El 'teatrillo' municipal

Susana Martínez plasma sus impresiones tras asistir recientemente como público a un pleno, con integrantes de la Plataforma No al Cierre del Teatro Moderno, para asistir al debate de una moción de la oposición contra el cese de actividad en este espacio escénico dependiente de la Junta. Escribe su artículo a título personal.


Si nunca han asistido a un pleno del Ayuntamiento les recomiendo que lo hagan, es una experiencia única,  que en ningún caso  les dejara indiferentes.

Si al bajar las escaleras del Consistorio Municipal sienten algún tipo de malestar: dolor de cabeza, mal cuerpo, diarrea o nauseas, no se preocupen, debe ser normal. Ver tan de cerca la mediocridad de algunos representantes públicos produce algunos de estos síntomas.

El lugar donde se deciden las cuestiones más importantes de la ciudad más parece un gallinero donde el gallo del corral cacarea sin que nadie le pueda toser, porque para eso el reglamento del Pleno le permite hacer, deshacer y decir siempre la última palabra. Los únicos momentos donde algunos concejales levantan la cabeza de sus teléfonos y se dignan a seguir el curso del Pleno es para secundar las  bromas fáciles, el chascarrillo y los ataques gratuitos. Como perros fieles o palmeros que saben muy bien cuando les toca aplaudir o levantar la mano a la hora de votar.

A la de una, a la dos y a la de tres: dieciséis manos arriba, todas obedientes. La mayoría es así,  no necesita nada más. Sobra todo lo demás: las formas, los acuerdos, el respeto al otro o a la institución. Ni hablar de los ciudadanos, que aunque estemos presentes en los bancos del Pleno significamos menos que nada. Hasta las próximas elecciones cuando se acuerden que a este invento le llamamos democracia y necesitan nuestro voto. Entonces saldrán a la calle a sonreírnos, besarnos, escuchar lo que tenemos que decir y hasta invitarnos a palomitas y cerveza si es necesario.

Mientras tanto, no pasa nada si nos faltan al respeto, si Guadalajara se queda sin Banda de Música o sin Teatro Moderno. Algunos ya tienen un sitio para hacer su teatrillo, aunque sea mediocre y chabacano. A los demás, ciudadanos de a pie, nos queda la opción de ir a verlos en vivo y en directo. No para aplaudir ni para tirar tomates, que el reglamento no lo permite, sino para pensarnos muy mucho a quién damos nuestro voto la próxima vez.

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