Ladrón que roba a un ladrón

Título: Comanchería (Hell or high water) • Dirección: David Mackenzie. • Guion: Taylor Sheridan. • Género: Western. • País y año: Estados Unidos, 2016. • Reparto: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martínez-Cunningham, Amber Midthunder.


Haciendo un guiño a la sitcom 'The Big Bang Theory', diría que hay pocos géneros cinematográficos tan Schrodinger como el western: siempre parece que está muerto pero a la vez está vigente, está pasado de moda y al mismo tiempo resulta actual, desaparece por un tiempo de la cartelera y, cuando te quieres dar cuenta, está cosechando otra vez halagos y premios. Ejemplos recientes: 'Los odiosos ocho' (Quentin Tarantino, 2015) o 'El renacido' (Alejandro G. Iñárritu, 2015). Al fin y al cabo, hablamos del género americano por excelencia, y siendo Hollywood quien tiene por el mango la sartén del entretenimiento fílmico a nivel planetario, no es de extrañar que sigan ensalzando, aún hoy, su muy querida cultura del cowboy. 

'Comanchería' (David Mackenzie, 2016) viene a corroborar lo que 'Brokeback Mountain' (Ang Lee, 2005) o 'No es país para viejos' (Joel & Ethan Coen, 2007) ya apuntaron en su día: que en pleno siglo XXI aún los vaqueros -sheriffs y bandidos- protagonizan historias de venganza y justicia, lealtades y robos de bancos. A un nivel superficial, resumiríamos la cinta como la historia de dos hermanos que asaltan sucursales bancarias -Chris Pine y Ben Foster- y del marshall que les sigue la pista -un Jeff Bridges que llena la pantalla- . Sin embargo, el guion tiene la audacia suficiente como para construir no solo un trío de protagonistas ciertamente interesante, sino para dejar sutiles detalles sobre temas de rabiosa actualidad, como el abuso de los poderes económicos o la legitimación de un tipo de crimen -un atraco, en este caso- sobre otro quizá menos explícitamente violento pero sin duda mucho más oneroso -la banca, amparada por la ley, que asfixia al menos afortunado-. Con estos mimbres, el espectador se sitúa -con más incomodidad que simpatía, todo hay que decirlo- del lado de estos Caín y Abel armados y bien avenidos, mientras observamos con complaciente cariño al veterano agente local que intenta echarles el guante al tiempo que deseamos que no llegue a echarles el guante.

Nos encontramos ante una obra notable con muchas lecturas e ingredientes fabulosos, desde el libreto al elenco pasando por la puesta en escena, la fotografía o el montaje. Quizá se le pueda achacar cierta falta de punch en el tono general de la película, pero es precisamente ese aire apesadumbrado, lacónico, crepuscular y pesimista que envuelve cada diálogo y cada escena de acción lo que la convierte en una propuesta superior a la media.

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