Guadalajara en la literatura de posguerra

El historiador Juan Pablo Calero reivindica en este artículo a los cuatro grandes escritores guadalajareños de la 'generación del 36': Buero Vallejo -de quien en 2016 se ha conmemorado el centenario de su nacimiento-, Ramón de Garciasol, Herrera Petere y Ángel María de Lera. • Recuperamos este artículo publicado originalmente en nuestro último número trimestral de papel.


Aunque la idea de agrupar a los escritores en generaciones literarias es muy discutida, no cabe duda que hay acontecimientos que marcan a toda una generación; y ningún hecho histórico es tan señalado en la España del siglo pasado como la Guerra Civil. Así pues, hablar de la “generación del 36” es hacerlo sobre un amplio conjunto de escritores que vivieron su juventud o alcanzaron su madurez entre 1936 y 1939, por “encima de los fusiles y en medio de las batallas” como describía con acierto el poeta Miguel Hernández.

Curiosamente, la provincia de Guadalajara, tan duramente castigada en la guerra y en la posguerra, aportó un puñado de sus más distinguidos autores a esta generación literaria del 36, una situación insólita en una tierra que desde el Arcipreste de Hita y el Marqués de Santillana había sido poco más que un paisaje infantil para Víctor Hugo y Leopoldo Alas Clarín, un destino laboral para León Felipe y Arturo Barea o un destierro forzoso para Tirso de Molina y José de Espronceda.

Este florecimiento no fue, sin embargo, fruto de la casualidad sino el resultado del renacimiento cultural de Guadalajara en el primer tercio del siglo XX. Durante esos años la capital alcarreña se convirtió en la cuna de la aerostación y de la aviación española, de la mano de la Academia de Ingenieros, y en el laboratorio de ideas de la reforma educativa de la Segunda República, desde la Escuela Normal de Maestros. Aquí residieron autores hoy olvidados pero de indudable mérito y entonces sobradamente conocidos como Ubaldo Romero de Quiñones, José Camino Nessi o, sobre todo, Jorge Moya de la Torre.

En este ambiente nacieron y vivieron sus primeros años José Herrera Petere, nacido en Guadalajara en 1909; Ángel María de Lera, que vino al mundo en Baides en 1912; Ramón de Garciasol, que vio la luz en Humanes en 1913, y Antonio Buero Vallejo, que nació en Guadalajara en 1916. Nunca un puñado de literatos alcarreños alcanzó tanta proyección nacional e internacional: José Herrera Petere fue Premio Nacional de Literatura en 1938, Antonio Buero Vallejo ganó el Premio Lope de Vega en 1948 y se le concedió el Premio Cervantes en 1986, Ramón de Garciasol mereció el Premio Fastenrath en 1962, Ángel María de Lera obtuvo el entonces prestigioso Premio Planeta en 1967…

La suya fue, sobre todo, una literatura libre, pues para los cuatro la creación artística fue el rincón en el que pudieron ejercer una libertad que se les negaba en el espacio público. Por eso mismo, no se limitaron a un único registro y publicaron tanto poesía como prosa, teatro o ensayo; además, Antonio Buero Vallejo y José Herrera Petere practicaron el dibujo y la pintura en su primera juventud. Tampoco se encerraron en un estilo único y personal y supieron evolucionar con su tiempo y sus circunstancias, aunque siempre fueron fieles a una literatura comprometida con la realidad, con la verdad, con lo cotidiano, con la vida de las clases populares, a las que todos pertenecieron por voluntad propia, más allá de sus circunstancias personales o familiares.

Porque otra característica que singulariza a estos cuatro escritores y a los de su generación, fuese cual fuese la trinchera en la que combatieron durante la guerra, es que no practicaron la literatura triunfalista y autocomplaciente de los vencidos, ni tiñeron sus escritos de un falso clasicismo o de un casticismo artificial que escondía la sórdida realidad de aquella España. El profesor José Carlos Mainer señalaba recientemente que estos autores escribieron una “literatura de posguerra que cercó y derrotó a la pretendida literatura de la victoria”, que respondía a una actitud, más que a un estilo, y que en Guadalajara representa mejor que nadie el poeta José Antonio Ochaíta, familiar de José María Pemán, adalid de esa literatura franquista.

Naturalmente, esta apuesta personal por los vencidos y lo que representaban tuvo funestas consecuencias para todos ellos. A Ángel María de Lera la Diputación Provincial sólo le concedió su premio Abeja de Oro después de fallecer en 1984 y no en 1968, cuando el gobernador civil Luis Ibarra Landete obligó a retirar en su pueblo natal unas placas que le homenajeaban. A José Herrera Petere, el alcalde de Guadalajara, Antonio Román Jasanada, le negó en 2009 un nicho para que sus restos mortales pudiesen reposar donde había nacido. A los profesores del segundo Instituto de Bachillerato de Guadalajara les costó cuatro años conseguir que su centro llevase el nombre de Antonio Buero Vallejo por la oposición de las mal llamadas “fuerzas vivas” de esta ciudad. Y en cuanto a su amigo Ramón de Garciasol, prefiero repetir sus palabras de 1993 en la revista Añil: “La Diputación de Guadalajara no ha publicado ninguna cosa de Buero o mía. En lo que a mí respecta, no he sido invitado, ni una sola vez, a un acto cultural organizado por la Diputación”. ¡Qué diferencia con el halago gratuito a José Antonio Ochaíta y la adulación servil ante Camilo José Cela, miembro de esa misma generación del 36!

No importa. Los cuatro nos dejaron testimonio de un compromiso ético profundo y humano, de una integridad que no retrocedió ante las tentaciones. Se dice que, muerto el general Franco, José Herrera Petere solicitó su pasaporte para poder regresar a España pero que, como nadie parecía tener mucho interés en que regresase, los trámites se alargaban y él, temeroso de morir antes de poder cumplir su sueño, acudía todos los días a interesarse al Consulado en Ginebra con la esperanza de que la muerte le llegase entre esas cuatro paredes y así poder morir en tierra española. Y es de sobra conocido que Ramón de Garciasol renunció a ejercer la abogacía, pues repetía que para actuar ante los tribunales “cuando yo terminé la carrera, era necesario aplicar la ley que había en ese momento y yo no consideraba justa esa ley”.

Un legado literario y una virtud cívica que quizás aún no nos merecemos.


 Juan Pablo Calero Delso es doctor en Historia Contemporánea, coordinador en Guadalajara del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha (Universidad de CLM) y autor de ‘El gobierno de la anarquía’ (Síntesis, 2011) y ‘Élite y clase. Un siglo de Guadalajara 1833-1930’ (Diputación, 2008).
 
 

 

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