El mismo gaitero con otro sombrero

Las últimas novedades del programa de Ferias de día, el Jardín Encantado y las ferias culturales temáticas, confirman un modelo de productos previsibles y de baja calidad cultural para niños y mayores.


En la noria las emociones son previsibles. El aleteo en el estómago cuando se asciende a los cielos, el amago de ‘petite mort’ del cuerpecillo cuando se baja. Y así una y otra vez, una y otra vez, y una y otra vez... Si te gusta, estás de enhorabuena porque la repetición es la única mecánica que guía el funcionamiento del artefacto. La atracción, imprescindible donde las haya en una feria, lleva desde 1893 girando por todo el mundo, convertida en un clásico indiscutible. Pero es también “la eterna rueda” -que cantó Machado- matando de aburrimiento a la mula.

La programación de día de las Ferias de Guadalajara ha entrado en un bucle infinito y previsible, como el de una noria. A lo largo de los últimos cinco años –los que este cronista lleva cubriendo esta programación para Cultura EnGuada– ha ido sacrificando las propuestas culturales más arriesgadas, interesantes y de mejor factura por productos planos, elementales y sin margen para la sorpresa. Frente a la imaginación del títere, la predecible comodidad del castillo hinchable. Una apuesta por el truco frente a la magia. La animación y el entretenimiento llenan las calles vacías estos días de arte y creatividad.

De las Ferias se han ido Titiriguada, Guadalajara Mágica y el certamen de Estatuas Humanas, que casi siempre garantizaban espectáculos de calidad. Las aportaciones de los últimos tiempos son, en cambio, el Teatro Popular y las ferias temáticas para público infantil. El resto, en su mayoría, permanece: el recuperado concurso infantil de dibujo, la comparsa de gigantes y cabezudos, los certámenes de charangas, la concentración de dulzaineros...  

Vayamos por partes.

» El Jardín encantado, primer aviso. Hinchables, cuentacuentos, talleres… El Jardín Encantado era en el fin de semana previo a la semana grande la novedad llegada para hacernos olvidar –falta hacía– el Festitiriguada, el engendro de marionetas que a su vez vino a sustituir al extraordinario Titiriguada, un sacrificio nunca suficientemente justificado. La apuesta de este año en los Jardines de Infantado, un entorno siempre agradecido, pasaba por una programación dirigida a los más pequeños en la que, una vez más, la calidad de la propuesta cultural ha sido lo de menos.

El esfuerzo que ha hecho la compañía encargada de poner en escena cuentacuentos y teatro de calle es encomiable por la necesidad de disparar tal variedad de repertorios en tan poco tiempo –han sido los mismos que desde el jueves siguiente también han ofrecido la programación de las llamadas ferias culturales temáticas–.

Este Jardín encantado ha sido el primer aviso de lo que estaba por venir. Ya aquí vimos al gaitero que habría de cambiar otras cuatro veces de sombrero para ser gaitero romano, cowboy, medieval y pirata. Lo que hubo durante este fin de semana en los Jardines no tuvo demasiado encanto. Fueron, básicamente, actividades de animación en escenario sin ‘atrezzo’ que dejaron satisfecho al público en la medida en que no pusiera el listón demasiado alto. Y castillos de hinchables, por supuesto.

  

Fotos: E.C. / R.M.

» Ferias temáticas, nada nuevo bajo el sol. Se reeditó la gran novedad del año pasado de la Feria de día en el centro. Nada nuevo bajo el sol, que calentó sin castigar. Le apuntamos antes que nada el éxito de lograr concentrar a las multitudes en la Plaza Mayor, salvo en su estreno, el jueves por la mañana –laborable, con los niños en el colegio, toda una ocurrencia programar algo a esas horas–. A partir de aquí, el eterno retorno. Lo mismo que el año pasado (cambien feria de Cela, Cervantes o Peter Pan por romanos, piratas y fantasía medieval) y algo muy parecido a lo vivido en el ‘Jardín encantado’. La misma historia cada día cambiando de disfraz en una suerte de ferias carnavalescas: unos puestos de mercadillo con los tenderos mudando de traje cada jornada, un tiovivo y una noria manuales y animación de calle. Cultura de bazar y propuestas justitas para mantener la atención de los pequeños en corro.

Los juegos con espadas que el viernes eran combates de gladiadores se repetían el sábado en supuestos juicios por combate. La cetrería, una y mil veces vista en los mercados medievales que atestan la provincia, volvía a la capital con los vuelos de las rapaces, esta vez con discursos teñidos de fundamentos básicos de la ecología. Las historias –cuentacuentos y teatro de calle– han ofrecido repertorios donde se mezclaban tópicos, cachiporrazos y risas fáciles. A menudo se escuchaba mal, en funciones sin micrófonos y con un público adulto por lo general irrespetuoso con los artistas. Hubo algún cuento con cierta inspiración, algún baile del vientre que pasaría el corte, pero poco más.

Y los decorados cambiaban, incluyendo un guiño forzado a Juego de Tronos el sábado en lo que era un mercado medieval de libro, pero con dos de las carrozas del desfile del día 9. De reflexión, también, la ‘frikada’ de aportar cowboys o romanos a un programa de fiestas tradicionales.

» Gigantes y cabezudos, la tradición renovada. De nuevo lo previsible, pero al menos lo tradicional. La Comparsa de Gigantes y Cabezudos atrae siempre a numeroso público, con la chavalería corriendo delante de los cabezones para evitar los azotes y con los gigantones bailando al compás de la dulzaina y el tambor. Unos clásicos indispensables, que le ponen la nota local a la fiesta, y que este año han sido objeto de una acertada renovación que ha costado 30.000 euros.

  

Fotos: E.C. 

La anécdota, en esta ocasión, la ha protagonizado Mangurrino. Es solo uno más de los 19, pero especialmente querido porque representa a un personaje vinculado a la Guadalajara de toda la vida, y que fue objeto de una pequeña campaña de Twitter cuando algunos ciudadanos no le vieron en la fotografía del viernes 8 de septiembre, cuando la comparsa salió recién restaurada a las calles. Todo quedó aclarado. Y Mangurrino, el cabezudo que no azota porque tiene las manos puestas sobre su guitarra, fue objeto de 'selfies'.

» Teatro para mayores, la risa floja. Por tercer año consecutivo, el Patronato ha contribuido a las Ferias con la programación de sesiones del llamado Teatro Popular, funciones principalmente dirigidas a los más mayores, un público que no goza de demasiados alicientes en el programa. Se trataba de un doble pase en los Jardines del Infantado, el viernes y el sábado al anochecer, con la compañía Eslava (que repetía por segundo año consecutivo).

El resultado, un lleno incontestable de público –sentado en más de 200 butacas y de pie, al fondo y a los lados– para asistir a dos típicas comedias de enredo. A cada paso, morcillas de actualidad para lectores del ‘Qué me dices’. El peso lo llevan los más que versátiles actores David Rizzo y Antonio Romero. Pero las adaptaciones, incluso cuando las apuestas son más interesantes, se pierden en esta fórmula de espasmos, acalambramientos, onomatopeyas y mujeres con las faldas muy cortas. Que causan mucha risa, incluso risa floja, pero que artísticamente andan muy justas.

 

Fotos: R.M.

La primea propuesta, el viernes, fue ‘Mayordomo para todo’, conocida por la película que en 1976 dirigió Mariano Ozores. Hubo retraso en el horario y la compañía pidió disculpas antes de la función por unos problemas de sonido que persistieron todo el fin de semana. El tránsito de la ‘españolada’ al libreto el sábado de ‘La extraña pareja’ de Neil Simon no sirvió para ganar en brillo. Los mismos planteamientos machistas de las relaciones entre hombres y mujeres en un mundo donde ellos son granujas o pusilánimes y ellas, fulanas o cornudas. De vez en cuando, algún chiste ingenioso. Las más de las veces, el mismo tono de humor facilón.

¿Tiene que ser así? Seguro que entre los clásicos teatrales se pueden encontrar montajes sobre enredos más interesantes y seguro que se pueden encontrar también otras compañías de teatro, también para públicos de risa menos floja. 

» De la charanga... ¿a la cabra? Están, luego, esos eventos puntuales de la programación que siguen funcionando. El concurso de dibujo y pintura infantil –felizmente recuperado el año pasado para los niños; eso sí, que no falten los hinchables–; los dulzaineros, que le ponen banda sonora folk al vermú del sábado; el Festival de Jotas, también previsible, pero con garantías de buen hacer; la paella solidaria del martes; los títeres de Sol y Tierra; o el concurso de charangas que ganó en su regreso Klandestinos, el mejor ejemplo en Guadalajara de que lo corriente (una charanga de peña) no está reñido con la calidad y con un mayor refinamiento con el paso de los años.

Hay un argumento irrebatible para la Feria de día: la asistencia de público. La mayor parte de los espectáculos han estado abarrotados. Si esto es sinónimo de éxito, misión cumplida. La animación, el entretenimiento fácil y la globoflexia seguirán imponiendo sus métodos. La balanza seguirá inclinada de su lado. Las Ferias seguirán estando reñidas con la calidad. ¿Llenarían entonces la Plaza Mayor en Ferias, si hiciese buen tiempo, el gitano y su cabra? No hace falta que les responda. Ustedes lo saben igual que yo.

    

Fotos: E.C.