Los tristes finales del sueño americano

Título: ‘Blue Jasmine’. • Director: Woody Allen.  Guión: Woody Allen.  Reparto: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, Peter Sarsgaard.  País y año: EEUU, 2013.


Los amantes de la comedia de Woody Allen estamos de enhorabuena: ‘Blue Jasmine’ es una película indiscutiblemente woodyalleniana (o como quieran que lo digamos), una readaptación de sus clásicos que incorpora componentes frescos que no siempre había logrado el neoyorquino al explotar una fórmula que a veces había dado síntomas de estar gastada.

Puestos a empezar destacando alguno de estos elementos, citemos por encima de todos la presencia, más bien omnipresencia, de Cate Blanchett, una suerte de alter ego femenino del habitual protagonista hipocondriaco de los míticos títulos del cineasta, pero con matices y cualidades todavía más intensos que logran un retrato tan divertido como trágico del personaje y, con él, de esta fábula que comienza cuando se desmoronan los castillos en el aire y el príncipe azul se ha quitado la vida entre rejas.

Porque vemos una fábula, un cuento con moraleja, una historia perfectamente adaptada a los tiempos que corren, con un planteamiento interesante y un arranque de comedia que sabe evolucionar hacia un trama más compleja, incluso agria, de elevada crítica social, que acaba con una conmoción para la que el cineasta no ofrece paños calientes.

Para conducir hasta ahí, la cinta avanza con paso firme con el constante juego de planos temporales entre lo que ocurrió y lo que está sucediendo ahora. Un encadenamiento de ‘flash back’ que, lejos de atascar continuamente la acción, logran marcar los tiempos de manera muy ágil y agradecida para el espectador.

Allen consigue así dibujar sin dividir en dos bloques rígidos el relato de una mujer de la jet set norteamericana, una ricachona casada con un empresario que luego resultará un especulador sin escrúpulos, un marido infiel y un farsante de los pies a la cabeza. Esto lo sabemos desde el principio, en que vemos a una arruinada Jasmine mudarse al piso de San Francisco de su hermana adoptiva, una mujer que no sólo no comparte la fortuna genética de aquella, sino que parece condenada a sufrir la compañía de hombres fracasados. Ambas son tan distintas como superficiales a su manera: la hermana pobre por simplona; la rica, o la que fue rica, porque no abandona nunca los brillos de su lujosa frivolidad.

Blanchett está estupenda en los dos registros de la película, cuando interpreta a la afortunada señora acomodada en el glamour de la sociedad de la Gran Manzana y cuando encarna al adefesio neurótico y venido a menos en que se ha convertido, obligada a compartir una casa excesivamente vulgar y a trabajar como secretaria de un dentista para ganarse el sustento. Lo que el espectador juzga con humor (nos divierte la caída de la pija) lo vive la protagonista con ansiedad, entre tragos de vodka y pastillas. Una y otra sensaciones las borda la actriz en varios primeros planos suficientemente elocuentes.

Hay continua crítica social en este personaje principal, y el modo en que a pesar de lo ocurrido busca reconstruir de nuevo su cuento de hadas, pero también en el resto de desenlaces, por ejemplo en el modo en que Allen condena a la hermana pobre a una felicidad tan ‘subprime’ como las famosas hipotecas. Podría haber explotado más el cineasta un personaje muy secundario, el hijo del matrimonio rico que rompe con todo, como una posible solución intermedia para esa inmensa humanidad menos superficial que aspira a algo más sin renunciar a su dignidad. Pero no se detiene Allen en este cuento a cantar heroicidades de ningún príncipe.

Magnífico es, por cierto, el martillazo que asesta a la historia el viejo director cuando todo parecía felizmente recompuesto y decide, en cambio, que vuelva a desmoronarse como un castillo de naipes. Geniales, también las patéticas dos últimas escenas que nos dejan un descorazonador sentido de esta existencia posterior a los felices años dos mil.

Queda un sabor agridulce al ver este despiadado ajuste de cuentas que el cineasta rubrica con su inconfundible firma sobre la gran pantalla en los últimos compases de la película: la protagonista hablando sola en un banco de la calle nos recuerda que el nombre del autor es Woody; las notas de jazz, que su apellido es Allen. Un tipo que todavía tiene muchas cosas que contar.