Un agrio centenario

El historiador y experto en patrimonio industrial Pedro J. Pradillo y Esteban reflexiona en este artículo sobre el significado de la fábrica de La Hispano de Guadalajara a propósito del siglo que hubiera cumplido este año.


Aún y todavía inmersos en el año de Buero Vallejo –aunque la ciudad, sus instituciones y teatros parece que hubieran dado ya por concluido el homenaje al genial dramaturgo–, el calendario nos sitúa frente a otra efeméride: el centenario del nacimiento de La Hispano S.A., Fábrica de Automóviles y material de guerra.

De hecho, en estos pocos meses de andadura de 2017 ya se ha puesto sobre el tapete alguna propuesta, y la corporación municipal ha acordado en el Pleno del pasado día 30 de marzo solicitar a la Viceconsejería de Cultura de la Junta de Comunidades la protección de los talleres y edificios de La Hispano con la declaración de Bien de Interés Cultural. Una demanda que según el grupo Ahora Guadalajara, promotor de la idea, debía desarrollarse junto a un proyecto de actuación más ambicioso para la promoción turística de la ciudad como exponente del desarrollo de la industria, la ciencia y la tecnología de la España de comienzos del siglo XX. Pero no cabe duda que tal y como está ese patrimonio habrá que emplear importantes recursos económicos y humanos para que en un futuro no muy lejano todos podamos disfrutar de él.

Sin embargo, y pese a felicitarnos por ese acuerdo, no es más cierto que lo tratado y debatido en esa sesión no fue otra cosa que la certificación de la desidia que campea a sus anchas en esta ciudad, en sus instituciones, y entre unos representantes que han sido incapaces de defender la identidad, el patrimonio y los intereses de esta capital. Pues no sólo se trata de advertir aquí del abandono y pésimo estado en que se encuentran esos históricos inmuebles, sino también, reparar sobre las estrechas perspectivas que tiene la ciudad a corto, medio y largo plazo, y que nada tienen que ver con el prometedor futuro que se planteó hace más de cien años.

Entonces, como hoy, los guadalajareños ansiaban un acontecimiento de calibre que asegurara el empleo y que frenara el éxodo de sus jóvenes más dotados hacia otras poblaciones más afortunadas:

Es cosa resuelta, si dificultades insuperables no sobrevienen y no es de esperar que tal acontezca, la instalación en Guadalajara de los talleres para la construcción de automóviles que proyecta ampliar la importante sociedad ‘La Hispano-Suiza’ establecida actualmente en Barcelona, donde continuará, sin embargo, con sus actuales talleres.

Tal noticia ha llenado de júbilo a la población entera, que anhela un nuevo elemento de vida para Guadalajara, necesitada como pocas de industrias florecientes, aquí donde no se conocen ni se han conocido centros de trabajadores en los que se proporcionan el sustento cientos de familias y aprenden un oficio decente jóvenes de la clase media que vagan sin producir.”

(La Crónica, Guadalajara, 12 de febrero de 1916)

Por cierto, no sería incoherente rendir también tributo al alcalde Miguel Fluiters Contera por las gestiones realizadas entonces para que la filial de la Hispano-Suiza recalara en esta capital. De hecho, don Miguel es el único edil que cuenta con el honor de tener rotulada una calle con su nombre por iniciativa popular, la de las organizaciones obreras de entonces que quisieron mostrar con ello el agradecimiento de todos los trabajadores por el alto servicio de asegurar ese elemento de vida para Guadalajara.

Pero aquel futuro ilusionante que se pretendía para siempre quedó truncado en el complicado período republicano, cuando la factoría de automóviles cesó en su actividad; y, después, durante la posguerra, cuando la fábrica de aviones se trasladó a la leal Sevilla y el gobierno franquista retiró la calificación de “interés para la Defensa Nacional” a las instalaciones de La Hispano, privando a Guadalajara de toda esperanza. Así, desde entonces, aquel magnífico complejo industrial apenas mantuvo una actividad marginal como taller de reparación, de fundición y forja, en combinación con otras de carácter agropecuario sin apenas relevancia, hasta desvanecer por completo.

Tras décadas de desidia y abandono, en marzo de 1990, el Pleno del Ayuntamiento aprobaba el Estudio de Detalle para la Unidad de Actuación nº 5 «Hispano Suiza», un instrumento de gestión legal que obligaba a los propietarios a conservar y restaurar el bloque administrativo de la fachada principal, y que, por el contrario, permitía y autorizaba la demolición de todas las naves de taller y edificios auxiliares. Dos meses más tarde se publicaba la Ley de Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha, en cuyo articulado se hacía referencia explícita a la protección y declaración del patrimonio industrial:

Artículo 22, Arqueología industrial.

l.- Forman parte del Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha los bienes muebles e inmuebles que constituyen huellas físicas del pasado tecnológico y productivo. La Consejería de Educación y Cultura fijará las informaciones a obtener, las matrices culturales, los fines operativos de la investigación y la delimitación del ámbito de arqueología industrial para su protección.

2.- La Consejería de Educación y Cultura propiciará o realizará el estudio, investigación y documentación de estos materiales de forma sistemática en todo el territorio de Castilla-La Mancha.

En todo este tiempo, sin embargo, la Consejería no ha tomado medida alguna para evitar aquellas demoliciones que auspiciaba la disciplina urbanística municipal, ni ha iniciado expediente alguno para asegurar la protección con que contaba La Hispano por ministerio de Ley. Tampoco la corporación municipal ha propuesto la derogación de lo aprobado en el Pleno de marzo de 1990, lo que sería un primer paso para salvar de verdad lo poco que queda.

En otra colaboración, si hay posibilidad, trataré del resto de inmuebles que conforman ese legado industrial y de su situación; pero, dada la sintonía que existe entre el equipo de gobierno y la titular del ministerio, me permito sugerir a don Antonio que tome las iniciativas necesarias frente a doña María Dolores para poner a salvo la Torre de Avistamiento del Aeródromo Militar de 1917, el edificio más antiguo conservado en su género.

Insistiendo aún en el rico patrimonio científico e industrial de la ciudad y en su pasado tecnológico, recordar a todos que en enero de 2019 se cumplen trescientos años del comienzo de la actividad en la Real Fábrica de Paños de Guadalajara, otra efeméride digna de celebrarse. No hubiera sido mal comienzo rotular de nuevo la plaza de los Caídos de la Guerra Civil con su pretérita designación, Plaza de la Fábrica; o que la rotonda en la confluencia del Paseo de la Estación con las avenidas Pedro Sanz Vázquez y Aguas Vivas se hubiera bautizado como Glorieta de los Reales Batanes, unos ingenios hidráulicos que existieron en la otra orilla del Henares, para, de este modo, recuperar de la memoria más olvidada aquella espléndida época de la ciudad, y que hoy, la mayoría de sus habitantes solo identifican con Brihuega. 


Galería fotográfica sobre el estado actual de la fábrica histórica y sus naves colindantes.

Fotos: R.M


Artículo publicado originalmente en el número impreso de Cultura EnGuada número 15 de primavera de 2017.

 

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