¿Quién-es-ese-hoooombreeeee?

Titulo: La delicadeza. • Título original:La Délicatesse    País y año: Francia, 2011    Género: comedia romántica    Dirección: David Foenkinos y Stéphane Foenkinos.    Reparto: Audrey Tautou, François Damiens, Bruno Todeschini, Mélanie Bernier, Joséphine de Meaux, Pio Marmaï, Monique Chaumette, Marc Citti, Alexandre Pavloff, Vittoria Scognamiglio.


El cine galo viene dándonos en los últimos tiempos una serie de películas que retratan, no sin cierta sequedad –a pesar de llegar disfrazadas de comedias costumbristas– ciertos aspectos o ¿realidades? que atenazan a un núcleo grupal concreto en el que afloran conflictos de toda índole, principalmente generacionales –el paso de la juventud a la madurez, afrontar la edad y el paso de los años–, laborales –el paro, los bajos salarios–, sentimentales –los conflictos de pareja, los problemas de comunicación con los hijos– e incluso íntimamente existenciales, donde los propios protagonistas a veces llegan a plantearse si su vida ha tenido sentido o no, o si quiera si han logrado aunque sólo sea rozar las metas que se propusieron de críos: Potiche, mujeres al poder (François Ozon, 2010) –protagonizada por una recuperada y vitalista Catherine Deneuve– y, sobre todo, Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet, 2010) son sus más claros y cercanos ejemplos.

Más cercana generacionalmente a esta última, pero como viniendo a completar una accidental trilogía, se estrena ahora en nuestras pantallas La delicadeza, basada en una novela de David Foenkinos quien, junto con su hermano Stéphane, dirige su propia adaptación a la gran pantalla, y que protagoniza, en todo su esplendor, la musa francesa de comienzos de siglo, Audrey Tautou, acompañada en esta ocasión por el conocido –en su país– actor cómico François Damiens… del que ya hablaremos largo y tendido más adelante.

Y es que cuando Nathalie (Tautou) conoce a François (Pio Marmaï), forman una pareja perfecta: son jóvenes, guapos, llenos de vitalidad y con innumerables sueños por conseguir. Todo eso se trunca abruptamente –no diremos porqué–, y ella se refugia en su aséptica vida laboral. Así transcurren los años… hasta que un día en el camino de Nathalie se cruza Markus (Damiens), un sueco enorme, introvertido y poco agraciado que trabaja en su misma oficina. Y a partir de aquí…

Si algo se le puede agradecer a La delicadeza –la película; desconocía hasta ahora la obra literaria– son, principalmente, dos cosas. Bueno, quizá tres. La primera de ellas es que durante los primeros treinta minutos de metraje, volvemos a tener esa sensación de que otra vez estamos viendo otro de esos idealizados caramelitos románticos en los que todo es felicidad, amor y alegría… la ruptura tanto en el tono formal como narrativo que se produce transcurrido el primer tercio de la cinta da pie a un futuro imprevisible de nuestros personajes. Bien.

Segundo: a partir de este punto de quiebra, Audrey Tautou consigue desprenderse de ese aura de Amélie que parece perseguirle en casi todos sus trabajos desde que en 2001 Jean-Pierre Jeunet le regalara tan memorable personaje –habrá sido una losa, sí, pero a él le debe su popularidad–, y consigue que nos olvidemos de la risueña parisina para ver otro tipo de registro, más adulto, más maduro, y bien elaborado. Bien también.

Y por último: La delicadeza podría haber sido otra agridulce tragicomedia romántica más del montón de no ser por la aparición del tal François Damiens, que hace de Markus todo un personaje: torpe, bonachón, callado, timorato, un osito de peluche que produce en el espectador todo un torrente de sensaciones, desde la risa –su reacción al salir del despacho de Nathalie la primera vez que ella le besa no tiene desperdicio– hasta la compasión –cuando Nathalie abre su regalo–, haciéndolo no sólo creíble, sino que se adueña de cada escena en la que aparece ganándose al respetable.

La delicadeza no pretende ser más que lo que es: un relato agradable, quizá a veces algo edulcorado, sobre cómo salir adelante, sentimental y profesionalmente, a pesar de los dramas y dificultades de la vida. Vale que algunos elementos están muy trillados y podían haberse evitado –el personaje del jefe que quiere liarse con su empleada–, y que apenas hay originalidad en su puesta en escena –donde contrastan muebles, escenarios y coches con aire setentero y ochentero con ordernadores, internet y teléfonos móviles–, pero al menos no cae en los arquetipos tontorrones e inverosímiles a los que nos suele tener acostumbrado este mismo género al otro lado del Atlántico.

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