La cultura y el olvido

Recuperamos este artículo publicado en el número 15 de papel de Cultura Enguada en el que el director de la Biblioteca Pública de Guadalajara escribe sobre el Día del Libro y la figura del cineasta Miguel Picazo, vinculado a la Alcarria, que falleció hace hoy un año.


No le faltaban razones a 2017 para despertarse literario: 75 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, cincuentenario de la muerte de Azorín, centenario del nacimiento de autores como José Luis Sampedro o Gloria Fuertes; 150 años del nacimiento de Vicente Blasco Ibáñez; bicentenario del nacimiento del poeta y dramaturgo José Zorrilla... Siempre es un placer redescubrir la obra de estos nombres fundamentales, varios de los cuales además tienen una estrecha vinculación con Guadalajara que a nadie escapa, y con los que la biblioteca, y con ella los lectores, se irá citando gustosa a lo largo del año. 

Sin embargo, en esta fiesta de las letras se nos ha colado un invitado inesperado, un nombre que ya, como las gotas de aquel cuento de Cortázar, amenazaba con despeñarse lentamente por la ingratitud del olvido. Y esta visita imprevista nos ha proporcionado una íntima satisfacción y el asombro de un descubrimiento, como solo sucede con las flores que crecen a destiempo.

Rastrear la historia de Miguel Picazo es hablar de un hombre de cine enamorado de los libros. Pero es también un cuento sobre la fragilidad. Sobre la cultura como una profesión de alto riesgo, donde un éxito clamoroso puede llevarte a los libros de historia pero no garantiza una carrera profesional prolongada en el tiempo. Donde el aplauso puede no repetirse jamás. Como si las obras maestras al fin y al cabo solo fueran eso: hallazgos milagrosos encontrados en una cumbre inaccesible de la que probablemente no regresemos vivos.

¿Cómo puede explicarse, si no, que el director de una película extraordinaria como La tía Tula, en la que todos los elementos funcionan admirablemente, no pudiera durante tantos años sacar a la luz otros proyectos que le permitieran forjarse ante el público la imagen de un creador reconocible?

Puede que esta pregunta no tenga una única respuesta, pero uno de los elementos que deben servir de explicación parcial es el peaje de la incomprensión por querer llevar a su universo propio todo lo que hacía (aunque eso significara enmendar a Unamuno). Porque Picazo tenía la aureola que distingue a las personas que tienen algo que contar y que, además, saben contarlo (varios testimonios coinciden en que era un narrador oral portentoso). En su cine están sus obsesiones: la represión sexual, la vida provinciana, la injusticia social, el desaliento sentimental. Y en su trabajo, un poso literario que se explica por sus miles de lecturas, por su conocimiento de una tradición española en la que rebuscaba continuamente.

A la hora de la recogida, todo resulta algo agridulce por una inevitable sensación de oportunidad perdida. Pero también quedan las luces de un cineasta con el reconocimiento de la profesión por su capacidad para hacer un cine trascendente, en el marco de una generación de cineastas irrepetible, la del nuevo cine español. Y las del cuento de un hombre que había logrado un sueño que parecía ilusorio e inalcanzable desde su niñez en Cazorla: el de trabajar en la magia de hacer películas. 

Para Guadalajara quedan pequeñas historias como la de aquel grupo de personas inquietas que en los años 50 fundaban el primer cine-club de la ciudad, o de las excursiones que Picazo organizaba para enseñar la provincia. Pero, sobre todo, el retrato imborrable de una época en pantalla grande. Para los guadalajareños, el legado de miles de libros y publicaciones interesantísimas que, gracias a su generosidad, servirán de inspiración a otros y que, quedarán, al menos, para recordar a un hombre que vivió para la cultura.


Jorge Gómez es el director de la Biblioteca Pública de Guadalajara.