Chuchito Valdés o el jazz criollo

El pianista cubano Chuchito Valdés abrió el festival de Jazz en el Tyce con un concierto versátil, con grandes dosis de improvisación, donde alternó temas jazz, bossa, latinjazz y bolero. •  El músico, tercera generación de la dinastía Valdés (su padre es Chucho y su abuelo, Bebo Valdés), estuvo acompañado por unos espléndidos Reinier Elizalde, al contrabajo; Georvis Pico, a la batería y un sonriente Yuvisney Aguilar, a la percusión. • Agotó entradas este primer concierto de Jazz en el Tyce que continúa el próximo jueves con Joan Chamorro, Ignasi Terraza y Andrea Motis.


“A mí me ha ganado con los temas lentos”. Un joven comparte impresiones con sus amigos veinteañeros a la salida del concierto de Chuchito Valdés, pianista cubano, tercera generación de la dinastía afrocubana que encabeza su abuelo Bebo, fallecido este mismo año y continúa su padre, el afamado Chucho Valdés. No era el único. Chuchito era objeto de buenas críticas. Su actuación había impresionado. Por técnica –mueve las teclas como una locomotora a 200 por hora- y por calidad. 

Hubo opiniones para todos los gustos porque hubo quien no alabó demasiado los solos que demostraban el virtuosismo del cubano, afincado en México.

Embebido en su propia espiral sonora, Valdés alargaba las piezas, con grandes dosis de improvisación, pequeñas jam sessions con las que demostraba, creemos, no tanto egocentrismo como talento. Lo derrochó durante todo el concierto. 

Chuchito es mucho más que son, aunque se maneje como pez en el agua cuando se arranca con temas bossa, la conga o el danzón. Anima con aplausos al personal para que se pringue del sonido saleroso y sensual de los ritmos que ha mamado desde pequeño y que practicó al piano clásico, cuando por primera vez, se sentó a aprenderlo. Tenía 7 años. Igual fusiona el funky con el cha-cha-cha que hace tambalear su sillón  e, incluso, elevarse un poco contoneándose.

Es salsero, no lo evita, pero Chuchito, el menos conocido de la saga Valdés, es mucho más. Para manejar esa técnica, para innovar, se nota que ha bebido de los clásicos –“la música clásica es lo más importante”, ha dicho-. Si no, no se entendería que fuera capaz de hacer llorar y hacer reir al mismo tiempo con sus manos. 

Embelesa y provoca tristeza con los temas delicados que regaló anoche, donde el sonido todo lo envolvía y no se necesitaba más: piezas lentas, melancólicas, perfectas, que elegía para deleitarse en las teclas más agudas, de sonido más quedo. Arranca sonrisas en los temas más movidos. Imposible no mover los dedos o la cabeza cuando se pone danzón.

Acompañaron a Chuchito los músicos Reinier Elizalde ‘El Negrón’ (contrabajo), Yuvisney Aguilar (percusión) y Georvis Pico (batería). Espléndidos, cómplices, risueños, demostraron con diversos solos su talento al frente de sus instrumentos y junto al maestro Valdés, que dirigía con batuta imaginaria –a veces, sólo una mirada o siempre, con una palabra clave subida de tono: ¡agua!, gritaba- haciendo subir de decibelios la tonada, quitándose tras la última nota el sudor con una pequeña toalla blanca.  

Pareció no bastar la hora y media de actuación. El público quería más: ¿Quieren más?¿Una larga o corta? “Larga”, dijo el público y el cuarteto obsequió con el bolero ‘Bésame mucho’, que arrancó los aplausos de un patio de butacas completamente entregado. “Y ahora, a comer”, finalizó Chuchito, levantándose y desapareciendo tras el telón. Mientras, entre el público, hubo quien pedía un bis más.