Crónica negra de Cádiz, 1812

‘El asedio’. • Arturo Pérez-Reverte.  Alianza Editorial.  Editorial Alfaguara.  Año: 2011.  730 páginas.


Me he enfrentado a la novela ‘El asedio’ con el reciente y buen recuerdo que me dejó el fresco histórico de ‘Un día de cólera’ (sobre el 2 de mayo) y, a la vez, el recelo de algo así como una segunda parte o de una novela por encargo aprovechando que el Pisuerga –llamémoslo el bicentenario de La Pepa– pasaba esta vez por Cádiz. Acabada la lectura, es momento para juicios en vez de prejuicios y confieso que me ha dejado la enorme satisfacción que queda siempre tras abordar un novelón de más de 700 páginas con un cierre brutal para las dos historias principales. Pérez-Reverte no se cuenta entre mis escritores imprescindibles, pero lo cierto es que en los últimos tiempos me viene dando gratas sorpresas.

El asedio de Cádiz por los franceses, que da título a la novela, sitúa precisamente el momento y el lugar de una serie de acciones que tienen puntos de partida muy alejados y que Reverte conduce con maestría, hasta hacer confluir personajes y circunstancias en dos ejes principales: una historia de amor nada ortodoxa y un relato negro que mezcla investigación, tortura y acción. Sin entrar en la fidelidad histórica, imposible de juzgar sin mayores conocimientos, no se puede discutir la capacidad del escritor para recrear la ciudad sitiada, con sus muchos y diferentes ambientes y rincones.

No estamos ante ‘Los Miserables’ de Víctor Hugo, qué duda cabe, pero el escritor cartagenero deja un regusto sabrosísimo con este cóctel que lleva su sello inconfundible: personajes muy bien dibujados (esos antihéroes embrutecidos por el código genético de la españolidad) y una literatura bien escrita, pero sin adornos y siempre al servicio de una narrativa ágil que apenas se atasca en el ecuador del libro, justo antes de que una catarata de hechos desencadenen con el rigor de una maquinaria de relojería el clímax de las pequeñas historias de las que está hecha la Historia.

Añadimos una pequeña objeción: se atragantan algunas morcillas metafísicas que resultan forzadas, que restan fluidez al relato y que no añaden demasiada pintura al retrato de los personajes, cuyas acciones hablan mejor de sí mismos que estos soliloquios.

No ganan aquí ni los franceses ni los españoles: no caben en el discurso de Pérez-Reverte ni las luces de la ciencia ni las leyes de los parlamentos, porque la suya es una visión casi siempre desesperanzadora y pesimista de la existencia, donde el antihéroe sobrevive buscándose la vida como buenamente puede. Aunque en el libro haya unas pinceladas de rigor sobre los acontecimientos bélicos del momento o sobre las Cortes de los ilustres diputados que alumbraron la Constitución, lo que el ‘escritor de batallas’ –parafraseando su logradísima ‘El pintor de Batallas’– nos presenta es una novela histórica y desmitificadora que habla, entre las murallas de un asedio, de un hecho universal que sobrevuela por ello mismo todas las fronteras: la despiadada condición humana.