Franco, el holograma

El periodista Rubén Madrid opina sobre el modo en que algunos trabajos periodísticos están volviendo la mirada hacia la figura de Franco, 40 años después de su muerte.


Hace un par de semanas, el suplemento dominical de El Mundo, 'Papel', publicó un llamativo reportaje en portada sobre Franco, titulado 'Franco ha vuelto'. ¿Qué ocurriría si apareciese, 40 años después de su muerte, el dictador en la Puerta del Sol? ¿Cómo reaccionaría la gente a su alrededor? Y todavía más: ¿cómo reaccionaría él mismo? La idea, importada del libro alemán ‘Ha vuelto’, que hace este mismo experimento con Hitler en la Alemania actual, tomó forma de reportaje con una espectacular sesión de fotografía en la que un actor encarnaba al general con un parecido escalofriante.

El resultado (había que leer para opinar) es un sofrito de lugares comunes presentado con reflejos pop. O superpop, porque algunos suplementos de la prensa generalista están ingresando en un estilo que recuerda más a las viejas revistas de nuestro acné juvenil que al viejo ideal del New Yorker que tenemos en los altares.

Escribía el director de la revista, Javi Gómez, en un editorial en el que pretendía justificar ese experimento de portada -se ve que lo creía necesario- que "Papel se prometió transgresora, inteligente e irreverente desde el inicio". No sé si es lo primero; desde luego que no es lo segundo; sí es, totalmente, lo tercero. El suplemento de El Mundo ha metido en la batidora Mediapart, Jot Down y Mongolia, pero se le ha cortado la mayonesa. Y el reportaje de Franco resucitado ha sido la apoteosis del nuevo cuño. "Esa es la victoria de nuestra democracia (...). La gente ve a Franco por la calle y ni se asusta, sólo piensa en un disfraz. Es un Halloween político". Textual. Y tomen aire, que culminamos felizmente la transición política: "Lo importante es que ya no ven una amenaza: sólo carne de selfie".

Poner a Franco en carne y hueso en la misma puerta del Sol del 15M, como si fuera uno de esos actores precarios vestidos de Bob Esponja, hacer de esta performance una atrevida prueba de madurez de nuestra democracia y un ejercicio de periodismo irreverente, inteligente y transgresor y luego quedarse tan anchos. ¡Guau!

El trabajo fotográfico es estupendo; el esfuerzo de caracterización, sublime; el ejercicio de fantasía de la redactora que firma el texto, Emilia Landuce, irreprochable como obra de ingeniería. Pero, por favor, que no nos lo justifiquen como el nuevo periodismo de referencia.

Decía Rosa María Calaf en julio, durante un curso de verano de la UNED en Guadalajara sobre la figura de Manu Leguineche, que estamos haciendo un periodismo de conmociones, que se recrea en la imagen llamativa que nos golpea duro, pero que no contextualiza los hechos ni se para en las causas y las consecuencias. Envasamos el impacto al vacío. Es el triunfo de Twitter y Youtube, probablemente más cerca de obtener el próximo Princesa de Asturias de la Comunicación de lo que jamás estuvo el propio Leguineche.

Aun así, cuarenta años después de la muerte del dictador, se puede hacer periodismo revisando la figura de Franco sin resultar chabacanos (digamos irreverentes), gastando una mirada inteligente. Sin saltarse la tapia del cementerio para caer en territorio de la memoria histórica 2.0, sin conformarse con reírle las gracias a un holograma del caudillo con voz de pito. El especial de la revista Tiempo sobre los 40 años sin Franco es estupendo: un amplísimo reportaje de investigación sobre la fortuna que amasó el dictador, un regreso a la madrugada del 20-N, entrevistas con historiadores…

Y se puede preguntar acerca de qué queda de la figura de Franco ahí afuera haciendo uso de brillantez de estilo. Lo ha hecho Peio H. Riaño -una vez más- a propósito de un reportaje para el que ha visitado un colegio. No es periodismo ficción de última generación, sino periodismo puro, el que contextualiza, el que luego cantamos cuando hablamos de los Leguineche, o de los Chaves Nogales. Y tiene un arranque literario deslumbrante. Porque el periodismo narrativo toma de la narrativa, si sabe y si quiere, todos los elementos que quiera excepto la ficción, precisamente para que el periodismo no pierda su razón de ser: el anclaje con la realidad.

Lean, si no, este inicio estupendo:

"Noviembre guarda estas alegrías. El otoño abre un día los nubarrones grises y deja que el sol tueste las hojas que se arremolinan a la puerta del colegio. Los pájaros exóticos de cachitos de papel de mil colores podrían salir volando. Decoran la entrada a la escuela pública en recuerdo de una directora tan luminosa como ellos. En el hall principal hay una escultura aérea hecha con botellas de plástico recicladas, rellenas de líquido de más colores. Desde el piso inferior se puede leer en una de las paredes de la segunda planta: “Nación libertad”. Es un lugar alegre, que tiene presente a sus maestros y a sus alumnos. Hay mucha luz este noviembre."

Lo demás es dejarse llevar hasta el final. Tal vez no sea transgresor; no es, desde luego, irreverente. Pero es, sin duda, inteligente. Y resulta paradójico que el artículo esté publicado en El Español, la nueva criatura de Pedro J. Ramírez, un señor de 63 años. Mientras, en otras redacciones las jóvenes promesas de la alquimia siguen reinventando el periodismo.

Y nos dirán: ¿qué tiene todo esto que ver con Guadalajara? Verdaderamente, nada. Porque en la prensa de Guadalajara, una vez más, estos 40 años sin Franco, este otro aniversario, ha vuelto a pasar sin pena ni gloria por las páginas de sus periódicos y por las secciones de sus digitales. Será que nadie ha convocado rueda de prensa.

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