Aquel encierro que no vimos

El escritor Antonio Pérez Henares, encargado de dar el pregón este fin de semana a las celebraciones de San Roque de Sigüenza, recuerda unas fiestas de juventud en este texto literario facilitado por el Ayuntamiento de Sigüenza.


Viene uno, a los quince, a enamorarse

Y a seducir supuestas doncellas

 A los veinte. En honor de la Virgen

 Y los santos, suele quedarse todo

 Entre botellas.

 Los versos los escribí  cuando andaba por aquella segunda edad y están en mi primer libro, tan humilde él, y tan querido por mi, de “La piel de la tierra”. Dedicados a Sigüenza y a sus fiestas que fueron y son, aunque menos por las canas, las mías, porque uno es de la comarca, natural de Bujalaro y sus padres se casaron, como Dios manda, en una capilla, la de San Pedro, de la catedral.

 Hoy al pedirme una líneas se me ha escapado la memoria hacia atrás y he preferido  revivir aquellas que un día escribí y que hoy al releer me traen la melancolía y el recuerdo de aquella juventud. Y con ella la imagen de aquella muchacha, de aquel amor efímero y hermoso, perdido por las sendas de la vida, a la que jamás reencontré tras aquellos días y que quizás por ello  permanece hoy, joven, sonriente y hermoso y cuyo olor y calor sube hasta mi mente como la caricia de una calida llama que aún arde por algún rincón del corazón.

“Sigüenza-escribí entonces y escribo ahora-es, esta semana, ciudad abierta y pecadora. Se olvida de piedras, historias y sotanas y se va a la calle, a beber, cantar y no dormir. Sigüenza es estos días ciudad de tentaciones, que por si fuera poco se pasean impunemente por las calles. Es más, ante el general regocijo.

Esta tarde los peñistas han intercambiado uniformes en señal de hermandad y no hay quien sepa a que cuadrilla pertenece cada cual El atardecer ha llegado deslizándose por entre las piedras rojizas de la catedral y silueteando el castillo. La noche nos sorprende alrededor de una charanga y planea la oscuridad sin atreverse a caer sobre nuestras cabezas.

La noche serán horas densas de recorrer peña a peña, de encontrar amigos entre vino, música y parejas abrazadas. Y en la noche de Sigüenza tus ojos me acecharon entre el ruido, sorprendiéndome, cazándome a medio salto, queriéndome, mujer Te recuerdo ahora como una carne tibio cuando el amanecer ponía banderillas frías al día, como una presión amiga sobre mi mamo haciendo añicos soledades, como una parte de las horas en la Fuente del Abanico, adormecidos, muriéndonos de sueño en cada caricia, agotándonos en cada beso, amándonos despacio, cansados.

Te quise mujer, desde las tres y media de una noche hasta las siete de la mañana del último día. Nos amamos por todas las calles, nos abrazamos en el Castillo y en la Alameda, nos besamos entre las canciones, apuramos hora a hora y finalmente, en uno de los días de encierro, nos dormimos sobre la alfalfa de encima de la carretera por donde pasamos aquellos toros que no vimos”

Eso escribí ahora hace mas de  treinta años y escribo hoy. Y podría rematar para acentuar la nostalgia que no me acuerdo de su nombre. Pero resulta que sí, que lo recuerdo, aunque no pienso decirlo. Y que tenía los ojos verdes. Sí, verdes como una esmeralda.