Flotando en la estratosfera

Cerca de 400 espectadores asistieron al concierto que en la noche del viernes ofreció el cantante vigués Iván Ferreiro en el Buero Vallejo. • Dos horas largas de actuación donde repasó su último trabajo, sus hits con Piratas y buena parte del álbum 'Canciones para el tiempo y la distancia'.


La historia del mundo se puede explicar en un puñado de canciones pop, atmosféricas, hirientes y, a ratos, luminosas. Ivan Ferreiro lo ha entendido así en su último disco, una cronología de un mundo muy particular, que sale de su corazón y su piano y se enriquece con la banda que le acompaña en directo. La crítica dice que estamos ante la obra más feliz que ha parido el gallego, pero lo que sí ha ganado es en instrumentalización.

Junto a Amaro, su hermano; el bajista y productor de su nuevo álbum, Ricky Falkner -siempre en segundo plano pero enriquecedor-; el guitarrista Emilio Sáiz -carismático en sus movimientos-, el batería (incombustible, hasta el final) Xavi Molero y el teclista vigués Pablo Novoa (exGolpes Bajos y habitual de Mastretta o Josele Santiago) conforman un planeta perfecto, un universo de sonidos persistentes, repetitivos, bonitos y magnéticos. Ivan es un creador de atmósferas, de sensaciones musicales y eso sí, casi siempre teñidas de historias de amor o desamor. 

Su concierto de este viernes en Guadalajara arrancó pasadas las ocho y media, con el sonido reconocible de la Metro Golden Meyer... ¿nos hemos equivocado de película?, se oía decir desde las primeras filas. No. Lo que se vio durante las dos horas siguientes fue el celuloide musical y personal de Ferreiro, con voz rasgada, algún desafine y poses varias. Mucho de su último álbum, hits de Piratas -porque en cierta forma, no ha perdido parte de aquel sonido-, versiones y buena parte de 'Canciones para el tiempo y la distancia'.

El encuentro -con veinteañeros, treintañeros y alguna excepción que superaba la media- arrancó con la inesperada 'Turnedo', madrugadora pero igualmente preciosa, y siguió con la versión de Julio Iglesias 'Abrázame' -"él, con 80 palos, está mejor que yo", dijo antes de beber un trago de agua-. Dos canciones con las que tomó perspectiva antes de volar hacia su último universo sonoro 'Val Miñor- Madrid'.

Esta autobiografía fue seguida por cerca de 400 fans -escasos, para un patio de butacas de 1.000, habría estado mucho mejor en el Espacio Tyce- pero entregados desde el principio. Por eso, el artista pidió romper el protocolo. Quien quisiera, quien lo necesitara, se podía levantar o bien sólo de sus butacas, o dirigirse hasta el foso. Ferreiro necesitaba calor para ir desgranando su alma. Desde El Bosón de Higgs -cambiando los violines por parapapás- a 'Pandelirios', sin olvidar las poperas y bailables 'Pájaro azul' -"levantaos joder!", insistió Ferreiro-, 'Bambi Ramone', 'Alien versus predator', el recuerdo de 'Inerte' o el single 'Como conocí a vuestra madre', que supuso la explosión y el fin de la primera parte.

Se fue para volver y volver de nuevo para entregar el momento íntimo de la noche. Ferreiro -vestido de traje y corbata- y su piano solamente, deleitó entonces con la estremecedora y triste 'Espectáculo' y, siendo generoso después, con tres versiones -pese a que dio a elegir entre una de ellas-: 'Leñador y la mujer américa', de Zahara; 'Tierra', de Xoel López y 'Vidas cruzadas', de Quique González. Tecleó 'Promesas' que acabó con todo el público coreando 'Insurrección', de El Último de la Fila, y recuperó a la banda con la fantástica 'El equilibrio es imposible', de Piratas.

En este cuento también hubo momentos de hibernación ('Una inquietud persigue mi alma' o la contundente 'Solaris') y espacio para los tiempos más lentos de su disco ('El fin de la eternidad'). Ferreiro aderezó, midió, fue, vino, empezó leve y terminó dormilón, como quería el público; furiosamente paranoico, levitando a golpe de noise rock, dejándose arrastrar y todos con él.