El arte del silencio

El fenómeno de la despoblación nunca ha dado tanto de qué hablar como ahora. La publicación de dos libros superventas y la inclusión del tema en la agenda política ha sacado de su ostracismo a una España silenciosa que se muere lentamente. En este reportaje, publicado en la edición impresa de Otoño, charlamos con creadores que desde la literatura, el periodismo, el cine, la pintura, la sociología y la música se han acercado a esta realidad en Guadalajara -algunos, por primera vez- inspirándose en ella para crear sus obras.


La aparición el año pasado del ensayo ‘La España vacía’ (Turner), de Sergio del Molino, ha puesto en el mapa a la España que más se desangra. La despoblación se ha convertido en tema de moda. Es un fenómeno que ha fabricado ‘best-sellers’, creado etiquetas, convocado jornadas, pero que resulta paradójico: los pueblos condenados a desaparecer por falta de población son los que las musas eligen ahora para quedarse. Estos lugares han acabado siendo fuente de inspiración de artistas que ven en las aldeas una especie de objeto de culto, una oportunidad para poner sobre la mesa el debate, un instrumento para reivindicar la cultura perdida o, simplemente, un lugar donde vivir en sintonía con un paisaje con el que, definitivamente, se crea una profunda conexión sentimental. Y lo plasman en cuadros, libros, fotografías, discos, reportajes, películas y proyectos culturales que, pretendiéndolo o no, ponen un tapón a la sangría poblacional. Aunque el futuro sea incierto.

Llamémosles los últimos románticos pero son, inequívocamente, luces en la penumbra. Artistas que llevados por el sentimentalismo, la nostalgia, la rabia o el convencimiento, han dado con sus creaciones un poco de color a pueblos donde la vida transcurre de otra forma, convirtiéndose en supervivientes, guardianes de la memoria que invitan a detenerse en la belleza decadente de aldeas que hoy apenas interesan y hace apenas tres décadas tenían vecinos y futuro.

Si se habla ahora de despoblación en Guadalajara es porque parte de la provincia forma parte de la Serranía Celtibérica (7,22 hab./km2), que el periodista Paco Cerdá ha bautizado como la “Laponia española” a raíz de su libro ‘Los últimos…’ (Pepitas de Calabaza, 2016), uno de los éxitos literarios más recientes sobre la España que se pierde, una crónica viajera de 2.500 kilómetros por 1.355 pueblos sin apenas habitantes, que ya va por la cuarta edición.

Guadalajara es lo que Cerdá llama la “zona cero de la despoblación” y abre las páginas de esta historia sobre “los que se quedaron descolgados de un país urbanizado a gran velocidad que ha olvidado su origen rural”, un viaje “a las tinieblas del corazón de España”, lo describe el escritor leonés Julio Llamazares, todo un referente de la ‘literatura de la despoblación’ y autor de ‘La lluvia amarilla’, el monólogo del último habitante del despoblado oscense de Ainielle.

El periodismo y la literatura han sido géneros que históricamente han abordado el tema de la despoblación y el agonizante mundo rural. En la lista no faltan escritores de ámbito nacional como Miguel Delibes o Julio Llamazares, a los que se suma en Guadalajara Andrés Berlanga (Labros, 1941), que imaginó en ‘La Gaznápira’ el pueblo castellano de Monchel, contando su destrucción del lugar y del lenguaje a través de los ojos de la periodista Sara Agudo.

Tras la crisis de 2008, el periodista madrileño Ildefonso García encontró su lugar en el mundo en Zarzuela de Galve, pedanía de Valverde de los Arroyos. Su última novela, ‘Padre Ocejón’, todo un homenaje a la montaña que se ve desde esta aldea, se gestó con un café entre las manos y mirando al pico. Pensó que igual que cada uno tiene que superar la crisis que le toca, el medio rural también tiene que pelear contra la suya propia. Su libro incluye historias de exfutbolistas que regresan al lugar de sus abuelos, periodistas que descubren el nuevo mundo en la vieja aldea e historias de pueblos que luchan por sobrevivir.

Como La Huerce. El periodista y escritor Pedro Aguilar, vinculado a la Alcarria y a Torija, acaba de publicar el libro 'La Huerce, historia de un pueblo solidario’ (Intermedio Ed., 2017). Su aproximación al tema, que conoce bien y ha descrito en decenas de reportajes, ha sido esta vez por encargo: “El alcalde, Paco Lorenzo, quería recoger testimonios de una cultura que se perdió y ya no existe” y han sido los más mayores del pueblo los que le han contado su vida a Aguilar, que ha realizado un ejercicio a camino entre la literatura y el periodismo: “La historia de La Huerce es la de un pueblo sin historia. Su nombre no está unido a ningún episodio histórico, ni siquiera uno medianamente relevante. Fueron autosuficientes y se dedicaron principalmente a la ganadería y la agricultura, con un espíritu solidario muy fuerte porque era un pueblo aislado, prácticamente vacío a comienzos de los 70 y sin carretera hasta los años 90”.

Admite Aguilar que la despoblación es un tema que “prácticamente nadie ha tratado. Quizás los regeneracionistas a comienzos del siglo XX y a su manera” y sostiene que el mundo de la cultura le ha dado la espalda: “ha estado siempre muy lejos del mundo rural, salvo unos pequeños brotes de recuperación de folclore en Guadalajara. Ni siquiera sociólogos. Es un campo por trillar todavía”.

Más que darle la espalda, el mundo rural se ha estigmatizado y se ha representado mucho en la cultura española, pero quizá desde una perspectiva condescendiente desde la realidad urbana”, apunta Pablo Conejo, sociólogo urbano y autor del proyecto fotográfico ‘What remains’, sobre el proceso de despoblación en Soria y Guadalajara.  

Conejo, más acostumbrado a investigar sobre las grandes ciudades y sus problemas, afirma que este trabajo responde “a la curiosidad que tenía por explorar las pedanías, cada vez más despobladas”. Su abuela era de Sigüenza y como tantos otros, emigró a la ciudad de joven, “asi que nunca mantuve el vínculo con el pueblo”. Tras más de 12 años viviendo en Europa, volvió a España y le llamó la atención “la irregular distribución demográfica del país”, asi que “me acerqué a estas zonas que para mí casi siempre fueron de paso. Quería documentar un paisaje y un fenómeno actual. Vivimos en una sociedad cada vez más urbanizada y estamos tomando un rumbo que da la espalda a una parte muy importante de nuestra historia. Quería entender por qué está ocurriendo y cómo lo sufren (o no) los habitantes de estos pueblos afectados”. Sus fotos llegaron al UrbanPhotoFest 2016 de Londres, en el marco de la exposición ‘Memory and Movement’ (Memoria y movimiento).

Este ejercicio documental también lo han practicado fotógrafos guadalajareños como Jesús de los Reyes, que ha firmado libros como 'Guadalajara tradicional', ‘La Memoria Cautiva-Fotografía en Campillo de Dueñas 1864-1974’, junto al fotógrafo campillano Javier Rego, sobre los fondos vecinales de fotografía antigua del pueblo de su madre y proyectos como 'Hispania: ritos en la Alcarria', escenas que “forman parte de ese mundo popular esquilmado por los éxodos de lo rural a esas ciudades que estandarizan la realidad”. En 2016, durante el I Foro Contra la Despoblación celebrado en Arbancón, también se pudo disfrutar de la exposición de fotografia 'Jocar, pueblo Deshabitado', cuarenta imágenes que recuerdan lo que fue la vida en en este despoblado de Arbancón, cuyos habitantes se vieron obligados a desalojarlo y entregarlo al ICONA hace más de treinta años.

Revalorizar la vida rural

La realizadora guadalajareña Inés Espinosa se inspiró en también en la despoblación para hacer su trabajo de Fin de Grado: un documental que tituló ‘El Canto de la Reina’, dedicado a la memoria de los pueblos abandonados de Guadalajara que ha tenido para ella un recorrido inesperado. Tras pasar por 17 festivales ha conseguido siete galardones, entre ellos, el Premio al Mejor Documental en el Festival de Cine de Castilla-La Mancha 2016.

Nunca me había documentado sobre el tema pero me genera tanta tristeza que tenía que expulsar ese sentimiento de alguna forma”, señala. “Con este cortometraje quise transmitir un grito de esperanza y no de pesimismo, revalorizar la vida rural y comprender nuestras raíces, enfocar un problema que sintiera cercano y pudiera documentar con conocimiento”, llegando al espectador que es “lo que me importa. Soy crítica pero las emociones están ahí y también hay que trabajar con ellas”.

Para construir su historia, Inés llevó su cámara hasta el pueblo de sus abuelos, Villanueva de Argecilla (29 habitantes en 2016). De esta pedanía de Brihuega se llevó los paisajes y las voces de algunos de sus vecinos. Su corto son diez minutos de tono costumbrista y testimonios impagables que le ha permitido, confiesa, “profundizar en esta realidad” y se ha convertido en un “aliciente para generarme más interés todavía”. La película rezuma un bienestar vital y familiar y reivindica con cariño las bondades del campo -respirar el aire limpio, ser feliz, ser libre-. “Cuando has saboreado poco algo necesitas saborearlo del todo, o cuando lo has saboreado y te ha gustado no puedes dejarlo escapar. La naturaleza tiene tantas cosas positivas que alejarse de ella sólo puede ser perjudicial”, explica Espinosa para justificar por qué cree que son los más jóvenes los que precisamente se aproximan con sus creaciones a relatar y retratar este despoblamiento. “Son los que sienten que han perdido la vida rural, la naturaleza, el pueblo”. Así, de alguna manera, regresan a él.

Hay un grupo importante de jóvenes que están volviendo los ojos a este tema y creo que es por sentimentalismo y nostalgia familiar”, reflexiona Pedro Aguilar. “Ellos han vivido directa o indirectamente en estos pueblos y han visto cómo han ido degradándose, cómo sus padres tuvieron que dejarlos y lo cuentan. A todo aquel que tenga un poco espíritu rebelde y a quien le duela su tierra, le dolerá el alma y más si tiene vínculos, si lo ha visto y ahora se da cuenta de que está muerto, de que es un escaparate, casi una guardería estival para mayores o niños”.

Es lógico. Las anteriores generaciones son las que abandonaron sus pueblos. En las grandes ciudades hay un serio problema de sobrepoblación que se podría amortiguar trasvasando y facilitando a personas interesadas en venir a vivir aquí”, propone el músico Alfonso Casasnovas, voz y compositor del grupo folk Bandada Marina, que dejó su trabajo en Zaragoza para irse a vivir a Armallones, el pueblo de los padres de su mujer, en pleno Alto Tajo. Allí vive con su mujer y sus tres hijos, regenta el bar -la antigua escuela-, organiza un ciclo cultural en agosto y ha montado “un humilde estudio de grabación”, El Observatorio, construido en casa, donde ha grabado cuatro discos de distintos proyectos y cocinado “a fuego lento” su segundo álbum, ‘Serranía y carpintería’, inspirado en la “bucólica soledad de la despoblada Serranía Celtibérica, donde lo natural sigue su curso”.

Quiero que el oyente reconozca que está pensado y grabado en clave artesanal, despacio, de manera orgánica y con instrumentos acústicos y sonoridades folk”. En el álbum habla de la cotidianidad rural -“desde encender la chimenea, recoger los huevos de las gallinas, afilar la motosierra o cortar un pino”-, incluye canciones populares “donde aparecen lugares del entorno como "las fuentecillas", "la fuente del cerezo" o "el alto de la loma" y cuentos infantiles, donde se “juega con el ‘lobo malo’ de la montaña, el que no te deja vivir tus sueños”.

Aprender del paisaje

La naturaleza forma parte de la vida de la pintora cubana Dora Piñón hace dos años, cuando decidió ir a vivir a Valverde de los Arroyos, el pueblo de su marido. “Es una fuente de inspiración pero sobre todo, de aprendizaje inagotable porque aquí no hay tres minutos iguales. Aquí el microclima se siente, se ve y se palpa. Y a mí me alimenta el intelecto y espíritu, te hace pensar y cavilar muchísimo”.

Desde este bonito pueblo de arquitectura negra, Piñón coordina la Beca de Pintura Valverde, una iniciativa de la Universidad Complutense y el Ayuntamiento que permite a cuatro estudiantes de Bellas Artes durante un mes recibir conferencias de diferentes artistas, empaparse del entorno, convivir con el medio arquitectónico y con los vecinos, a quienes muestran sus cuadros en proceso y ya finalizados, en una muestra al final del verano, que este año se cerrará el 2 de noviembre. La Beca persigue mantener el arraigo de los valverdeños con su pueblo y que les motive a venir más, algo que, según Piñón, se ha notado “más este verano. Ha habido un repunte, una vuelta a Valverde, que es un refugio maravilloso… el pueblo necesitaba otra visibilidad más allá del fin de semana. El turismo de Valverde es un turismo de minutos, de horas y que no se fija en la sustancia. La Beca atrae a gente que de otra manera no nos hubiera conocido, le da una visibilidad distinta al pueblo y lo vincula a un hecho atípico, dotándole de un contenido de peso porque esto no es un concurso de pintura rápida”. Su discurso es positivo y esperanzador: “Igual que los árboles echan las raíces para no ser barridos por la erosión, nosotros estamos decididos a que esto no lo barran las circunstancias”.

El paisaje serrano que inspira a Dora Piñón inspiró a la cineasta Icíar Bollaín que en 1999 rodó en Jadraque, Cantalojas, Condemios de Arriba la película ‘Flores de otro mundo’. Escrita junto al escritor Julio Llamazares, resulta un retrato coral de relaciones entre solitarios hombres de pueblo y mujeres que llegan en una ‘caravana del amor’. El cine ha sido el recurso al que han recurrido también la videógrafa Cristina Bernard y Antonio García, que el pasado agosto estrenaron el documental ‘Resistiendo (en el Alto Tajo)’, resultado de un año de grabaciones y muchos kilómetros, que arroja un diagnóstico sobre el día a día en los despoblados de la comarca de Cifuentes y del Alto Tajo y está hilado con testimonios de personas de la zona, que viven o trabajan en estos municipios durante todo el año. La película se podrá ver en las Jornadas sobre Despoblación que organiza el Archivo Histórico de Guadalajara y que inaugurará el próximo 21 de noviembre el escritor Sergio del Molino.

A sus 43 años, el joven periodista ha puesto encima de la mesa el debate de un fenómeno que Espinosa describe “a grandes rasgos como desencanto y falta de amor al mundo rural, al medio ambiente, a los grandes espacios y a la vida lenta” y que el músico Alfonso Casasnovas justifica como consecuencia de la falta de identidad cultural como pueblo: “Casi todo se ha perdido y olvidado y las canciones, las fiestas y costumbres no son una excepción. Es necesario recuperarlas o reinventarlas para volver a tener un propósito e identidad como pueblo, un camino que seguir. El arte es sensibilidad, por eso todas las inquietudes sociales tienen eco en la cultura de un pueblo”. Asiente el sociólogo Pablo Conejo: “La cultura puede servir para visualizar una realidad que muere precisamente por ser invisible a la mirada de la gran mayoría”. “La situación es tan seria”, se suma Dora Piñón, “que hay que hacer un abanico de posibilidades y la pintura es una de ellas. Con internet podemos hacernos visibles y la gente como yo puede cargar con su taller y estar más cómodo en este entorno, también un escritor o un artesano… en Palancares uno ya se está haciendo una casa”.

A esta despoblación hay que buscarle siempre el lado positivo porque tiene muy mal remedio”, concluye Pedro Aguilar. Es fruto de “una política errónea acrecentada durante el Franquismo”. Para frenarla, afirma Casasnovas, “debe haber una conciencia colectiva de toda la gente que habitamos estas zonas. Después, que el estado reconozca y compense la diferencia de servicios con las ciudades”.

Es imposible tal y como se hace la política hoy en día”, insiste Aguilar. “A cambio, hemos conseguido una provincia naturalmente muy cuidada y luego, como decía Manu Leguineche, ‘la Alcarria es la capital mundial del silencio”.

Si los artistas estuvieran reconocidos como obreros de la cultura, serían candidatos perfectos para habitar los pueblos”, zanja Casasnovas. 

Empeñados en no morir

En el lugar más frío de la Celtiberia se empeñan en no morir. En El Pedregal, la Asociación de Amigos de este pueblo molinés de 37 vecinos agrupa a 317 socios que han defendido hasta en foros nacionales su proyecto: ‘Un Pedregal de Oportunidades. Cultura x por la despoblación’ fue una de las diez iniciativas ganadoras de los Encuentros Internacionales de Gestión Cultural Pública 16, de Madrid. Con su carrasca de 500 años quedaron séptimos en el concurso ‘Arbol Europeo del Año’ en 2015, editan una revista -La Sexma-, recuperaron el horno como sala de arte -en 2016 recibió 2.500 visitas- y tienen previstas muchas más actividades con el fin de poner en valor su pueblo. 

El mismo ejemplo siguen los 200 vecinos de seis pueblos del valle del Ocejón. Asociados como La Jalea del Ocejón organizan al año, entre otras actividades, un certamen de cine, cuentacuentos, un festival de música, veladas poéticas y clases de taichí (en la imagen) y en 2006 abrieron una biblioteca que tiene ya más de 4.000 libros, donados por particulares. Ubicada en Campillo de Ranas, está gestionada por voluntarios y se sufraga en un 99% con donaciones privadas. Este verano se 'inventaron' el teatro en casa. "Si no vamos al teatro porque nos pilla lejos, nos lo traemos", dicen.