Loquillo y los chicos de barrio

Durante casi dos horas, el veterano cantante barcelonés repasó sus grandes éxitos y algunos temas de su último trabajo en un  espléndido y muy guitarrero concierto de Ferias con dos tercios de entrada en la Fuente de la Niña de Guadalajara.


El rock’n’roll es actitud y Loquillo anda sobrado. Ahora que hasta a los hipsters les da por reivindicar que fueron chicos de barrio, el chuleta de Barcelona sigue sobre los escenarios, después de 35 años de rodadas en el asfalto, rindiendo cada noche tributo a los chavales de barrio de toda la vida, aquellos que miraban el futuro a través del cristal ámbar de la litrona, que vivían colgados de esa ilusión en la que tenían cadillacs con rubias en el asiento de atrás. El rock era mucho más que música: una forma de estar en el mundo. Y la pose, que acaso fuese impostada, era el primer aviso de que serían estrellas rutilantes. Ahora las muecas son ironías del destino y pruebas de autenticidad.

Loquillo plantó sus dos metros de majestad rockera el sábado en el escenario de Ferias, con un aforo cubierto en dos tercios del estadio. Ofreció un brindis de tequila para empazar (“¡salud y rock’n’roll!”) y concedió casi dos horas de música en directo con sabor clásico, formato muy guitarrero y generosidad con su público, repasando prácticamente todos sus éxitos. Ante todo, un profesional.

Había más chupas de cuero que uniformes de peñista sobre el césped de la Fuente de la Niña cuando se apagaron las luces y la banda saltó al escenario para arrancar los afilados acordes del single con que Loquillo está presentado su último trabajo. “Salud y rock’n’roll tengamos todos”, fue lo primero que salió de su boca en una noche en la que se ahorró los discursos (hubo uno claro y conciso: “desde Barcelona, un catalán que piensa que es mejor sumar que restar”) y se entregó a la música hasta vaciarse en el desgarrador grito de “nena” de la mítica ‘Cadillac solitario’, con la que cerró.

Las tres primeras canciones fueron cartas de presentación de este hombre de muchos nombres, cuero negro y cicatrices. Las guitarras acometieron con dentelladas feroces al público en ‘El mundo necesita hombres objeto’, con un final muy setentero, y continuó con un tramo más de audición que festivo que el público atendió sin exaltaciones (algunas palmas en alto en ‘Planeta rock’). Pasaron la reivindicativa ‘La España que perdimos’ y ‘Ponte negro’ y Loquillo se cambió precisamente del riguroso negro de chaqueta a la cazadora de cuero con hombreras de color para ‘cruzar el paraíso’. Tiró de acordeón y aires 'tex mex' para interpretar ‘Viento del este’ –que da nombre al último álbum– y al fin dio el primer gran golpe: ‘El rompeolas’ llegó pausado, entre caladas profundas a un cigarrillo.

El show estaba lanzado. Loquillo dio un paso atrás para dar todo el protagonismo a la banda en ‘Memoria de jóvenes airados’. La apuesta para esta gira pasa por las cuerdas, con tres guitarras y ausencia de saxo. Los músicos se marcaron una ejecución impecable durante toda la velada. En ‘Carne para Linda’ el Loco bajó al foso a cantar y en ‘La mataré’, otro de sus éxitos trogloditas, se aplicó la autocensura al ahorrarse el verso más polémico (“solo quiero matarla”). Quedó lo esencial: el tema contundente, atrevido, de alto voltaje.

Fotos: E.C.

La noche se precipitaba cuesta abajo y sin frenos, y llegó uno de los momentos memorables de la cita con ‘Ritmo del garaje’ –siempre los chicos de barrio–, que el público cantó entregado. Cayeron ‘Rock’n’roll actitud’, la nostálgica y elegante ‘En el final de los días’ y ‘Rusty’ –con Loquillo más bailongo: las ganas de interpretar temas de refresco– para dar paso al tramo ‘rockabilly’, con contrabajo incluido. Temas simplones como ‘Quiero un camión’ a los que la banda les extrajo la sustancia del rock más clásico para estirarlos en honor a la fiesta. La ñoña ‘Esto no es Hawai’ acabó convertida en todo un homenaje a los padres del rock.

Por entonces la formación de los seis músicos al completo estaba sobre el escenario arropando al veterano vocalista, que tiró de la arrogancia marca de la casa: “Guadalajara quiere una banda de rock’n’roll y somos nosotros”. Fue una de sus pocas licencias al margen de la letra de las canciones y su pronunciamiento contra la independencia catalana.

Loquillo sirvió el concierto de un tirón, sin bises. Reservó para la apoteosis ‘Feo, fuerte y formal’ –el himno imprescindible de los chicos de barrio convertidos en tíos hechos y derechos, que necesitan justificarse– y ‘Rock’n’roll star’, celebradísima por el público. Habían pasado una hora y tres cuartos. Y al final del túnel del rock había una luz. Loquillo miró al horizonte. Eran luces de ciudad, destellos de otros días. El público cantó ‘Cadillac solitario’ y el cantante barcelonés se marcó un final desgarrador.

El rock’n’roll es actitud: casi dos horas de concierto, más de 20 temas en vivo, una banda impecable e implacable y un profesional vaciándose hasta la última gota sobre el escenario. Con los ecos del último grito del Loco los músicos se despidieron. Sonaba el ‘Heroes’ de Bowie para decirnos, por si acaso no había quedado claro, que los chicos de barrio también podemos ser héroes.