Palabra y poder

Discurso de recepción de Blanca Calvo, exdirectora de la Biblioteca Pública de Guadalajara, tras su distinción del Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha en el acto provincial del lunes.


Una de las obras literarias más antiguas que se conservan, 'Las 1001 noches', cuenta que el sultán Shahriar, enfadado con las mujeres porque la suya le había traicionado, cogía una virgen cada día para hacerla su concubina. Y que, pasada la noche, la mandaba decapitar.

Ya había mandado matar a tres mil mujeres cuando conoció a Sherezade, hija de un alto funcionario de su administración.

Contra la voluntad de su padre, Sherezade se había ofrecido al sultán porque confiaba en que podía aplacarlo. Y organizó su plan. Se puso de acuerdo con su hermana para que, cuando de noche fuera a despedirse de ella al llegar el momento de quedarse sola con el sultán, la hermana le pidiera que le contara un cuento.

Sherezade contó a su hermana una historia que duró toda la noche, pero ella no era la única que estaba escuchando: el sultán también siguió la historia con interés. Hasta el punto que, al llegar el día, no sólo no mató a Sherezade sino que le pidió que siguiera contando (ella, astutamente, había dejado la narración en un punto muy interesante, como se hace en cualquier relato por entregas).

Pero Sherezade le dijo que no, que ya era de día y que, si quería que siguiera tendría que esperar a la noche siguiente. Así, gracias al interés que van despertando sus historias en el sultán, Sherezade conserva la vida después de la primera noche, y a la otra, y a la otra. Ella va encadenando los relatos uno tras otro y uno dentro de otro, como es tradicional en las narraciones antiguas, hasta que, después de mil y una noches llenas de relatos, y ya con tres hijos, el rey había cambiado. Gracias a las historias escuchadas se había hecho amable y quería a Sherezade. Y así es como ella deja de ser la concubina para ser la esposa del rey.

Esta historia tiene, para mí, una moraleja: Sherezade es mucho más hábil e imaginativa que el sultán; domina el arte de la palabra. Y creo que podemos decir que, aún hoy, las mujeres en la vida diaria manejamos mejor esa herramienta. Pero el sultán tiene el poder de quitarle la vida o perdonarla. Y no hace falta que miremos mucho a nuestro alrededor para ver que eso sigue siendo igual: los grandes poderes están detentados en su inmensa mayoría por los hombres.

Sherezade es una maga de la palabra; por eso me ha parecido un buen punto de partida para este acto, en el que vamos a hablar de igualdad entre hombres y mujeres y reflexionaremos sobre lo que el lenguaje puede hacer por esa igualdad.

Podemos entrar de lleno en el tema haciéndonos una pregunta: ¿el lenguaje que hemos escuchado hasta ahora todas las personas que estamos aquí, mujeres y hombres, ha contribuido a consolidar la discriminación de las mujeres?, ¿seríamos diferentes si nos hubieran hablado de otra manera?

El debate lingüistico

Hay una pequeña anécdota que cuenta Inmaculada Montalbán, Presidenta de la Comisión de Igualdad del CGPJ, que puede dar una pequeña respuesta a esa pregunta. Es una anécdota ocurrida a la hija de una amiga de la jurista. Un día cualquiera la niña está en el colegio. Tiene clase de música pero la profesora de siempre no puede ir y mandan una suplente. La profesora suplente empieza la clase diciendo: “Ahora vamos a cantar todos los niños”. Y sí, los niños empiezan a cantar, pero no las niñas, que se quedan calladas. No se dan por aludidas porque su maestra de todos los días siempre les dice “niños y niñas”.

Creo que este pequeño ejemplo nos permite decir que sí: la forma en que se nos habla nos configura.

La Real Academia Española es la institución que marca lo que es correcto e incorrecto en la lengua española (lengua materna, podríamos decir con toda propiedad. Porque la lengua la heredamos de la madre, no del padre).

Hace un gran trabajo la RAE, la verdad, pero quizá no es del todo consciente de lo importante que resulta el uso del lenguaje para combatir la discriminación.

El 4 de marzo de 2012 el académico Ignacio Bosque publica en El País un artículo titulado 'Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer', en el que analiza las guías de lenguaje no sexista publicadas en los años anteriores por universidades, comunidades autónomas, sindicatos, ayuntamientos y otras instituciones. Es crítico con ellas porque, asegura, la gramática no puede forzarse y la repetición sistemática de los dos géneros –masculino y femenino- en los textos produce una prosa muy farragosa. Pone como ejemplo la constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que desdobla sistemáticamente los masculinos y femeninos de sustantivos y adjetivos:

Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia...”

Ese artículo de Ignacio Bosque provoca en los días siguientes algunas reacciones muy interesantes:

La escritora Laura Freixas, autora de 'Literatura y mujeres', cuando se le pregunta su opinión sobre el artículo dice:

Me parece excelente que haya debate —nada menos que en la portada de EL PAÍS— porque para solucionar un problema cualquiera (en este caso la invisibilidad lingüística de las mujeres) el primer paso imprescindible es reconocerlo como problema. Es una buena noticia que el debate sobre el sexismo de la lengua se haya colocado en la agenda, como pasó hace unos años con la violencia de género, y, hace un siglo largo, con el sufragio femenino.”

El periodista Isaías Lafuente, inventor de la Unidad de Vigilancia lingüística UDV de la SER, también interviene en el debate, dos días más tarde de la publicación del artículo. Y, aunque afirma que resulta muy difícil no suscribir algunas de las apreciaciones sostenidas por Ignacio Bosque, añade que la RAE podría contribuir a que el lenguaje no sea sexista al menos en un par de cosas:

La primera, cambiando el orden de las entradas de sustantivos y adjetivos que terminan en a o en o, por ejemplo “médico/a”. Sería mucho más apropiado que un diccionario que “se rige por el sagrado orden alfabético” no introdujera el término en su versión masculina. La entrada debería hacerse a la inversa: médica/o, porque la “a” va muy por delante de la “o” en el abecedario.

La segunda sugerencia que hace Isaías Lafuente a la Academia es que se anime “a elaborar una guía de referencia para orientar la manera en la que, sin torcer nuestro idioma hasta la sinrazón, podamos ir mejorándolo para hacerlo más inclusivo”.

Esperemos que la RAE tome nota. La verdad es que es una institución que, hasta el momento, no se ha distinguido por su sensibilidad hacia la igualdad de hombres y mujeres. El informe que Ignacio Bosque publica en El País se había aprobado días antes en una sesión plenaria de la Academia en la que estaban presentes 26 académicos, de los que sólo 3 eran mujeres.

La figura de María Moliner

Nunca ha habido ni el más mínimo asomo de paridad en la RAE. Pero el caso más sangrante data de 1972, cuando se negó a aceptar la candidatura de María Moliner.

María Moliner nace en la provincia de Zaragoza en 1900. Estudia el bachillerato cuando sólo el 3% de los estudiantes son mujeres. Después de cursar la carrera de Filosofía y Letras entra, a los 22 años, en el  Cuerpo Facultativo de Archivos y Bibliotecas, al que me honro en pertenecer.

Su primer destino es el Archivo de Simancas, donde hace un trabajo espléndido. Luego se va a Murcia, donde conoce a su marido. En 1929 se traslada a Valencia, y cuando se crea el Patronato de Misiones Pedagógicas es nombrada miembro de la delegación valenciana (es ahí donde empieza su relación con las bibliotecas). Hace visitas de inspección por las bibliotecas que el Patronato de Misiones Pedagógicas ha abierto en la provincia, dejando constancia de ellas en unos informes preciosos, que vale la pena leer.

A partir de 1936 es directora de la Biblioteca Universitaria de Valencia, donde hace un gran trabajo de preservación de los tesoros bibliográficos, pero luego se va a lo que yo creo que fue su gran vocación: la lectura pública. En un año de trabajo, de 1937 a 1938, compra 433.000 volúmenes para las bibliotecas que dependían del Ministerio de Instrucción Pública, invirtiendo 7 millones de pesetas ¡en plena economía de guerra!

Su principal aportación es el Plan General de organización de bibliotecas, que concebía el sistema bibliotecario español como un todo armónico: algo que no se había hecho antes y que tampoco se ha vuelto a hacer después. La máxima que la guiaba era que “cualquier lector en cualquier lugar pueda obtener cualquier libro que le interese”.

Después de la guerra es sometida a expediente de depuración. En su alegato dice: “El único cargo que se me puede imputar es que he trabajado. Si ello merece sanción, la aceptaré con conformidad pero, naturalmente, con amargura”. Y sí, es sancionada: se le rebajan 18 puestos en el escalafón.

En 1946 consigue ir a Madrid como bibliotecaria de la Escuela Superior de Ingenieros, donde trabaja hasta su jubilación, en 1970.

Pero mientras, en una mesita camilla, antes de que se levanten sus hijos, monta las fichas de su diccionario: “Fueron quince años de un trabajo absorbente que yo llevaba bien porque era joven y fuerte”, diría después, al hablar de ese periodo de gestación.

García Márquez, que precisamente ayer habría hecho 89 años, decía en un artículo de El País en 1981:

María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama 'Diccionario de uso del español', tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor.”

A pesar de ese trabajo ingente, María Moliner, no es elegida académica cuando, en 1972, se presenta su candidatura. A mí me habría gustado mucho que las cosas se hubieran desarrollado de otra forma. Por una razón de justicia –si alguien merecía formar parte de la Academia de la Lengua era María Moliner- y, también, por una razón personal. Por esas casualidades que tiene la vida, el sillón que habría ocupado María Moliner era el B mayúscula, que había quedado libre unos meses antes por la muerte de mi abuelo Narciso Alonso-Cortés. Pero María era mujer, y eso sin duda pesó en la decisión de la Academia.

Equilibrio de responsabilidades

Ignacio Bosque, en el informe sobre el lenguaje sexista dice que conoce mujeres que no son partidarias de las cuotas en los puestos importantes. A mí, sin embargo, me parece una medida necesaria, aunque creo que tiene que tener obligatoriamente fecha de caducidad, porque tiene que llegar el día en el haya un equilibrio aceptable en el reparto de todo tipo de responsabilidades entre hombres y mujeres.

Todo lo que pueda llevar a ese día, incluido un uso más igualitario del lenguaje, será bienvenido. Porque nadie que tenga sensibilidad y empatía hacia todo el género humano debe darse por satisfecho hasta que no desaparezca cualquier tipo de discriminación entre las personas. Porque nadie es superior ni inferior por haber nacido hombre o mujer, por tener un color de piel más o menos claro o por haber llegado al mundo en un lugar u otro.

Hace unos días ha estado en España la fotoperiodista norteamericana y Premio Pulitzer Lynsey Addario, que ha cubierto conflictos en Afganistán, Irak, la caída de la Libia de Gadafi, la crisis de Darfur o las hambrunas del cuerno de África. La han secuestrado dos veces, la han herido, agredido, y hasta ha estado a punto de ser ejecutada. Esa mujer tan valiente ha venido a presentar un libro en el que cuenta sus experiencias. El libro se titula 'En el instante preciso. Vida de una fotógrafa en el amor y en la guerra', y aprovecho para hacer un poco de animación a la lectura: les aconsejo que lo lean.

El pasado viernes por la tarde Lynsey Addario hablaba por la radio, y decía algo parecido a ésto: “El hecho de que yo haya nacido en EEUU y las mujeres afganas en Afganistán es totalmente accidental, cuestión de suerte. Ellas son exactamente igual que yo”.

Todas las mujeres, todas las personas, son iguales. Es importante recordar eso hoy, en vísperas del Día de la Mujer, pero también en una época en la que se está extendiendo en Europa el rechazo a los refugiados, personas exactamente igual a nosotras, que tienen las mismas necesidades y que, simplemente, han nacido en un lugar con una actualidad muy complicada de la que quieren huir como querríamos nosotras si estuviéramos en su piel.

Ya termino. Y lo voy a hacer con un poema que he descubierto hace poco gracias a mi amiga Estrella Ortiz, que lo recitó en el pasado Viernes de los Cuentos. Es del poeta Jesús Lizano, un verdadero humanista que murió en 2015, y juega con las palabras como si quisiera decir que tener un género u otro carece de importancia. En realidad no es un poema, es un Poemo, y dice así: 

Me asomé a la balcona
y contemplé la ciela
poblada por los estrellos.
Sentí fría en mi caro,
me froté los monos
y me puse la abriga
y pensé: qué ideo,
qué ideo tan negro.
Diosa mía, exclamé:
qué oscuro es el nocho
y que sólo mi almo
y perdido entre las vientas
y entre las fuegas,
entre los rejos.
El vido nos traiciona,
mi cabezo se pierde,
qué triste el aventuro
de vivir. Y estuvo a punto
de tirarme a la vacía...
Qué poemo.
Y con lágrimas en las ojas
me metí en el camo.
A ver, pensé, si las sueñas
o los fantasmos
me centran la pensamienta
y olvido que la munda
no es como la vemos
y que todo es un farso
y que el vido es el muerto,
un tragedio.
Tras toda, nado.
Vivir. Morir:
qué mierdo.