Resurreciones digitales

Isra Calzado recuerda y opina sobre algunos 'milagros digitales', a propósito del estreno de la séptima entrega de 'Fast & Furious'.


El pasado martes 31 de marzo se cumplían veintidós años del fallecimiento de Brandon Lee en el set de rodaje de El cuervo (Álex Proyas, 1994). Inesperada, trágica y rodeada de un tenebroso halo negro de misterio –su muerte ‘accidental’ se debió, como seguramente recordaréis, a un disparo de munición real procedente de un arma que debería haber estado cargada con balas de fogueo- , este perturbador acontecimiento dio cierto empaque a un film de Serie B que seguramente estaba predestinado a las estanterías de los videoclubs pero que rápidamente, incluso ya antes de su estreno, se transformó en obra de culto.

Pero si por algo pasó El cuervo a la posteridad fue por esa –hasta entonces insólita- artimaña digital con la que incrustaron el rostro del ya fallecido Brandon sobre la cara de un doble para poder filmar algunas escenas que faltaban para completar el rodaje. Ya no se trataba de dar vida a temibles alucinaciones –el caballero/vidriera de El secreto de la pirámide (Barry Levinson, 1985)- , de transformar criaturas mágicas –la metamorfosis de la hechicera Raziel en Willow (Ron Howard, 1988)- , de crear camaleónicas pesadillas tecnológicas –el T-1000 de Terminator 2. El juicio final (James Cameron, 1991)- o de poblar de animales antediluvianos un parque de atracciones –los dinos de Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993)- , sino de ‘resucitar’, por obra y gracia de las emergentes tecnologías CGI, a una persona ya fallecida para completar un proyecto audiovisual. ¿Hasta qué punto era aquello lógico, lícito o ético? ¿Dónde terminaría el homenaje al muerto y empezaría el interés económico? ¿Podría ser el inicio de una nueva era donde Humphrey Bogart o Natalie Wood podrían compartir película junto a Clint Eastwood o Tom Cruise?

Durante estas últimas dos décadas, ha habido algún que otro controvertido uso de la resurrección computerizada con intereses comerciales –supongo que con el consentimiento, suculento cheque mediante, de los beneficiarios implicados- . Recordaréis no hace mucho, por ejemplo, a unos jóvenes Rod Taylor o Steve McQueen anunciando sendas marcas de coches, o cómo Charlize Theron se saludaba con Grace Kelly antes de cruzarse con Marlene Dietrich y Marilyn Monroe en el spot de una conocida marca de perfumes. En la gran pantalla ha habido tímidos atisbos: dejando a un lado la aparición especial virtual de Laurence Olivier en Sky Captain y el mundo del mañana (Kerry Conran, 2004), actores como Arnold Schwarzenegger –Terminator Salvation (McG, 2009)- o Jeff Bridges –Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2010), aún vivos, han probado a ‘rejuvenecerse’ digitalmente, -por ‘exigencias’ del guion- con resultados como poco irregulares.

Hoy mismo llega a nuestras salas la séptima entrega de la serie Fast & Furious, protagonizada por –y, de nuevo, gracias a la magia del ordenador- el malogrado Paul Walker. Por el contrario, esta semana conocíamos la noticia de que Robin Williams, fallecido también el pasado año, había ‘blindado’ en su testamento sus derechos de imagen, nombre y firma para que nadie –a excepción de la fundación benéfica Windfall- , durante los próximos veinticinco años, pueda utilizarle para fin alguno. Dicho de otro modo: ningún anuncio o película podrá mostrarle en fotografía, holograma, imagen, etc. al menos hasta el año 2039. No sé a vosotros qué os parece, pero en un tiempo en el que absolutamente todo es susceptible de ser comercializado y donde rara es la familia cuyos miembros no salgan tarifando por repartirse la herencia del famoso, creo que su decisión es un rayo de sensatez en medio de toda esta locura. Ahí lo dejo.

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