Climb every mountain

El artista azudense Alberto Centenera realiza una mirada a la exposición colectiva que se podrá ver en la sala de exposiciones de la Casa de la Cultura de Azuqueca hasta el próximo 5 de marzo.


La montaña como metáfora de lo inalcanzable, representación de lo sublime. Su coronación como símbolo de victoria, la imposibilidad de escalarla como signo de fracaso. Por una parte, tendremos esa visión de la montaña como algo que se presenta frente a nosotros en toda su grandeza. Por otra, nos adentraremos directamente en el paisaje, tratando la fusión del ser con la naturaleza, en esa unión con lo desconocido, que es, al fin, una búsqueda de aquello que habita en nosotros mismos, una búsqueda interior. La montaña, en consecuencia, está dentro de nosotros y nosotras. Como el paisaje y lo sublime, se nos muestra como algo atemporal, pero a la vez, tremendamente actual.

Ya Cézanne se mostró obsesionado con la montaña francesa de Saint Victoire, que pintó alrededor de 90 veces. Aquella montaña debía simbolizar para el pintor algo más de lo que cualquiera veía a simple vista.

La manera de mirar hoy es otra, al igual que la manera de representar. Víctor Santamarina nos habla de esa relación con el paisaje, qué puede influir o interferir en nosotros a la hora de mirar. En un cristal nos presenta un macizo montañoso distorsionado y retorcido, como si algo en nuestro propio ojo nos impidiera ver con claridad. Javier Rodríguez Lozano nos muestra otras montañas, con otros colores, casi con interferencias, como si la relación con el paisaje estuviera mediada por una pantalla.

Amaia Gracia Azqueta nos sitúa en los Alpes franceses, con un conjunto de imágenes que quieren ser un homenaje al papel de la mujer en el alpinismo y concretamente, a Marie Paradis y Henriette d´Angeville, primera y segunda mujer del mundo en subir una alta cumbre por encima de los 4000 metros, el Mont Blanc.

Escaladora de montañas es también la artista portuguesa Cristina Ataíde, que une en sus piezas un material duro como el bronce con otro delicado como el hilo, creando interesantes contrastes. Aunque sus montañas quepan en la palma de la mano, los títulos aluden a conceptos de magnitud infinita como 'Derivas' o 'Línea de Horizonte'. La visión de Tania Tsong es más oriental, y sus montañas más naïf, de diferentes formas y colores. Susana Botana por su parte, trabaja en piedra en 'Emptiness', una escultura-recipiente que se completa con los restos de su propio interior vacío, en un proceso de retroalimentación infinito y sagrado. Y a lo sagrado nos remiten también las fotografías de Fernando Maselli, que nos transportan a cumbres neblinosas y frías.

Adentrándose directamente en la naturaleza, sin guardar distancia alguna, Juan Yuste e Irene Cruz, y algunas imágenes de su proyecto 'Lurra' ('Tierra' en euskera). Y en la misma línea el joven Eloy Cruz del Prado, que confronta su cuerpo con la rugosidad de la piedra, o trata inútilmente de dominarla. No es importante la cima, sino haber luchado bien, como nos dice Eduardo Hurtado en una potente pieza en papel. Este artista completa su participación con una instalación de piedras negras que nos hace pensar en un extraño ritual, que ha dejado en el suelo de la sala una composición aparentemente desordenada.

Por último, nos encontramos con Luis Miguel López Soriano, alpinista con una larga trayectoria y artista aficionado que pinta acuarelas utilizando el agua del propio paisaje, en sus expediciones por las montañas más altas del planeta.

Alberto M. Centenera

 


 

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