Mi calle del Seminario. Años cincuenta.

Artículo de opinión del pregonero de las fiestas de Sigüenza, San Roque 2016, el artista seguntino Mariano Canfrán.


Hace años, de tertulia con mi amigo Javier, me comentaba que nacer escritor, poeta, artista o capellán en Sigüenza tenía mérito, pero menos. Asentí con la cabeza al mismo tiempo que le decía: “Artista, en esta ciudad, ninguno”.

Permítanme que, por la generosidad del Ayuntamiento y con el honor que le hacen los seguntinos, este cincelador sea pregonero de las Fiestas patronales de 2016 y les escriba en el Programa de Fiestas lo que Dios me dé a entender. En ello estoy.

Recordaré las vivencias de un adolescente, uno más en los años cincuenta en esta ciudad de Sigüenza. Entidades seguntinas y buenas personas que nos acompañaron en la adolescencia, junto a la familia, por desgracia fallecidos hoy en su mayoría.

Nací en la calle del Seminario, número 12, en casa del abuelo Eulogio, donde mis padres tenían una tienda de comestibles y de verduras de la huerta. De ellos heredé la libertad y la capacidad para el trabajo, con un consejo: “piensa bien aunque no aciertes”. Mis hermanos: Jesús –durante muchos años concejal de este Ayuntamiento-, María Luisa, Lourdes y Josemari, dulzainero promotor de la recuperación de la dulzaina en la provincia de Guadalajara junto a su amigo Carlos Blasco.

Esta calle, apostada en el regazo del tercer recinto amurallado del siglo XV, es una de las más singulares de Sigüenza. Empezaba en un extremo por la casa del cura, párroco de San Pedro. Recuerdo a don Moisés y a don Honorio, hombre santo este último que lloraba si no sabías la primera pregunta del catecismo. En la planta de calle vivía, con su familia, don Pedro Laguna, sacristán y organista de la parroquia y con quien su nieto Gerardo aprendió los primeros acordes del piano. Hoy es gran concertista y profesor. La calle terminaba, por esa acera, en el emblemático reloj de la tienda Tizón, precedida del antiguo Seminario de San Bartolomé, edificio barroco de la Sigüenza del siglo XVII. Allí, don Juan Antonio Sánchez, después de la misa de los domingos, nos probaba la voz para cantar en la Escolanía. También estudiábamos los primeros cursos de bachillerato después de haber pasado por Sor María, en el Colegio de San José, o por las Escuelas Nacionales.

Tenía la calle una vida cultural propia aquellos años, por ella transitaba toda la curia, los seminaristas, estudiantes y gente del saber, camino de la imprenta y librería de la familia Box que regentaba la señora Elvira y donde los chicos comprábamos los cuadernos y los lapiceros para el cole.

Calle de artistas era también, como la familia Mendieta: don José, con sus hijos Pedro y Mario, buenos decoradores que tenían tienda de pinturas y droguería; me gustaba verlos con sus monos salpicados de pintura. O la familia Palacios: don Benito –a quien no conocía-, don José, y su esposa Leonor, padres de Luis y de Benito. Estos artistas dejaron su arte con los pinceles en la versión del Cristo de Velázquez en la parroquia de San Pedro y en la cúpula de los Evangelistas en la de Santa María, entre otras obras. Por cierto, debo de contar que don José, viéndome una mañana pintar el eslogan del escaparate de la tienda de mis padres: “Todos los días verduras frescas de la huerta”, le dijo a mi madre: “Este chico va para artista”. Don José: ¡en ello estamos!

Especial era la posada del gallego. Los días de mercado, en los bajos, se llenaba de mulas que dejaban los lugareños de los pueblos cercanos cuando venían a comprar y vender el trigo cosechado. También había un despacho de leche de los queridos hermanos de la Obra que posteriormente fue ocupado por la familia Del Amo –del señor Francisquillo- y hoy es el restaurante El Mesón, regentado por su hijo José Luis y su nieto Fran.

¡Y cómo olvidar al doctor don Manuel Ángel Palacios, “don Manolillo”!, gran médico de cabecera, querido por los seguntinos por su hacer y dedicación según mis recuerdos. Al igual que a mis vecinos, familia Bautista, López Tebas, Corsín, Gilaberte, Lafuente, Mínguez de las Heras, Canfrán López, su hija Encarna, Hernando Checa y Costero; después las familias Contreras, “la soriana”, Martínez Llorente, López Martín, los sacerdotes hermanos Ortiz, o los Plaza Ávila, seguntinos que rejuvenecieron la calle con una nueva generación.

Por aquellos años la calle era de los chicos, de los críos, y San Juan era su fiesta mayor. Se hacía el arco y se pedía “una perrilla para el arco de San Juan”. Se bailaba y se cantaba durante toda la tarde y al día siguiente, con lo recaudado, se sacaban las mesas a la calle y se tomaba el chocolate con churros para alegría de todos. No pasaban coches, si acaso algunos carros tirados por mulas, sobre todo los días de mercado. Jugábamos al bote, al escondite, al cirrio, al tacón, al correcalles, al churro, al dao-dao y al hilo cortao –a estos últimos en el patio de la catedral-, corríamos con el aro… Las chicas lo hacían al teje, ca la comba y a los alfileres. En el verano se prolongaba hasta que el señor Antón, que tenía una tienda juguetes y de gafas, apagaba la luz del escaparate y quedaba en penumbra la parte central de la calle.

Éramos niños que presumíamos de tener un vecino, don Indalecio, que había estado en la Guerra de Cuba, según decían los más mayores de la cuadrilla. No sabíamos muy bien lo que significaba pero sonaba importante.

Imposible olvidar en aquellos años infantiles a esas personas tan populares e indispensables a esa edad, que regentaban los carritos rodantes de los dulces. En verano, a la entrada de la Alameda; en invierno, en la plaza de don Hilario Yaben. La señora Manuela, quien, cada uno en su sitio, tenía toda clase de caramelos y algún cigarrillo suelto para los más mayores; la señora Encarna, con sus guindillas con palo que, por quince o veinte céntimos, pasabas toda la tarde chupándolas, como los martillos rojos y las pipas de la señora Marcelina, o los dulces de las señoras Eusebia y Demetria, que con la paga de los domingos te podías permitir. Mi recuerdo más entrañable, Dios las tendrá en su gloria.

Como seguro que estarán aquellos personajes mayores, buenos y sencillos que evoco con el mayor respeto y cariño: el “Tito”, que repartía el carbón del señor Juan Francisco; la señora Rupert y la señora Evarista, que pedían los domingos, a la salida de misa; el “Bartolo” y el “Rita Rita”, que estaba en el Asilo y bailábamos con él cuando lo veíamos por la calle, siempre sonriente y alegre.

Estas son las pinceladas de la adolescencia de un seguntino, con us vivencias, nada fuera de lo común pero muy entrañables.

Mi agradecimiento a todas las personas de entonces, a mi familia y a mis amigos, que me hicieron como soy. A mi mujer, Antonia, a mis hijos, Abraham y su mujer Gema, a Jana y a José, y a mi nieta Noa, porque darán testimonio de quién he sido.

Con un cordial abrazo: ¡Felices Fiestas! 

¡Viva San Roque! ¡Viva Nuestra Señora de la Mayor! ¡Viva Sigüenza! 

Mariano Canfrán Lucea (Sigüenza, 1947) es cincelador autodidacta. Desde 1975 trabaja con dedicación exclusiva el arte del cincelado en el taller exposición que mantiene en la calle Seminario de Sigüenza, pasando por diferentes etapas artísticas.

 

Artículos Relacionados