¿Quién se acuerda ya del pueblo?

Este reportaje sobre el pequeño pueblo de Razbona, en Humanes, es el trabajo de fin de Grado de Periodismo de una estudiante getafense que ha logrado con él una Matrícula de Honor en la Complutense. • Interesada por el fenómeno del vaciamiento de los pueblos de la España interior, tomó su coche y viajó hasta este rincón de la Campiña para retratar cómo es la vida allí y cómo sobreviven sus vecinos. 


Olor a leña. A naturaleza. Aire limpio. Un espacio comprendido por tres calles rodeadas de árboles inmóviles que te contemplan como un extraño. La soledad inmensa de un paisaje de cuadro pintado en tonalidades verdes. Parece casi imposible encontrar calma y tranquilidad. Parece incluso que es un lujo poder disfrutar del silencio. Es como un mundo fantástico, pero no. Esto es Razbona, un pueblo de Guadalajara de once habitantes.

A mi llegada me sorprendí de encontrar a una sola persona paseando por aquel aparente pueblo fantasmal. Manuel Herrero, de 72 años, tiene una casa de fin de semana, pero actualmente vive en Madrid. Él ofrece una visión clara de su pueblo: “Es un sitio muy tranquilito, muy sano. Prácticamente son jubilados todos”. Manuel echa la vista al pasado para recordar aquellas historias que marcaron al pueblo y de las que se conserva una pequeña parte no solo en la memoria de los vecinos sino en su único centro de reunión: el bar.

En una de las paredes del local aparece enmarcada una foto de 1934 en la que está inmortalizada una gran parte del pueblo. El día de la foto hubo un accidente de coche, los integrantes del vehículo venían de una cacería de Tamajón y se despeñaron por el barranco. El pueblo acudió en masa a ayudarles con escaleras y faroles ya que en ese momento no había luz eléctrica. El fotógrafo alcarreño Tomás Camarillo se encargó de retratar al pueblo con su cámara. Mientras relata la historia, Manuel señala a las dos únicas personas vivas de la fotografía y comenta: “este pueblo ha tenido mucha importancia, la foto salió publicada en El País”. Pero lo que Manuel recuerda con mayor orgullo es el equipo de fútbol del pueblo que también aparece en otra fotografía de los años 80. En ella aparecen sus dos hijos con la equipación de Razbona y sobre los estantes del bar descansan los distintos trofeos de un equipo extinto en la actualidad. “Era un equipo que se cargaban a todos, metían ocho goles”.

El bar de Razbona es un local del ayuntamiento, en el que los vecinos se reúnen para tomar una cerveza o ver un partido de fútbol. Antiguamente el centro era un colmado del alcalde en el que se podían comprar algunos víveres, pero a día de hoy Razbona no cuenta con ningún establecimiento donde comprar. Sorprende que Javier Medina, un joven de 33 años, sea la persona encargada del bar. Javier vive en Razbona desde hace 10 años con su mujer y, aunque no tiene mucha relación con el ambiente del día a día ya que vive en la zona del río Sorbe, tiene clara su respuesta cuando le pregunto sobre Razbona: “Se vive muy a gusto”, comenta.

Es extraño que un bar, para una chica de ciudad sea un sitio tranquilo y silencioso al igual que una biblioteca o un cementerio. Es extraño que la calma se apodere de un espacio hecho para el ruido y el alboroto. Es como si en la playa dejasen de oírse las olas o la música de un pub dejara de sonar.

Razbona no tiene ningún lugar donde poder acoger a turistas, las casas uniformes de color tierra forman parte de este pueblo, algunas de ellas incluso deshabitadas o semiderruidas por el paso del tiempo. El viento que navega entre las calles amplias azotando las ramas de los árboles y el olor a leña marcan el paso del viajero. La Plaza de la Soledad parece que acompaña la situación de las calles. Al lado del nombre de la plaza cuelga un cartel escrito a mano “se alquila”, refiriéndose a una casona abandonada que integra la calle. Quizá el nombre de la plaza esté puesto estratégicamente, nadie pasa por allí.

A media mañana el ruido del claxon recorre las calles de Razbona, la furgoneta que trae pan desde Humanes saca a los vecinos de sus casas. Pese al frío que hace dos mujeres vestidas a cuerpo y en zapatillas salen en busca de su barra. Ellas son Mari Luz Marchamalo y Teresa Castillo. Con el monedero en la mano, parecen estar inmunizadas al frío. Mari Luz comenta que vive en Razbona “a medias”, no permanentemente. Tiene 59 años y explica la situación actual del pueblo. En el centro que llaman el Consultorio, el médico pasa consulta una vez a la semana, en el caso de la enfermera viene cada quince días. En el Centro Social Polivalente que pertenece al ayuntamiento, Mari Luz se entretiene los sábados por la tarde realizando algún tipo de actividad como pintura o gimnasia. Comenta además que habrá diez casas abiertas en este momento y que la evolución del pueblo va hacia abajo.

Mari Luz y Teresa se remontan años atrás para explicar lo que un día llegó a ser Razbona y comparten historias sobre las que bromean. Teresa viene al pueblo por semanas alternas para cuidar a su padre de 90 años, una de las personas de la foto de 1934 que aún vive. Ella reside en Marchamalo y tiene 66 años. Con la barra de pan bajo el brazo comenta que el panadero viene todos los días, “pero porque lleva viniendo toda la vida, a los fijos no nos deja sin pan”. El panadero viaja por los distintos pueblos con la furgoneta. Los miércoles, día de la consulta médica, otra furgoneta de congelados recorre las calles del pueblo. Ella también recuerda la fotografía del año 34 en la que aparecen sus abuelos: “¿La has visto? -pregunta-. La fotografía salió en El País”.

Teresa ensalza las fiestas que tradicionalmente ha celebrado Razbona. “En las fiestas somos pocos, pero montamos unas fiestas que más quisieran muchos -dice con orgullo-. Celebramos San Gregorio y San Pablo, traemos nuestra música, comida, nuestros conjuntos, hasta discoteca móvil”. A pesar de ser un pueblo tan pequeño y con tan pocos habitantes permanentes, Razbona no deja de festejar los días que ha celebrado tradicionalmente: “Somos poquitos, hasta ahora bienavenidos, pero llega una fiesta y participa todo el mundo, aquí ha habido mucha vida”.

Junto a la Iglesia en la que se celebra una misa los fines de semana y el Centro Social Polivalente, unos columpios permanecen inmóviles hasta la llegada del verano cuando los niños de los familiares que residen allí permanentemente y todos aquellos que tienen una casa de fin de semana, invaden el pueblo.

Teresa estudió en la antigua escuela que ahora es el Consultorio Médico. La escuela cerró en el momento que los niños desaparecieron. En aquel momento, el pueblo vivía fundamentalmente de la agricultura y ganadería: “mi padre labraba la tierra”, dice. En los años 60, con el éxodo rural, los habitantes del pueblo comenzaron a descender. Ya nada queda de aquella foto de 1934 en la que niños corrían a diario entre las calles de Razbona.

Ahora el pueblo se ha convertido en un lugar tranquilo de gente sencilla a la que le gusta desprender el polvo de las historias almacenadas en su memoria. Razbona no es aquel pueblo decadente sumido en la tristeza. Las hazañas de ayer hacen que permanezca vivo y el corazón del pueblo continúe latiendo. Las calles aún son testigo del Razbona que marcó la vida de los vecinos. No es difícil cerrar los ojos y trasladarse 70 años atrás, reviviendo el pasado de aquella gente cuando las casas revestían de piedra y el suelo aún estaba sin asfaltar.

Jorge Hulea, un hombre de 39 años me abre las puertas de su casa con una sonrisa. Él se dedica al pastoreo y su historia es distinta a la del resto del pueblo campiñero. Jorge es rumano y lleva 16 años en Razbona junto a su mujer e hijo de 14 años. El hijo de Jorge, el único niño del pueblo, está escolarizado en un instituto de Yunquera, el autobús escolar se encarga de recogerle en Razbona. “Aquí sin coche estás muerto”, comenta Jorge, para quien los que lo tienen más complicado en el pueblo son la gente mayor sin carné de conducir.

Su trabajo le ha apasionado desde que era un niño y ya lo ejercía en su país: “Yo me he dedicado a esto desde que nací, pero mi oficio es el de soldador”. El pastor no ha tenido nada sencillo poder cumplir su sueño, decidió dejar su trabajo estable después de ocho años para dedicarse plenamente a las ovejas que tiene en el pueblo de al lado, Puebla de Beleña, lugar donde tiene una nave alquilada y el permiso para pastar. Con su mono de trabajo y las botas manchadas de tierra, Jorge manifiesta la satisfacción que siente en un oficio de plena dedicación como es el pastoreo. Él ha decidido arriesgar: “Hay que intentarlo. No sé cómo acabará. El tipo de vida vale mucho, aunque vuelvo a casa cansado me gusta”.

Hasta ahora, Jorge no tiene otra persona que le ayude, para él las vacaciones son inexistentes. “El animal no es como una máquina, da igual que sea Semana Santa, o Nochevieja, si quieres que el animal te dé algo tienes que cuidarlo”. El pastor sale a diario con sus ovejas y la mayoría de los días incluso por la noche. Para él lo habitual es dormir la siesta en el campo. No es fácil empezar de cero en un oficio así.

En Beleña, Jorge disfruta de su trabajo acompañado de los perros que le ayudan con el pasto. Ni el frío, ni el viento, ni la lluvia son un impedimento para cumplir con la jornada. La satisfacción personal de hacer lo que uno desea puede más que la seguridad de un trabajo estable que no llena. Con el bastón en la mano y vestido con un mono azul, Jorge recorre la campiña de Beleña. A día de hoy, el pastor tiene 300 ovejas que cría y luego vende. “Cuando llegas, sientes que te quiere alguien, no es como una persona que te quiere por el interés”.

En ‘Viaje a la Alcarria’, Cela no se equivocaba al describir a la gente de los pueblos como personas amables y con deseos de agradar al forastero. Es una personalidad distinta a la gente de ciudad, una ‘marca’ especial. En Razbona todos parecen alegrarse de una visita, son felices y así lo demuestran. Con su gratitud hacen que un ambiente inmóvil en el que las hojas parecen estar siempre en el mismo sitio y los árboles te contemplan como un extraño, parezca insignificante.

Victoria del Campo nació en Razbona hace 79 años. “Yo he nacido en aquella casa. Mis padres, mis abuelos, todos han nacido aquí -señala una casa al final de la calle-. Se han ido muriendo los más mayores y los más jóvenes nos marchamos”. Ella no vive permanentemente allí, en sus manos se refleja el trabajo de una mujer dedicada al campo desde que era una niña, cuando entonces se labraba con mulas, un tiempo en el que todos los vecinos de Razbona tenían ganado o tierra.

Al igual que Teresa Castillo, Victoria pertenece a esa generación en la que había suficientes niños como para mantener viva una escuela. Nacida durante la guerra civil, recuerda que en este periodo el pueblo se evacuó quedando casi destrozado. Pero Razbona ha seguido sobreviviendo hasta hoy. Victoria no tarda en comentar la foto del año 34 en la que aparece su familia. “¿Has visto la foto en el bar? Esa foto ha dado la vuelta al mundo, vino en la prensa, en el suplemento de El País. Luego editaron la foto en un libro y yo lo compré. Soy la única del pueblo que lo tiene”. Victoria comenta que en esa foto no está todo el pueblo, faltan muchas mujeres.

Resulta extremadamente difícil hacer borrar a los habitantes de Razbona la memoria del pasado, aún incluso sin haberla vivido. Aferrarse con un libro en la mano en el que se congela un pueblo distinto de lo que hoy es y que las nuevas generaciones no llegarán a conocer. Historias de boca en boca, de abuelos a nietos que unen pasado y presente aunque nada vuelva a ser igual. Ese apego que se va extendiendo como las ramas de un árbol que crean el vínculo con el pueblo alcarreño.

Victoria tiene en Madrid su vida organizada, aunque sigue viniendo a Razbona. Cuenta que antes el pueblo tenía un autobús que subía desde Guadalajara a Tamajón, pero ahora, como resaltan el resto de vecinos, el pueblo depende de Humanes.

Fernando Bazán, alcalde de Razbona, reconoce que es complicado atraer a la gente. Es un hombre campechano al igual que el resto de vecinos. Su tono cercano hace que uno sienta al pueblo como suyo y el viajero pase a ser un habitante más. Fernando lleva en la alcaldía desde la última legislatura después de fallecer el anterior alcalde. “Nos presentamos dos, yo me presenté por el PSOE y el otro por el PP. La votación salió bastante a mi favor, le gané 23 a 1”, bromea.

Viviendo permanentemente en Razbona el alcalde lleva aproximadamente un año. Pese a la tranquilidad del pueblo, Fernando está continuamente pensando proyectos para el pueblo. Pretende hacer una ruta de senderismo desde Humanes hasta Beleña, pero para iniciarlo necesita 5.000 euros. “Dependemos de Humanes pero las cuentas son propias”. Fernando quiere hacer en el río un descenso en piragua y un pequeño camping en el que los turistas puedan pernoctar. Además, promueve distintas actividades los sábados por la tarde para todo aquel que quiere participar como clases de orfebrería o pintura.

Sobre la famosa foto de 1934 Fernando añade que ésta se expuso en Chicago con el nombre ‘La España profunda’, algo que no agradó al pueblo al no sentirse identificados con este título.

El alcalde sabe la historia de cada una de las casas, alguna de ellas incluso sorprendentes para un pueblo como Razbona, en el que la tranquilidad es la característica principal. Nadie puede imaginar que entre las historias del pasado, en 2013 una salió en las noticias: un traficante fue detenido en una de las casas por tener plantaciones de 20 kilos de marihuana. “En esa casa de allí -señala Fernando- se vino un matrimonio muy joven con un niño pequeño, sin calefacción ni coche, no se les veía apenas. Un día encontraron ahorcado al hombre en un olivo, seguramente vino huyendo de algo”. Historias poco comunes que han salpicado a un pueblo en el que todo el mundo se conoce.

Al margen de estas historias, como es habitual en Razbona, las casas deshabitadas que quedan reflejan décadas de abandono: los restos de una barbacoa, de un gallinero, un sillón abandonado con papeles quemados, una pila de lavar, un pozo sellado o unas pinzas de madera desgastada sobre un tendedero de alambre oxidado marcan el paso de los años. El olvido de ayer frente a las historias de hoy, dos mundos con el mismo escenario pero de época distinta. Un caldo heterogéneo de anécdotas que todos los vecinos de Razbona recuerdan con el cariño de un tiempo distinto ya perdido pero latente en su vida. Imágenes que chocan en un mismo espacio aferrado a aquellos recuerdos que solo la mente de los vecinos y las casas deshabitadas mantienen. 

El próximo día te invito a unas migas”, Fernando Bazán me despide.

Reportaje publicado originalmente en la edición impresa de otoño 2017 de Cultura EnGuada.