaré explicarlo sin hacer spoiler: el recuerdo del caballo de madera, ¿quién, por qué y para qué? Si ya has visto la película, piensa detenidamente en estas preguntas y en si tienen o no respuesta. Y, si las tienen, si no resultan en realidad contraproducentes para el objetivo que se supone que buscan. 

A este ‘Blade Runner 2049’ le falta atmósfera y concreción, y le sobran cabos sueltos -más que interrogantes para el espectador parecen agujeros de guion-, escenas de relleno, una terrible banda sonora que, lejos de buscar su identidad propia, solo aspira a imitar la inolvidable composición de Vangelis, y una supuesta trascendencia filosófia que, como se dice ahora, no es más que puro postureo. Sé que a muchos colegas les ha cautivado; yo les invito a que la despojen de todo artificio, busquen la esencia, rasquen más allá de la perfección visual y de sus 164 minutazos, y que me digan, exactamente, qué es lo que encuentran. Yo, solo aire.

Artículos Relacionados