El discreto encanto de Leo Caldas

Título: ‘Ojos de agua’. • Autor: Domingo Villar. • Editorial: Siruela. • Año: 2006. • Páginas: 187.


Domingo Villar lleva ya dieciséis ediciones (si no he perdido la cuenta) de su novela ‘Ojos de agua’, una narración más bien breve con la que ha inaugurado una serie protagonizada por un agente de andar por casa, Leo Caldas, que adapta la clásica figura del policía de vida fracasada norteamericano en versión taberna gallega y que sitúa los escenarios de los crímenes y las investigaciones en los paisajes de la Galicia de este escritor vigués. Su siguiente novela, ‘La playa de los ahogados’, sigue esta estela y no va a la zaga en ventas, también con más de una docena de ediciones.

Con esta aureola de descubrimiento literario y recomendación de librero mediante, llegó a la butaca de lecturas ‘Ojos de agua’.

Resulta original la propuesta del joven escritor gallego, pero tras la lectura sigo sin entender si hay suficientes razones para tan explosiva irrupción en el panorama editorial, donde en los últimos tiempos en España han reinado los agentes de la Guardia Civil de Lorenzo Silva, en parte gracias a las fenómenales dos primeras novelas de su serie. Tiene Villar en este libro algunos planteamientos originales, como el inicio de los capítulos con definiciones de palabras de diccionario en sus diferentes acepciones, así como la situación de los hechos en escenarios tan prosaicos como la ciudad de Vigo y sus alrededores o el oficio para enganchar al lector hasta la última página.

A toda novela policiaca se le presupone la intriga, porque si no será cualquier cosa menos policiaca. La hay en ‘Ojos de agua’, que arranca con un caso de asesinato de un saxofonista homosexual mediante un inusual procedimiento; presenta, a continuación, a la pareja de investigadores: un policía veterano de perfil bajo, paciente, melancólico y meditabundo, al que todos conocen por su aparición habitual en un programa de radio, y un joven e impetuoso grumete del cuerpo recién llegado de Aragón que asume el contrapunto humorístico. Así, la pareja protagonista la acaban conformando un policía excesivamente normal para la literatura y un compañero excesivamente anormal para el realismo prentedido por el género.

No se da cuenta Villar, seguramente, de que saca siempre a este personaje secundario de la escena, como si fuese más un bufón que un policía, y que esta comparsa cómica no tiene ninguna credibilidad en la historia. Por no hablar del modo en que ahora un gallego devuelve la tradicional humillación castellana a los de su pueblo con esta explotación zafia del arquetipo aragonés.

Lo que en realidad hace singulares y dignos de mayor mención a los guiones escritos por Alfred Hitchcock o los clásicos de Agatha Christie (por citar dos colosos del género) no son sólo el suspense y la desazón que en el espectador y el lector provoca el enigma sobre el asesino o, en otros casos, el tortuoso camino recorrido por el investigador para dar con aquél. Lo que, a mi juicio, marca la diferencia en una obra policiaca es el retrato psicológico de sus protagonistas (que aquí no dan la talla) y los requiebros del argumento.

La trama

También la trama queda más perfilada que acabada. El lector se presenta a falta de medio centenar de páginas con la seguridad de que la versión de los hechos que se ha ido recreando no será la definitiva: rechina hasta el estruendo la pasmosa sencillez con la que el agente protagonista (su compañero está fuera de onda) ha obrado para obtener la resolución del caso. Así que no sorprende cuando, de pronto, se precipita el vuelco argumental. Y el lector lo celebra y disfruta el ágil y alternativo desenlace. El problema radica en que, cuando alcanza el punto y final y recompone lo que acaba de leer, no resulta convicente: ni el móvil del asesinato, ni el procedimiento utilizado ni tampoco los comportamientos de muchos de los personajes antes y después de este cambio de sentido.

[Una muestra para quien ya haya leído el libro (absténgase quien vaya a hacerlo): la actitud del doctor acusado inicialmente era coherente como acusado, pero sus reacciones no lo son después de saber que más bien es una víctima de los hechos. Nadie en su caso habría asistido, por ejemplo, al entierro de su joven amante, por más amor que le profesara en secreto, porque no hacía sino situarse en el centro de un huracán del que posteriormente parecía querer huír].

De modo que sí, que todo encaja, pero a costa de resultar forzado, mientras que los componentes más originales de la novela (los personajes principales y la galleguización de los escenarios) no aportan nada excesivamente deslumbrante. No hay duda de que Domingo Villar nos entretiene, pero seguimos sin saber por qué su novela (y no tantas otras) se ha convertido en un discreto pero nada desdeñable fenómeno literario.