Encuentro visceral

Orozco interpretó ante un millar de guadalajareños dieciséis canciones, donde no faltaron clásicos como 'Devuélveme la vida' o versiones: desde 'Volando voy' a 'Borriquito como tú' o 'Como un burro amarrado en la puerta del baile'. • El público se quedó sin bises pero estaba rendido desde la primera canción ante el artista.


‘Plan 9 del espacio exterior’, esa especie de película en blanco y negro, de tintes serie B, rodada por el director estadounidense Ed Wood en 1959, con Bela Lugosi y Vampira en su elenco principal, recibía anoche al millar de espectadores deseosos de ver, no cine en versión original, sino a Antonio Orozco, que salió quince minutos más tarde de lo esperado y pitos previos. 

Se suponía que el pre-escenario pretendía situar al espectador en un lugar acogedor, su propia casa por ejemplo –a Orozco, de hecho, le pusieron un sofá “incómodo” al que de vez en cuando acudía para tocar las canciones que enseñaban al Antonio más puro, sin micrófono incluso-.

Ahí mismo empezó, desgarrador con ‘La distancia’ y apartando el micrófono tras la primera frase, quizás para calentar esa garganta que parece que va a romperse cuando habla y resucita cuando canta. 

En esos momentos, cuando reflexiona profundamente sobre el amor, Orozco -vaqueros y camiseta negra de manga corta-, rasga las cuerdas de la guitarra como rasga la de su garganta. Mejores fueron esos momentos que los que protagonizó con su banda -Marcos Orozco, a la batería; John Caballés, encargado de las secuencias, guitarras, bajo, efectos y coros y Xavi Pérez, secuencias, teclados, cajón y director musical de los espectáculos de Orozco desde que este sacó su primer disco-. El concierto pecó de las bases de sus teclados en bastantes ocasiones, saturando con sonidos ‘anti naturales’ algunas melodías como la conocida ‘El viaje’ (“Estamos compuestos de viajes. Todos merecen la pena”, introdujo Orozco). Se echó de menos un sonido natural de guitarra eléctrica que sustituyera al teclado, demasiado eléctrico. 

Llegó el momento de destacar entonces la labor solidaria de las empresas patrocinadoras del evento –marcas conocidísimas que, según dijo el cantante, se han comprometido con diferentes ONG´s-. Después arremetió contra políticos, banqueros y poderosos -"¿y cómo decirles que se callen de una puta vez?", gritó-.

Cambió de tercio: “Hay imágenes que valen más que 1.000 palabras” y empezó de nuevo el cine, el de la realidad: gente perseguida, agentes bursátiles, compañías petrolíferas, secuelas de la guerra, del mundo cruel, de la mendicidad y políticos que se ríen no se sabe muy bien de qué –quizás de ellos mismos-.

Orozco se recuesta entonces en el sofá y empieza a cantar: “que no hablen, si no saben, que se callen, si no saben que vivir es más que pasar hambre”.

Después de tanta basura, llegó el mensaje positivo de ‘Siempre imperfectos’, canción optimista, intensa: “intentaremos vivir/morir de amor… sentirnos bien viviendo o perdiendo… siempre libres”. Y luego, el desamor con ‘Déjame’ bajando al patio de butacas para cantar ‘Qué me queda’ en una versión íntima sólo con piano. El público respondió con aplausos, poniéndose de pie para sentirle más cerca y haciéndole fotos, aunque el cantante pidió expresamente que no lo hicieran. Pero sus fans no podían resistirse. 

Se sinceró ante ellos: “Hay grandes como Jorge Drexler, como Federico García Lorca y canciones que saben mucho más de ti que tú de ellas”. Canciones que te destrozan, que te hacen grande. Eso es ‘Estoy hecho de pedacitos de ti’. El tema reveló a un Orozco escritor, que se marcó un monólogo  fuera del escenario, basado en su cuento ‘La ciudad de los sueños’ y que el público pudo seguir en la gran pantalla. 

El final

Con grito flamenco, compartió ‘Aire en las espaldas’ y el concierto subió de decibelios. Apretó el acelerador. Se iba mascando el final. Antonio compartió con el público fotos de su infancia, de su adolescencia, de su etapa en la mili, imprimiendo cierto tono vintage al espectáculo. Hubo risas y mucho speech. Y broméo con ‘Borriquito como tú’, de Peret; ‘Volando voy’, de Camarón y la versión de ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’, de El Último de la Fila. Un guiño a sus raíces sevillanas y su Barcelona natal. 

La recta final se sembró con ‘Lo que tú quieras soy’ –con el público de pie y ya bailando-, con ‘Rarezas’ –el público saltando- y con la "pequeña sorpresa" que Orozco había adelantado en Twitter: la presentación del malagueño Pablo López  (finalista de Operación Triunfo 2008), un descubrimiento para el propio Antonio, dijo, con el que compartió la bella ‘No hay más’.

Hubo canción de regalo de Pablo. En principio, iba a ser un aperitivo pero del público dependía que él siguiese. Y continuó. Bañado de aplausos. Promete. 

Tras la sorpresa, Orozco pidió perdón y devolvió la vida –el público cantó buena parte de la canción-. Fue un final corto que quizás pedía alguna que otra canción de más.

Pero no. Ni un solo ¡gracias! hablado, quizá sentido. Y ni un bis. El público se lo reprochó -hubo pitos- aunque venía predispuesto a rendirse a los encantos de este cantautor que más que un concierto vino a Guadalajara a mantener, dijo, un “encuentro visceral” de dos horas con su público. 

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