De juzgado de guardia

Rubén Madrid analiza en cinco puntos la polémica originada por el Partido Popular de Azuqueca al denunciar ante la Guardia Civil la exposición de Alberto Centenera, 'Resistencia doméstica'.


Monumental ha sido el lío que han formado cuatro cuadros colgados en la Casa de la Cultura de Azuqueca. Me refiero a la exposición 'Resistencia doméstica' del artista local Alberto Martínez Centenera, que ha sido denunciada por el PP ante la Guardia Civil, generando una polémica que ha saltado incluso a los medios de comunicación nacionales. El conflicto ha reactivado el interés por una exposición que tenía hasta entonces un tirón discreto. Para muestra un botón: la información sobre el montaje se ha convertido en la pieza más leída de los dos meses de vida de Cultura EnGuada.

¿A qué tanto revuelo?

Intentaremos abordar el asunto en cinco puntos, advirtiendo desde ya que nos resulta más anecdótico que traumático.

  1. Miro y remiro las obras de la discordia. Y, por más que lo hago, no acabo de atisbar ninguna ofensa intencionada, ni siquiera al situar a Jesús en el mismo plano que a un manifestante que la emprende a pedradas o al colocar en el pecho descubierto frente al fusilamiento diferentes iconos, diría que incluso sin demasiado criterio, tan pronto la camiseta verde de los defensores de la educación pública como firmas comerciales como Bwin -que patrocina al Real Madrid- o Bob Esponja. ¿Qué están fusilando, a las víctimas de la globalización o a los verdugos de este sistema presumiblemente objeto de crítica? Podemos ver transgresión, claro. Hay ideología, también. Pero no se advierte una falta de respeto al PP que justifique nada menos que acudir a poner una denuncia ante la Benemérita (ahí es nada).

  2. El arte es una forma de comunicación, y lo sabemos bien los periodistas, que en la licenciatura no pisamos estudios de radio, pero sí nos empapamos de teoría en esta materia. El arte, sí, es una forma de comunicación que se distingue precisamente por el elevado potencial de creatividad que tiene como forma de expresión. Poner límites a la creatividad lleva directamente a la censura, a veces necesaria, casi nunca bien recibida. Y la censura de la libre expresión pone coto también a la calidad de nuestra sociedad. ¿No hay límites, entonces? Desde luego. No se puede ni se debe insultar, injuriar y, si es posible, ofender gratuitamente. Por salud democrática y por higiene personal (es decir, ética). ¿Ha sido para tanto lo de este artista? Honestamente, creo que no. Hablaríamos, sin más, de mejor o peor gusto. 

  3. Sería entendible una denuncia pública-jamás en un cuartel de la Guardia Civil, más típico de una película de Berlanga- si la queja radicase en que continuamente los espacios culturales de Azuqueca sólo abriesen sus puertas a exposiciones descaradamente propagandísticas u orientadas a hacer el trabajo sucio en el debate político contra la oposición. Dicho en plata: no se puede permitir que unos centros titularidad de todos estén tan manipulados desde un punto de vista partidista como, pongamos por caso, la televisión pública madrileña. Todo esto, en realidad, tampoco ha sucedido en Azuqueca. Al menos por el momento.

  4. ¿Y el cuadro titulado 'Que se jodan', la célebre frase de Andrea Fábrega en el Congreso? Podría parecer, sin duda, el ataque más directo al PP. Mal está que lo asuman como propio los colegas azudenses de la mal hablada dirigente de Castellón. Criticar este exabrupto más a tono con una taberna que para una cámara de representación no atenta contra los intereses ni la dignidad del PP, sino contra los modales de una parlamentaria concreta que, estaremos de acuerdo, no encarna precisamente la pureza moral.

  5. Llegados a este punto, la obra de Centenera debe ser objeto de crítica artística más que de censura política. La crítica fomenta el debate y entra en las reglas del juego. Por ejemplo, podemos discutir el mal gusto que tal vez nos produzca la imagen sobrepuesta en un cuadro de una virgen. O, como apuntábamos antes, la probable incoherencia del mensaje en la serie de los fusilamientos, que, por otra parte, me parece de lo más llamativo de la muestra. Y aún así no sería lo más grave. Porque, puestos a criticar o puntualizar, hay un dato sin duda ineludible: María Antonieta jamás pudo decir “que coman pasteles” en 1798, como consta en el título de una de las obras de este artista, porque la desvergonzada mente que ideó tan pobre expresión llevaba entonces cinco años alejada del cuerpo de su majestad, tras su paso por la guillotina: la Revolución Francesa, cuando la reina habría dicho la célebre frase, fue en 1789 y la ejecución en 1793. Jamás, en cualquier caso, en 1798. Y esto sí que es de juzgado de guardia.