Juan Perro: corazón tan negro

Con su ‘Casa en el aire’ Juan Perro resucitó a sus maestros musicales e invitó a un viaje sonoro sin fronteras que bebió del blues, el rock, el son cubano y el mediterráneo. • El Buero Vallejo reunió a 600 seguidores que, en pie, aplaudieron al trovador, que en más de dos horas repasó canciones de toda su discografía y alguna pieza inédita.


Dice que Guadalajara siempre le ha dejado buenas sensaciones y con ese aire de anfitrión, Juan Perro invitó al personal a entrar a su casa, su casa en el aire, una casita que acerca orillas y no entiende de fronteras. En una canción, parece estar al lado del Mississipi, en Nueva Orleans; en otra, en pleno malecón de La Habana. Es la filosofía que defiende: que el mestizaje enriquece la música y que hay que volver a las raíces, a la madre, sin prejuicios.

El Perro está en su salón junto a su amigo, el magnífico Joan Vinyals a la guitarra, ese ‘demoni’ del Barrio de Graçia que es demoníacamente bueno. Juntos invitaron a un viaje sonoro enriquecido con matices en un Buero Vallejo donde se sentaron unos 600 espectadores, fieles seguidores de la carrera de Auserón, un “músico exmoderno”, se llamó, que lleva el rock and roll en la sangre aunque a sus 60 años –los cumplirá en julio- se haya convertido además en un trovador y un poeta, un atrayente contador de historias, pequeños relatos, monólogos de cuento, con los que envuelve las presentaciones de las canciones. Poco más de una veintena que este filósofo, de refinado lenguaje y magnífica ironía, desgranó en más de dos horas de actuación. Embarcó con ‘Río Negro’, de su último disco, y acabó con el ‘Perro flaco’, el primer éxito con el que presentó, empezados los 90, a su alter ego, Juan Perro, nueva identidad tras Radio Futura.

Y entre ríos y flaquezas, Auserón sacó el álbum de fotos guardado en su memoria y con “conciencia perruna” fue musicando recuerdos y resucitando a sus maestros: aquellas noches en Malasaña con Joe Strummer, voz y guitarra de los Clash; a su abuela –‘Quita de ahí, poco talento’-, aquella habitación de pintura decadente donde se encontró con Compay Segundo y el momento en que le reveló los ritmos que más tarde intentó extrapolar a su rock and roll –‘Carro’- o su encuentro celestial con Louis Amstrong en Nueva Orleans un día que amenazaba tormenta y terminó componiendo ‘Pies en el barrro’. Aromas sonoros que se movían en el terreno de la improvisación, la delicadeza y el detalle. Los buenos perfumes se guardan en envases pequeños. 

Juan Perro cantó, narró y aulló como un perro blues mientras demostraba lo que ha aprendido de sus mitos personales. Con su voz llena de matices dejó que entrara el aire fresco por la ventana hasta que llegó ‘Dolores’, esa canción bailona que arrancó ‘bravos’ y que fundió con la preciosa ‘No más lágrimas’, que cantó a capella –apenas un leve guitarreo de Vinyals de fondo- y pegado al foso. Navegó por el recuerdo adolescente, que “es luz pura, una luz que fosforece en el mismo hueso”, rememoró al Guayabero con “la cabeza en las nubes” e ironizó con ‘La nave estelar’, homenaje al fundador del ‘megastore’ Virgin, pieza que Vinyals finiquitó con un impresionante solo que terminaron arrodillados los dos.

La perla oscura, la reina zulú hilaron el desenlace de una actuación íntima y acústica, digerida con gusto y tranquilidad. Pero los aplausos no cesaron y Perro y Vinyals salieron de nuevo para rendir homenaje a La Zarabanda, proyecto musical paralelo, “síntesis reposada” de la búsqueda musical de Juan Perro a lo largo de 20 años. Y regresó a sus orígenes con la interpretación del ‘perro flaco’, el himno de un juglar-trovador, de corazón negro e imborrable huella sonora.

Fotos: E.C.