Brujas y magos españoles en la Edad de Oro

María Lara, novelista e historiadora, repasa en este artículo para Cultura EnGuada algunos de los nombres y hechos más famosos de la brujería en nuestro país, siguiendo el rastro de la historia y la literatura. En su libro ‘Brujas, magos e incrédulos en la España del Siglo de Oro’ investiga la huella de la hechicería en la Monarquía de los Austrias. De esta obra, que fue presentada hace unos días en Villanueva de la Torre, se han hecho eco BBC Mundo, el periódico brasileño O Globo, Radio Caracol, La 2 de TVE, la SER y, entre otros, Radio Exterior España.


En esta semana en la que, los disfraces y las máscaras pueblan las calles adornadas de calabazas, las brujas infunden al ciudadano una amalgama de sensaciones: de día, atracción, curiosidad, respeto...; de noche, cierto miedo o un interés desmedido por adentrarse en su mundo. Doblan las campanas, los cementerios se colman de flores y, en los lampadarios, las velas brillan por los que se fueron. También en Halloween  don Juan Tenorio y su casi suegro, Gonzalo de Ulloa, el convidado de piedra, nos recuerdan que el temerario y el cauteloso, el rico y el modesto, se encontrarán de igual manera al pie de la sepultura. Quizás, por una vez en el año, al acercarse el Día de los Difuntos, el ciudadano del siglo XXI toma conciencia de que nacer es empezar a morir, por lo que su irrenunciable cometido ha de ser amar la vida y disfrutarla, aunque este carpe diem sea formulado hoy, inexorablemente, en clave tecnológica.

Pero si volamos a la Guadalajara de los Mendoza, en los siglos XVI-XVIII la presencia de las hechiceras se hace extensiva a los 365 días del año y, así, en los expedientes inquisitoriales las hallamos caminando por tierras de Sigüenza, de Pareja, de Sacedón, de Jadraque …, y por las plazuelas de la propia capital, también en masculino, pues ahí está don Alonso, segundón de los condes de Coruña, profesor de Alcalá, canónigo de Toledo y “capellán” de Lucrecia de León, la vidente madrileña que presagió el desastre de la Armada Invencible.

En esta atmósfera de misterio, más allá del temible auto de fe de Logroño de 1610, el episodio de Zugarramurdi marcó un punto de inflexión en el tratamiento inquisitorial de lo esotérico, pues Alonso de Salazar y Frías, el teólogo al que se encomendó la supervisión de las aldeas  navarras cercanas a las grutas una vez apagada la hoguera, se desmarcó de la posición ortodoxa para abogar por las estrigas.

“No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se empezó a hablar y escribir de ellos”, aseveró el inquisidor razonante asustado ante la plaga que hacía delatar al que vivía puerta con puerta con el propósito de soslayar la excomunión. Y es que ni el brasero traía el fin de la superstición ni tampoco podía intentarse arrancar de las conciencias del Siglo de Oro el pensamiento espurio sin previo aviso de que, en el intento, saldrían enmarañadas buenas dosis de cristianismo.

En las décadas de la Contrarreforma, el Santo Oficio de la Inquisición, puesto en marcha en Castilla por Isabel y Fernando en 1478, vigilaba atentamente la pureza dogmática de toda manifestación pública y privada. La delación convertía lo más personal de un individuo, sus creencias, en asunto público, pasando a ser así habitual en una monarquía que presumía de ser la capitana del catolicismo.

La brujería en los clásicos

Rastreando a los clásicos hallamos elocuentes muestras de lo que podía ser el palpitar cotidiano del Siglo de Oro, con una masa de gente común aderezada por seres discordantes como el alocado Alonso Quijano y la alcahueta Celestina Duarte. Si repasamos los lotes que configuraron sus testamentos, percibimos la singularidad de sus últimas voluntades. El macilento caballero -que desfallece de melancolía por desajuste de los humores corporales según la medicina de la época, o de pesadumbre por la derrota ante el caballero de la Blanca Luna- reniega en el lecho de sus andanzas, azuzando a su sobrina Antonia a no desposar varón atrapado por el ensueño de Amadís. Por su parte, la hechicera enumera al escribano los bienes de la botica que heredarían sus discípulas Areúsa y Elicia: el “cofre encorado donde están los aparejos para bien y para daño”, el “pedazo de la tela que saca el niño del parto”, las “barbas de un descomulgado”, la culebra, el sapo, las orejas de mula, los sesos de asno, los ungüentos, las hierbas... Él, cuerdo tras la enajenación, admite su desengaño y busca el cielo. Ella, convencida de la eficacia de sus artimañas, se empeña camino del averno en que no quede yermo de logros su ajuar de aquelarres.

Y es que los reinos hispánicos no constituyeron una excepción en lo relativo a los episodios de brujería que salpican de extravagantes destellos toda la Europa moderna. En el ‘Tesoro de la lengua castellana o española’ (1611), Covarrubias incluye literalmente y, por cierto, con amplia extensión, las voces de bruxa y mago, mientras que la de hechicero/a la podemos ver glosada en el infinitivo hechizar: “cierto género de encantación, con que ligan a la persona hechizada, de modo que le pervierten el juicio, y le hacen querer lo que estando libre aborrecía. Esto se hace con pacto del demonio expreso, o tácito”. Desafortunadamente reproduce la mentalidad imperante que asociaba el pecado con la hembra: “Este vicio de hacer hechizos, aunque es común a hombres y mujeres, mas de ordinario se halla entre las mujeres, porque el demonio las halla más fáciles; o porque ellas de su naturaleza son insidiosamente vengativas, y también envidiosas unas de otras”.

En el tribunal de Toledo el proceso más antiguo por hechizos fue el de Juana Ruiz, anciana de Daimiel, cuya causa data de 1530. En el auto de fe celebrado en Zocodover el 9 de junio de 1591 abjuraron de levi los delitos de brujería las ancianas Olalla Sobrino, Catalina Mateo y Juana. En 1571 existió un activo núcleo hechiceril en Montilla (Córdoba) en torno a Leonor Rodríguez, conocida como La Camacha, compañera de la Cañizares y la Montiela en El coloquio de los perros. En Salamanca se amedrentaban ante a la Pastora, en Miraflores de la Sierra (Madrid) delataron en 1644 a María Manzanares y a Ana de Nieva, de 60 y 64 años, respectivamente, y al año siguiente, en la ciudad de villa y corte, fueron procesadas cuatro mujeres. En Cuenca sembraban el pánico las brujas de Tinajas.

No podemos dejar de mentar con cierta nostalgia al licenciado Torralba, el mago cervantino que vaticinó el saco de Roma por las tropas de Carlos V. Y qué decir de Isabel María Herráiz, la beata que supo granjearse la adoración de los fieles al convencerlos de que Cristo había consagrado su cuerpo para sellar una unión amorosa. Alzada a hombros de su séquito, se abría paso entre los cirios, sin que las Luces ilustradas fueran capaces de aportar un halo de racionalidad a aquella sociedad de reyes nuevos e hidalgos viejos.


María Lara es escritora, historiadora y profesora de Historia Moderna y Antropología y directora del máster en Seguridad, Defensa y Geostrategia de la Universidad a Distancia de Madrid (Udima). Con ‘El velo de la promesa’, que ya ha alcanzado la séptima edición, ganó el Premio de Novela Histórica Ciudad de Valeria. Este año ha publicado el ensayo ‘Brujas, magos e incrédulos en la España del Siglo de Oro’, editado por Aldeberán (2ª edición).

 

 

 

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