Yo era aquel blanquito del África tropical

Título: Palmeras en la nieve. • Dirección: Fernando González Molina. • Guion: Sergio G. Sánchez, basad0 en el libro homónimo de Luz Gabás. • Género: Drama romántico. • País y año: España, 2015. • Reparto: Mario Casas, Adriana Ugarte, Macarena García, Berta Vázquez, Alain Hernández, Emilio Gutiérrez Caba, Celso Bugallo, Laia Costa, Fernando Cayo.


Hablar de la posguerra en el cine español es pensar, casi de manera automática, en relatos de depresión, represión y hambrunas, aliviadas de manera satírica por maestros como Bardem, Berlanga o Azcona y de forma algo más agradablemente efímera gracias a grandes cómicos como José Luis López Vázquez, Fernando Fernán-Gómez o Alfredo Landa. Sin embargo, hay un capítulo desconocido para el gran público y relativamente reciente en la historia del tardofranquismo: el de las últimas colonias españolas en África, destino para un buen número de compatriotas que a mediados del pasado siglo XX viajó a esta Ítaca en busca de una fortuna que pudiese enviar a los familiares que quedaron en la península.

Desconozco el original literario de Luz Gabás, pero creo que Sergio G. Sánchez -guionista habitual de J.A. Bayona- ha hecho un buen trabajo de adaptación comprimiendo las más de setecientas páginas de la novela en un libreto de poco más de dos horas y media en la pantalla. Digo esto como una virtud sincera, ya que si bien hay veces en que el ritmo pega algunos altibajos, en general las tramas, los arcos narrativos y el 'dramatis personae' están bastante bien desarrollados. A esto debemos sumarle una dirección y una puesta en escena decididamente sobrias por parte de su director, Fernando González Molina -quien demuestra, en su cuarto largometraje, que puede afrontar retos profesionales mucho más serios que ‘Fuga de cerebros’ (2009) o el díptico de encoñamientos adolescentes ‘Tres metros sobre el cielo’ y ‘Tengo ganas de ti’ (2010-2012)-, una magnífica dirección de producción -Toni Novella-, una estupenda fotografía -Xavi Giménez-, una excelente música de Lucas Vidal -incomprensible que este score no esté entre los finalistas nominados a los Goya- y una buena labor en la edición, realizada a cuatro manos por Irene Blecua y Verónica Callón.

Estos ingredientes, unidos a la magnífica acogida que está teniendo el film entre los espectadores -a la fecha de esta publicación lleva recaudados más de siete millones de euros, llegando a superar a la imbatible ‘Star Wars’ en la jornada de Reyes-, podrían hacernos suponer que nos encontramos ante un producto cinematográfico rayando el sobresaliente.

Sin embargo, mi percepción personal es que esto no es así. Y es que, aunque hay poco negativo -en cantidad- en este film, cualitativamente lastra demasiado al conjunto. Para quien esto escribe, el mayor problema tiene nombre y apellido: Mario Casas. Yo no digo que el muchacho no tenga potencial para ser un buen actor, puede que lo sea en un futuro, e incluso debo reconocer que cuando se junta con Álex de la Iglesia -‘Las brujas de Zugarramurdi (2013) y ‘Mi gran noche’ (2015)- me río mucho con él. Pero aquí está completamente desafinado, o, mejor dicho, está tieso como un Keanu Reeves a la española.

Da igual que su personaje se alegre, se preocupe, se angustie o se enamore: no cambia de expresión. Esa intensidad tan forzada hace que en ningún momento vea al Killian del relato, sino a un Casas incómodo; y como toda la historia pivota a su alrededor, pues por momentos casi todo se tambalea, a punto de desmoronarse. Todo lo contrario que con Emilio Gutiérrez Caba, un caballero que hace su trabajo con una naturalidad pasmosa, así como con el reparto femenino en general: bien Adriana Ugarte, espléndida Macarena García -su personaje, aunque secundario, es el que mayor evolución dramática sufre- y, sobre todo, magnífica Berta Vázquez, confirmando que es mucho más que la Rizos televisiva de ‘Vis a vis’ y cuya ausencia como candidata a Mejor Actriz Revelación del año se me antoja totalmente incomprensible.

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