Rock’n’roll sin medida

Revólver repasa todos sus éxitos con un concierto subido de decibelios que congregó a medio millar de espectadores en el Tyce, entregados con palmas y coros. • Goñi brindó dos horas de conciertos con dos bises y un total de 16 canciones, la última una prolongadísima versión de ‘Eldorado’.


Carlos Goñi es a estas alturas un rockero de etiqueta, un profesional cumplidor que llega puntual a la cita, que clava las dos horas de concierto y de cuya entrega no queda ninguna duda al final de la sesión. Vestido con americana, un tanto cabizbajo porque hacía unas horas que había muerto su perro (al que dedicó el concierto), en la noche del sábado se vació sobre el escenario del Tyce. No hubo sorpresas, fue incluso previsible, pero fue tal entrega mutua entre los músicos y el público, que el directo se convirtió en una celebración en toda regla de la alianza entre los unos y el otro. Un directo puro y duro, muy duro.

Saltó a las tablas con ‘Tú y yo’ y, salvando esta apertura generosa en guitarreos y solos de armónica, siguió casi el guión del disco que venía a presentar, el directo ‘Enjoy’: de la segunda, ‘Mestizo’, dijo que su letra seguía teniendo una “vigencia horrorosa” a pesar de los tres lustros transcurridos desde que la compuso, y para su gran éxito ‘Malvarrosa affaire’ reservó un doble solo de guitarra, uno más breve para abrir y otro más prolongado para rematar. El rosario de éxitos subidos todos de tono no había hecho más que comenzar: siguió con ‘El roce de tu piel’, introducida por unos golpes secos de batería y coreada de principio a fin por el público.

Las cartas estaban boca arriba. Esta vez no habría ni pianos ni guitarras acústicas. Ahí estaba Goñi, un señor de 52 tacos vestido todo de negro, con una afectada pose de rockero dispuesto a interpretar el papel hasta que no quedase ningún estribillo obligado por cantar. Pero antes de seguir por la senda más frenética, ofreció un tramo más pausado con la springsteeniana ‘Donde está el final’ y con ‘Tiempo pequeño’, que estuvo precedida de un largo soliloquio sobre las víctimas de la crisis: “Los culpables somos nosotros”, aseguró: “No basta con coger un papelito y meterlo en la urna. El compromiso debería ser mayor”, reivindicó el cantante, desencadenando el aplauso aprobatorio del público. Por eso dedicó la canción, que inició con unos acordes de armónica, a toda esa gente “que se ha llevado por delante este tsunami”.

Mantuvo la banda este tono más contenido, aunque siempre enchufado, con la intimista ‘El mismo hombre’ y la muy conocida ‘El peligro’, otro de los estribillos más coreados por el respetable. Y, ahora sí, los decibelios volvieron a adueñarse de la sala: ‘Si no hubiera que correr’ sirvió para tomar carrerilla para los temas más enérgicos, casi siempre siguiendo el guión del disco grabado en febrero en la madrileña sala Joy Slava: fue el turno de ‘Es lo que hay’, una revisión endurecida de ese ‘Odio’ repleto de manías inconfesables y la obligada ‘San Pedro’.

Quedaban los bises, despachados en dos bloques de dos canciones cada uno. En el primero, regresaron los músicos entre los duros acordes de ‘Dos por dos’ –en el disco, con Miguel Ríos–, donde el trío volvió a demostrar la capacidad de orquestar una descarga atronadora con apenas una guitarra, un bajo y una batería. Le siguió la muy bailada ‘Ese viejo rock’n’roll’, ajustada al patrón de un ritmo clásico que no falla desde hace más de medio siglo.

Quedaron las guitarras en alto para la apoteosis final: ‘No va más’ y un ‘Eldorado’ de más de ocho minutos, potente pero reconocible, en el que Goñi se recreó en el solo de guitarra, que ofreció al público de uno y otro lado del escenario (profesionalidad hasta el último minuto). Quince canciones y una traca final. Dos horas de actuación. El derroche había sido enorme en su descarga de rock sin medida. Los músicos resoplaron y Goñi hizo un gesto agradecido con el que lanzó su corazón a los quinientos espectadores. Cumplidor donde los haya.