¿Necesitan los gancheros un vídeo en Fitur?

La Fiesta Ganchera, que tiene ya más de dos décadas de trayectoria, corre el riesgo de caer en una masificación y un ambiente excesivamente chabacano que desvirtúen el sentido de la cita.


Los gancheros ya no comen pan y navaja. Los gancheros de la fiesta que cada año culmina el verano en el Alto Tajo, la recreación del oficio extinguido del que escribió José Luis Sampedro, comen ahora paella, rosquillas y aguardiente, y beben latas de cerveza a la orilla del río, haciendo una parada en mitad de un recorrido vigilado a cada palmo por las omnímodas miradas de los ‘smartphones’. 

Este sábado regresé a la Fiesta Ganchera en Taravilla. Casi una década después de mi última visita, aquella otra en Peralejos, encontré una fiesta muy crecida: con un recorrido más largo, con más troncos y gancheros (si mal no recuerdo) y con más –muchísima más– gente poblando la ribera del río. En algún momento hubo quien bromeó diciendo que el paraje del puente colgante, donde se localizaba la ‘saca’ de troncos, parecía más bien Benidorm.

Afortunadamente no lo era, pero la fiesta se sitúa en la raya misma del fuera de juego por desborde. Se padece en las incomodidades, todavía soportables (media hora a pie desde el punto en que se aparca hasta el río, otra media más esperando para cruzar un puente en grupos de veinte personas; otro tanto para recoger el plato de paella del almuerzo popular…), y se pudo ver en las pintorescas escenas a pie de fiesta, donde cabía de todo: familias numerosas y numerosas familias bañándose para recibir a su paso a los gancheros, el tipo que de pronto lanza palos al agua para que los recoja su perro, el mochilero encaramado a cualquier arbusto al que se le cae la mochila al agua, el discípulo a remojo de Robert Capa (“si la foto no es suficientemente buena es que no estabas suficientemente cerca” o “quien quiera peces, que se moje el culo”), improvisadas ‘peñas’ que jalean a su ganchero preferido y el abundante público que celebra con alborozo las caídas al agua de los pastores de troncos, casi como si aquello fuese una capea, y que incluso se divierte con los apuros de algún mozo más veterano intentando abrazar desesperadamente un tronco convertido en tabla de salvación de su naufragio…

Y estábamos, también, los periodistas para contarlo. Y entre las cámaras, un equipo de una productora que grababa tomas para un vídeo anunciado por la Junta de Castilla-La Mancha, con el objetivo de promocionar la fiesta en la Feria Internacional de Turismo de Madrid. Para que vengan más turistas, se entiende… Pero aquí, disculpen el atrevimiento, surge la duda: ¿necesitan los gancheros un vídeo para Fitur?

Con sus ya más de dos décadas de trayectoria, la fiesta del Alto Tajo, que este año ha coincidido con el centenario de Sampedro, sigue creciendo, pero aún está a tiempo de decidir qué quiere ser de mayor; si, como puede parecer de manera inmediata, más es mejor; si sigue fiel, dentro de su tono festivo, al libro y a la tradición ganchera o entra de lleno en ese circuito de fiestas ‘frikis’ con estampas curiosas que tanto lucen en los muros de Facebook. Tal vez no sea mal momento para reflexionar acerca de si el lugar que le corresponde a esta recreación está entre tomatinas, fiestas del agua, nocheviejas en pleno agosto y romerías vikingas como la de Catoira en Galicia, que en apenas una década se ha convertido en un evento masificado y desposeído de gran parte de su encanto original.

La Fiesta Ganchera puede crecer en muchos sentidos, no sólo atestando de curiosos las riberas del Tajo. Cabe preguntarse si en todos estos años ha habido grandes avances en esta puntual recuperación del oficio extinguido, para lograr así una recreación más fiel. Podemos cuestionarnos si la fiesta no debería ahondar más en la programación paralela y ser el punto de partida de unas jornadas más amplias sobre la cultura tradicional de la comarca; averiguar si el espectáculo está logrando animar a los lectores a zambullirse en las páginas de Sampedro para conocer a estos “hombres de bronce, de hierro y de cuero”; plantear si resultaría aconsejable incorporar al ambiente festivo algún guiño reivindicativo en defensa de un “Tajo vivo” al que le dan la puñalada del trasvase a la vuelta de la esquina.

Ninguna fiesta de la provincia con cierto éxito mediático está exenta de los peligros de la frivolidad y la masificación (que los hados nos libren de esas listas de diez fiestas imprescindibles que visitar el próximo verano). Pero el riesgo en este caso resulta más llamativo: si hoy celebramos la fiesta ganchera es porque José Luis Sampedro encontró en estos parajes y entre estas gentes “un mundo donde el hombre es más verdadero”.

De no traicionar esta autenticidad es de lo que seguramente quiso avisar, con toda elegancia, el sábado en Taravilla la viuda de Sampedro, Olga Lugas.

La organización de un evento de estas características supone siempre un ejercicio encomiable de voluntad y de amor por la tierra. El decidido apoyo que vuelven a demostrar la Junta y la Diputación, incluyendo la presencia de sus representantes en la fiesta, son tan imprescindibles como elogiables. Pero no está de más tomar perspectiva y pensar, acaso, qué celebramos y cómo lo celebramos. Plantearse si lo que de verdad necesita la fiesta ganchera para ser mejor y más genuina es un vídeo en Fitur.

 

 

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