Primer centenario en blanco

Ayer se celebró el centenario de la muerte de la duquesa de Sevillano sin ningún acto oficial, a pesar de haber sido una de las personalidades más influyentes del último siglo y medio en Guadalajara; rehabilitar el Poblado de Villaflores puede ser la mejor oportunidad de que en 2016 se la recuerde como se merece.


No está claro si es un problema de reflejos o de desidia. El primer centenario de un año fastuoso y repleto de centenarios ha pasado sin pena ni gloria. El 9 de marzo, cien años después de que Guadalajara despidiese en un entierro multitudinario a la Duquesa de Sevillano, no ha habido ningún homenaje ni acto público. Apenas el reportaje que publicó Cultura EnGuada recordó esta fecha.

En el mejor de los casos pensaremos que ha habido un problema de reflejos, que Guadalajara ha llegado tarde a su cita en marzo con María Diega Desmaissières y Sevillano, que ha planificado a deshora, aunque algunos ya avisamos de que ésta era una de las muchas efemérides de un año plagado de ellas en la cultura provincial.

Sabemos al menos que Aache –siempre Herrera Casado, quién si no– tiene entre manos la reedición a iniciativa de Diputación y Ayuntamiento de una biografía que firmó Pablo Herce Montiel y que publicó la institución provincial en 1999. Es el único movimiento confirmado, aunque parece que las hermanas Adoratrices (las más directas beneficiarias de la herencia de la duquesa) quieren llevar a cabo algún tipo de acto para primavera, abierto a la participación de los guadalajareños. El Ayuntamiento de Guadalajara de momento no ha citado el nombre de la aristócrata en sus previsiones de efemérides, donde sí están –aunque aún por perfilar– el escritor Buero Vallejo y el artista Regino Pradillo.

Lo hemos dicho otras veces a propósito de otros nombres insignes: cabe esperar de un aniversario tan redondo que sirva para rescatar la figura de una de las mujeres más influyentes del siglo XX arriacense. No fue simplemente una aristócrata inmensamente rica que decidió radicarse en la ciudad, sino una mujer sensible a la pobreza que movilizó parte de su fortuna como obra social en la ciudad.

Pero no sólo eso. Probablemente hablamos de la personalidad que más ha influido desde los tiempos de los Mendoza en conformar el patrimonio arquitectónico del que hoy disfrutamos en nuestra capital. La duquesa de Sevillano fue la culpable de que uno de los arquitectos más destacados del momento, Ricardo Velázquez Bosco, dejase tan abundantes y buenas muestras de su ingenio en obras de la categoría del complejo de Adoratrices, con la joya del Panteón, el palacio en el actual colegio de Los Maristas o el Poblado de Villaflores.

Villaflores, imperdonable

Lo del Poblado de Villaflores, por cierto, clama al cielo. Por encima de los reconocimientos debidos a la figura de María Diega Desmaissières y Sevillano, el mejor homenaje pasaría por tomarse en serio de una vez por todas la situación de abandono y vandalismo que está acabando con el conjunto.

Lo ha dicho recientemente el historiador Herrera Casado, aunque su discurso lleva vigente treinta años, cuando ha pedido al Ayuntamiento que acometa “urgentemente” actuaciones para evitar el hundimiento –así, sin eufemismos– del poblado agropecuario que mandó levantar la duquesa de Sevillano. Evitar más derrumbes como el sucedido en la casona el mes pasado y diseñar un plan para la aldea (Herrera Casado propone un centro de investigación a nivel europeo) supondría que los guadalajareños de hoy asumamos el compromiso de mantener en pie el legado de la influyente mujer muerta hace ahora cien años.

El día preciso del centenario ha podido pasar sin una conferencia, sin un homenaje a tiempo o sin un pequeño gesto, pero resultaría imperdonable que 2016, precisamente en los 100 años de la muerte de la duquesa, no suponga el punto de inflexión con respecto a las obligaciones de la Guadalajara de nuestro tiempo con Villaflores. En este caso concreto, el diagnóstico no da lugar a dudas: no ha habido falta de reflejos, sino pura y maldita desidia.