El payaso sin maquillaje

Título: El culo del mundo. • Dirección: Andreu Buenafuente y Eva Merseguer.  País y año: España, 2014.  Género: documental.


Hay una estampa conmovedora en nuestro imaginario popular que nos presenta a un payaso llorando en su camerino. El tipo que minutos antes desata un aluvión de carcajadas infantiles puede estar instantes después sumido en la más honda de las tristezas, y las lágrimas que se le escurren por sus mejillas limpian el maquillaje como si, en realidad, derritiesen la máscara del cómico para descubrir el verdadero rostro de la persona.

Muy similar es el ejercicio que plantea en su documental ‘El culo del mundo’ el televisivo Andreu Buenafuente, uno de los presentadores de programas de humor más populares de las últimas décadas, pero que sufrió un auténtico varapalo cuando hace dos años su formato habitual dejó de funcionar con ‘Buenas noches, Buenafuente’. Los mismos monólogos diseccionando la actualidad, las mismas entrevistas desenfadadas, los mismos actores de su productora dando vida a disparatados personajes ya no hacían la misma gracia que antes. ¿Qué había pasado?

Ahí arranca la reflexión que Buenafuente hace en primera persona ante las cámaras para este documental que subtitula “un viaje al corazón de la comedia”, con el que ‘celebra’ 30 años de carrera y por el que desfilan algunos de los profesionales que trabajan o han trabajado a su lado –Corbacho, David Fernández (más conocido por su eurovisivo ‘Chikilicuatre’), Jordi Évole, etc–, otros colegas de oficio como Leo Bassi, Gomaespuma, el Gran Wyoming o Santiago Segura, y Silvia Abril, con un papel destacado por ser compañera profesional y sentimental.

Pero, antes que nada, el cómico viaja a Argentina para descubrir “en el culo del mundo” a un espectador al que su programa sí le hacía gracia, pese a la enorme distancia geográfica, y reencontrarse también con el mentor, con su maestro. En la otra punta del planeta comienza Buenafuente a hacer esta suerte de arqueología de la risa.

Para los muy fans, el documental les descubrirá algunos rasgos de la personalidad del verdadero Buenafuente (el payaso sin maquillaje), pero para quienes simplemente acudan con la intención de ilustrarse sobre la compleja condición de la comedia, a buen seguro que se quedarán un tanto hartos de las excelencias del Buenafuente cómico, Buenafuente padre, Buenafuente compañero, Buenafuente pintor, Buenafuente para todo, y con las ganas de resolver los misterios que se planteaban acerca de porqué un cómico deja de hacer gracia o no es capaz de cambiar de registro.

Queda clara la necesidad del humor, todavía más en momentos difíciles para una persona o para una sociedad, como ocurre con la experiencia vital que atraviesa el propio Buenafuente (o el testimonio que ofrece la actriz Concha Velasco) o con el periodo de crisis en el que está sumida España desde hace más de un lustro.

El humor como una droga

La risa tiene un inexplicable potencial  terapéutico. Lo dice en la cinta Berto Romero; quizá se trata de algo mágico, sugestivo o químico (apunta a la descarga de endorfinas), pero después de hartarse a reír uno se siente mejor. “Es una droga”. Y en realidad esa es la principal virtud del documental: plantearnos a través de la figura de Andreu Buenafuente, que vive precisamente de hacernos reír, la dependencia hacia el humor que él mismo sufre y la dureza del síndrome de abstinencia cuando está lejos de las cámaras; y para ello indaga en su trabajo y en su vida –por ejemplo a través de la satisfacción que le supone provocar la risa en su hija de unos meses–.

No sabemos exactamente si este documental ha sido un intento de relanzar la marca Buenafuente, una justificación del artista después del tropiezo o una sincera reflexión que, como la risa tonta, no responde a ninguna lógica, pero al menos tiene un efecto revitalizante para quien la experimenta.

Con este documental estrenado en el Festival de Málaga, en los cines desde el día 11 de abril y ahora ya también en DVD o en Canal+, la productora del propio Buenafuente, El Terrat, demuestra su capacidad para retroalimentarse –su plantel de guionistas, actores y presentadores son una fuente inagotable de productos de muy diverso formato–, reciclando esta vez hasta sus propios fracasos y recomponiendo un documental de ochenta minutos a partir de los restos de un accidente. Lo hace apartando esta vez la carcajada a mandíbula batiente para dibujar una sonrisa más lacónica en el rostro tierno del payaso en su camerino: allí donde incluso asoma una lágrima.