Gracias, querida Gloria

La escritora y artista alcarreña y directora del festival de poesía Arriversos, Gracia Iglesias, escribe sobre la figura de la poeta Gloria Fuertes, que este 28 de julio habría cumplido 100 años, y destaca la huella que ha dejado sobre ella como escritora y en la ciudad de Guadalajara.


Si mi abuela materna viviera, en 2017 habría cumplido 100 años, igual que Gloria Fuertes cuyo aniversario se celebra este viernes aunque está siendo objeto de homenajes y celebraciones desde que comenzó el año. Se trata de una coincidencia anecdótica, pero no puedo evitar pensar en ella cada vez que alguien me pide que rememore mi relación con la que ha pasado a la historia como “la poeta de los niños”, calificativo que sin duda se ajusta perfectamente a una parcela de su obra, pero que deja fuera gran parte de su producción literaria y que, injustamente, la ha relegado a un rincón en la historia de la literatura española en la que –también injustamente–, la escritura infantil se considera un arte menor.

Gloria Fuertes y mi abuela eran completamente distintas, ni sus biografías ni su forma de ser tenían nada que ver salvo el detalle de que ambas nacieron el mismo año, y otro no menos importante para mí: ambas contribuyeron de maneras distintas a que me convirtiera en la persona que ahora soy, una mujer comprometida con su tiempo y que ama profundamente la poesía y la cultura en general.

A Gloria solo la vi en persona una vez en mi vida, pero estuvo muy presente en toda mi infancia, y tan grande es el cariño que llegué a sentir por ella que cuando me preguntaban qué quería ser de mayor decía que escritora para niños, y para mis adentros pensaba que en realidad lo que quería era ser Gloria Fuertes. Quizá por eso, cuando visité la magnífica exposición antológica que se celebró en Madrid con motivo de su centenario, al llegar a la sección en que se mostraban fotografías y vídeos de los años setenta y ochenta en los que la Gloria juvenil de las salas anteriores daba paso a la Gloria madura, tierna y maternal de la tele y de los libros de mi niñez, sentí que me inundaba una gran oleada de afecto filial, como si la mujer que mostraban las fotos fuera alguien de mi propia familia; mi abuela, por ejemplo.

Desde muy pequeña, en casa me enseñaron a amar los libros, y entre aquellos que mis diminutas manos no se cansaban de hojear una y otra vez mientras alguien me leía los cuentos y poemas que contenían –hasta que fui capaz de hacerlo por mí misma–, había tres de Gloria Fuertes que todavía conservo: “Las tres reinas magas”, “La ardilla y su pandilla” y “La oca loca”. ¡Llegué a sabérmelos casi de memoria! En ellos creo que se resumen tres de las facetas que hoy conforman mi vida: la poesía en La Oca, los cuentos en La Ardilla y el feminismo en Las Magas. ¡Quién me lo iba a decir entonces!

En una ocasión, con apenas cinco años, tuve la suerte de ver a Gloria Fuertes en vivo. Fue en una librería de Madrid llamada Garbancito, una de las primeras librerías que ya desde mediados de los 70 apostaron por especializarse en literatura infantil y juvenil. En aquel mágico lugar, aparte de libros preciosos, juguetes singulares y una decoración de fantasía, había un pequeño escenario en el que se hacían cuentacuentos, títeres y encuentros con las autoras y los autores más destacados del momento. También durante unos años convocaron un premio de poesía escrita por niños al que yo era demasiado pequeña para presentarme –es posible que ni supiera escribir todavía–. El premio lo auspiciaba Gloria Fuertes y llevaba su nombre, de modo que ella misma fue quien entregó los trofeos y diplomas a los niños y niñas afortunados.  No soy capaz de recordar los detalles de aquel evento, lo que sí conservo en mi memoria es una sensación de alegría por estar viendo en vivo a aquella autora “famosa” y tan simpática; y también cierta envidia: ¡qué suerte tenían esos a quienes Gloria nombraba para darles regalos y besos!

Años más tarde he sabido que Gloria Fuertes fue una especie de hada madrina para aquella librería pionera. No me sorprende nada, porque ese concepto de espacio para los niños que ahora nos resulta muy familiar pero que era tan novedoso entonces encajaba perfectamente con la forma en que ella entendía el acercamiento de la literatura a la infancia: de una manera divertida, directa, natural, libre de los corsés de la mentalidad adulta –de los cuales, curiosamente, también quiso desprenderse en su poesía seria: “a veces escribo deliberadamente mal para que os llegue bien”, decía–.

A propósito de la efemérides de su centenario, no dejo de leer en todas partes que es necesario reivindicar a la Gloria Fuertes auténtica, la gran escritora a la que se tragó el personaje televisivo que algunos escritores machistas e imbéciles han llegado a tachar de ridículo. Se pretende reivindicar su altura literaria despreciando todo lo que hizo por los niños, despreciando sus versos tontorrones, sus cuentos que a veces jugaban al sinsentido, sus programas de televisión, porque, según dicen ahora los “expertos” desde sus tribunas, no le hicieron ningún bien a su reputación de gran autora. Cada vez que escucho o leo alguna de estas sandeces me entra un enfado monumental, porque quienes hemos leído la obra de Gloria en toda su amplitud de cabo a rabo y nos sabemos de memoria sus poemas y sus cuentos entendemos perfectamente que una faceta no excluye ni anula a la otra.

Es más, esos que aseguran que Gloria Fuertes no está reconocida “por culpa” de su popularidad en los años 80 están del todo equivocados. La verdad es que si Gloria Fuertes está en los libros de texto y se sigue leyendo en las escuelas de Educación Infantil y sigue siendo objeto de análisis y de tesis doctorales a lo largo y ancho del mundo es, precisamente, por la forma en que fue capaz de conectar con el gran público. No nos engañemos, Gloria Fuertes era mujer y, como le ocurre al 90% de las autoras que en el mundo ha habido, su vida y obra jamás habría llegado a estar recogida en los libros canónicos de la literatura universal de no haber sido por la popularidad que alcanzó gracias a la televisión y porque eso, junto con sus recitales y cuentacuentos, y el apoyo a proyectos como el de Garbancito, le hizo ganarse a una masa de niñas y niños que éramos sus fieles seguidores y que aún hoy, ya mayores, continuamos queriéndola y admirándola.

Escribo estas reflexiones en Guadalajara, la provincia de los cuentos que tiene una capital que es la ciudad de los cuentos; donde desde hace más de 25 años se celebra un Maratón de Cuentos que es la envidia de toda España, organizado por un Seminario de Literatura Infantil y Juvenil  que también se encarga de programar las multitudinarias sesiones mensuales de los Viernes de los Cuentos; donde contamos con nuestra propia librería especializada en Literatura Infantil y Juvenil –Ballena de Cuentos, por si hay alguien que no la conozca todavía–; y donde hay más buenos cuentacuentos por kilómetro cuadrado que en cualquier otra provincia –así, sin mucho pensar, me vienen a la cabeza Estrella Ortiz, Pep Bruno, el grupo La Caperuza Roja, Marta Marco, Estibi Mínguez…–; y se me ocurre que quizá toda estas cosas no serían iguales sin el legado de Gloria Fuertes. Por supuesto, esto es solo una especulación, una opinión puramente personal, pero lo que está claro es que Gloria con sus ripios, con sus apariciones en la tele y en la radio, con sus recitales y con su madrinazgo de proyectos que tenían como objetivo la difusión de la poesía y los cuentos entre la infancia y la juventud, abrió un camino nunca antes transitado con tanto éxito.

Por cierto, cuando murió en 1998, legó todo su dinero –mucho más del que nadie imaginaba que tuviera, ya que vivía de una forma muy austera– a La Ciudad de los Muchachos para, según dejó escrito, devolverles a los niños la fortuna que había conseguido gracias a ellos. Además, pidió que se creara una Fundación con su nombre para gestionar sus derechos de autor y estableció que parte de los beneficios que estos generasen sirviera para la dotación de un premio de poesía para menores de 25 años. Premio al que me presenté en el año 2002, precisamente porque llevaba el nombre de Gloria, y que tuve la suerte de ganar, dando lugar a la publicación del primero de mis libros. A nadie le extrañará, por todo lo dicho, que sienta un profundo agradecimiento a esta especie de abuela poética a la que ahora intento corresponder recitando sus versos y contando sus cuentos con cariño y orgullo.

 

 

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