Más opereta que tragedia

Título y título original: 'Anna Karenina'. • Director: Joe Wright. Guión: Tom Stoppard, basado en la obra de León Tolstói. Género: Drama, romance. País y año: Francia-Reino Unido, 2012. Actores: Jude Law, Keira Knightley, Kelly Macdonald, Aaron Johnson.


En el amor, como en el baile, existen unas reglas. Y no todos los bailes admiten un cambio de pareja. ¿Qué hay que hacer si las normas lo censuran? Se puede seguir bailando, fingir y tomar a los demás por unos meros figurantes, tal vez maniquíes que forman parte del decorado, pero habrá que atenerse a las consecuencias. O se  puede dar un portazo a las pasiones y convertirse en un figurante más, que es otra forma de seguir fingiendo.

Anna Karenina, como Emma Bobary, encarna la condena de la mujer (víctima por tanto) en una sociedad corrompida de hipocresía moral que la condena, sin embargo, por sus comportamientos. Ella cree que puede seguir bailando como si no pasara nada. Pero sí que pasa, porque todas las miradas se vuelven hacia ella, escandalizadas y acusadoras. La película de Joe Wright basada en la clásica obra de Leon Tolstói pretende ser fiel a este mensaje y ahonda con acierto en la descripción de una sociedad decadente, la aristocracia rusa que acabaría por venirse abajo con las revoluciones de 1917.

El asunto va de decorados y el director lo deja claro desde las primeras escenas. Convierte la película en un escenario teatral, donde todos actúan entre música de cámara, lámparas de araña y destellos de alta sociedad. Entre bastidores, en cambio, la maquinaria que permite que el espectáculo continúe está tremendamente oxidada. Es la moral, aquello que no se ve pero que tampoco siempre se logra esconder, la que falla. Es el sistema el que se resquebraja. Es la revolución la que queda sugerida en el horizonte. Un mensaje está de plena actualidad.

Excesos en las formas

Sin embargo, la forma en que lo cuenta el director que saltó a la fama con otra adaptación, 'Orgullo y prejuicio' de Jane Austen, lleva la grandeza de Tolstói a una grandilocuencia que sobrecarga al espectador: hay demasiadas metáforas para subrayar lo obvio, demasiados minutos mareando la perdiz en la historia principal -que por momentos aparece como la típica teleserie basada en un novelón-, muchos alardes técnicos que se comen la narración y sobreabundancia de artificios extravagantes en la puesta de escena (uno no acaba de saber qué episodios ocurren en un escenario teatral o en la vida misma). El mensaje es que todo cuanto vemos es un decorado de cartón piedra. Pero el espectador no es tan iluso y sabe perfectamente lo que está viendo, no hace falta que se le saque de la película una y otra vez para recordárselo.

Está mejor logrado el dibujo de los personajes, gracias en parte al plantel actoral y unos diálogos sensacionales. Apenas rechina algún cambio de humor mal entendido en el personaje del marido de Anna. El matrimonio roto entre Jude Low y Keira Knightely funciona dramáticamente mucho mejor que el romance con el joven encarnado por Johnson. La actriz pareciera recién llegada del San Petesburgo de hace más de cien años y desborda erotismo en la primera parte de la cinta, aunque toda tensión -también esta- decae con el paso de los minutos. El mejor logro de la puesta en escena radica en que el espectador se identifica con los todos los personajes del triángulo dramático: haría lo mismo que Ana; también, probablemente, lo mismo que su amante; y, por supuesto, lo mismo que el marido. La culpa no es de ellos, sino de las reglas del baile.

En segundo plano

Por contrase, resulta notable la historia que queda en un segundo plano y que realmente insufla cierta esperanza, aunque matizada, en el mundo de miseria moral. Emociona mucho más esta historia de amor que menos peso tiene la pantalla.

Dos apuntes más: la manía de los últimos tiempos de contar en más de dos horas una película a la que le bastaban metrajes tradicionales resulta injustificada si no es por el alto precio que tienen las entradas a las salas. Imperdonable, además, que en una conversación a través de dados con letras de dos personajes la formación de las palabras sea en inglés cuando estamos asistiendo a una historia repleta de Alexis y Dimistris.

En definitiva, cabría esperar más de una adaptación de un clásico, aunque últimamente el cine anglosajón hace con excesiva ligereza las versiones para la gran pantalla de autores tan sagrados como Víctor Hugo, Tolstoi y no digamos ya los Hermanos Grimm. La película despliega un baile de vestuarios de época, música de ópera y una historia de amor más trágica que dulce que gustará a los amantes del género. Aunque se puede contar lo mismo recortando media hora, el resultado es aceptable sin demasiadas exigencias. Lo mejor del relato, los minutos de apertura con los planos secuencia, cuando los artificios todavía tienen todo su sentido, y el cierre: en algo se tenía que notar la mano del santón ruso.