El boom del 92

La ciudad de Guadalajara vivió hace 25 años una explosión de iniciativas culturales. El Maratón de los Cuentos, el Tenorio Mendocino y la Fundación Siglo Futuro, que ahora celebran sus bodas de plata, nacieron a comienzos de la década de los noventa y, con el tiempo, se han convertido en algunos de los referentes más poderosos que tiene la cultura arriacense. ¿Qué ocurrió por entonces?


Cuando uno acude a las hemerotecas para repasar lo que iba a acontecer en Guadalajara en el señaladísimo año de 1992, descubre que, cuando las campanadas dieron paso al nuevo calendario, todas las miradas del panorama cultural alcarreño buscaban a Marlon Brando. Los focos de la actualidad cultural estaban puestos en el rodaje en Sigüenza de ‘Cristóbal Colón: el descubrimiento’, en pleno V Centenario del desembarco español en el nuevo mundo, donde el enorme mito norteamericano interpretaría un papel muy breve como Torquemada por el que cobró 500 millones de pesetas. Sin embargo, Brando no se dejó ver por el castillo de Sigüenza, uno de los escenarios de la superproducción. El actor, con su tremenda fobia a los medios de comunicación, los esquivó en aquellos días de enero y, para colmo, ningún seguntino pudo participar como extra. Esa decepción la reflejan las páginas amarilleadas de los periódicos de entonces cuando el lector regresa sobre ellas para ver qué pasó, en realidad, en aquel remarcado año. De modo que los fotógrafos se quedaron sin foto de Brando y los gacetilleros tuvieron que imprimir un giro inesperado a ese libreto de 1992 que parecía escrito de antemano.

Los que al cabo del tiempo habrían de ser acontecimientos dignos de recuerdo no dispusieron, en realidad, de anuncios a bombo y platillo. Pero fue en abril de ese año cuando nacería una ocurrencia sin igual: una jornada de narración de cuentos durante nada menos que 24 horas ininterrumpidas. Y por aquellos mismos días, un club de intelectuales de la provincia convocaba a los arriacenses a un foro de debate por el que años después acabarían por desfilar hasta cuatro premios Nobel. Y la noche de difuntos, ya en un otoño en el que había quedado apagada la llama del pebetero olímpico en Barcelona y se habían desvanecido los fuegos artificiales de la Expo de Sevilla, los Amigos de la Capa de Guadalajara convocaron por vez primera a los vecinos de la ciudad para participar del mito y del rito de don Juan Tenorio, con sus ánimas recitando los versos de Zorrilla por las calles de la ciudad, a la luz de la luna.

Los estrenos de estas tres convocatorias coincidieron en el tiempo, como coinciden ahora en soplar las 25 velas de sus cumpleaños. Y lo hacen en medio de un gran reconocimiento social, porque el Maratón de los Cuentos, el Tenorio Mendocino y Siglo Futuro, ahora Fundación y antes club, constituyen tres buques insignia de la cultura guadalajareña.

Y por esto, pero también por otras iniciativas que quedaron en el camino, aquel 1992 emerge en el recuerdo como el epicentro de un terremoto que sacudió la vida social y cultural de Guadalajara. ¿Qué estaba sucediendo por entonces en la ciudad? ¿Qué clima se vivía o qué personas agitaban las conciencias para que ya nada volviese a ser igual? ¿Es sólo casualidad que estos tres acontecimientos saltasen a escena precisamente en la Guadalajara de 1992?

Nadie lo cree. Ni Blanca Calvo, artífice del Maratón de los Cuentos; ni Juan Garrido y Antonio Herrera Casado, dos de los padres de Siglo Futuro; ni Pablo Llorente, que era director del Patronato Municipal de Cultura, como tampoco el periodista Juan Solo, testigo de aquellos acontecimientos. Todos ellos, consultados para este reportaje, coinciden en que estos tres eventos, que brotaron con frescura y descaro, coincidieron en el tiempo por algo más que por los simples caprichos del azar.

No fueron casualidades

De casual no tuvo nada. Fueron el esfuerzo, la calidad y la imaginación de mucha gente, que eclosionaron para dar vida a la ciudad”, subraya convencido Pablo Llorente, que por entonces era gerente del Patronato Municipal de Cultura. La ciudad parecía un laboratorio en el que se sometía a prueba una amalgama de nuevas iniciativas. Y lo hacía en un contexto de rotunda ilusión, en una España que ya formaba parte de la Unión Europea y que se atrevía con aventuras internacionales en una suerte de ingreso –demorado, pero por la puerta grande– en la modernidad.

Que surgieran esos tres acontecimientos a la vez, podría ser casualidad; pero que fuese precisamente en ese año, en 1992, tal vez no: porque era un año mágico, con los Juegos Olímpicos, la Expo, los primeros AVE… un espejo en el que todos nos miramos para hacer algo, la vía de que todo era posible”, reflexiona el periodista Juan Solo, con treinta años de profesión a sus espaldas y actualmente dirigiendo el programa ‘Solo en la Radio’ de Radio Castilla-La Mancha. “España estaba de moda en el mundo y Guadalajara quiso estar ahí”.

También Garrido considera que pudo haber cierto contagio, pero otras voces relativizan la intensidad de este influjo y apuntan a que los detonantes de aquella revolución cultural hay que buscarlos entre las murallas de la ciudad, y no fuera. Blanca Calvo habla de un cambio de actitud. “Hasta entonces, en Guadalajara había habido una cultura muy gris, pero de pronto muchos empezamos a participar con otro lenguaje y con otras herramientas”. Madrid era uno de los epicentros indiscutibles de este nuevo estallido cultural en todo el país y “la onda expansiva llegaba a Guadalajara, porque muchos de nuestros jóvenes eran estudiantes que iban y venían cada día de las universidades” y porque, “aunque era una provincia pequeña, tenía los poros muy abiertos”.

Algo estaba cambiando

También Llorente considera que influyó más lo que ocurría dentro de la propia ciudad. “Se había creado el caldo de cultivo que hizo posible que estas actividades saliesen adelante” con el éxito que al cabo del tiempo han demostrado. Algo estaba cambiando, desde hacía un tiempo, en la cultura local. El Patronato organizaba conferencias de nivel. Organizaciones como Manos Unidas eran capaces de citar al público alcarreño con figuras de la talla del periodista Iñaki Gabilondo, y alguna iniciativa privada, como el periódico Guadalajara Dos Mil, impulsaba veladas de debate. Antes de salir a las calles, los Amigos de la Capa representaron su función de puertas para adentro durante varios años, como ha recordado Jesús Orea en su reciente libro ‘Crónicas del Tenorio Mendocino’. Y el Maratón de los Cuentos tuvo una suerte de ensayo general como actividad integrada en el encuentro nacional de narradores de 1985 en el Infantado.

Además del magma hubo un impulso institucional. Calvo, que coincide aquí con Llorente, fija como un factor “concluyente” el modo en que las nuevas instituciones democráticas canalizaron esta creatividad, con el nacimiento de nuevas estructuras en todos los niveles de la administración, desde el Patronato Municipal de Cultura y la Consejería del ramo de la nueva Junta hasta un Ministerio de Cultura completamente remodelado con el ingreso en el sistema constitucional.

Calvo, que no es especialmente defensora de los patronatos, valora que en este caso “resultó muy importante que hubiera un organismo cuyo fin único fuese pensar cada día en animar la cultura de la ciudad”. Llorente reivindica el papel del Patronato, que él mismo dirigió desde junio de 1983 hasta julio de 1992 (y más tarde, en otra etapa más breve). A su modo de ver, “cuando se crea un caldo de cultivo y se mima a las asociaciones, que entonces eran unas trece y se reunían en el Ateneo, se pueden conseguir cosas interesantes”. Y esa fue la misión que asumió este nuevo organismo dependiente del Ayuntamiento, pero autónomo en su funcionamiento y con presupuesto propio.

La actividad del Patronato estuvo en el origen de Siglo Futuro, que “recogió el testigo de lo que ya veníamos haciendo, trayendo a Guadalajara a lo mejor de la cultura de España, los que había y los que regresaban del exilio”. Pero también fue el organismo encargado de orquestar institucionalmente la idea de Blanca Calvo –alcaldesa por un año, precisamente aquel– de un maratón de cuentos para dinamizar la recién creada Feria del Libro. La labor de esta entidad se vio en los grandes eventos, pero también en más iniciativas que, a menor escala, siguieron alimentando ese caldo de cultivo, como la creación en ese mismo 1992 de un premio de literatura para jóvenes creadores. Eran años de nuevas experiencias, y el Patronato las alentaba.

Una nueva época

Quienes vivieron aquella sacudida cultural en Guadalajara coinciden en que los eventos que nacieron por entonces estaban tomados por un nuevo espíritu, el de un país que tenía relativamente estrenada su democracia y que buscaba nuevos referentes culturales. “Era un momento de apertura tremendo en España, acababa de abrirse hacia sí misma y hacia el mundo, incluidos sus exiliados, y eso acabaría por dar sus frutos”, rememora Llorente.

Después de unos primeros años de democracia con mucha experimentación y ciertas dosis de locura, de los que seguramente la Movida Madrileña constituye el principal icono, en los noventa cuajó una cultura más sólida, con unos objetivos más definidos y con las cabezas más centradas. “Teníamos ya las cosas más claras”, afirma el historiador y cronista oficial de la provincia, Antonio Herrera Casado, que traza un recorrido década a década, desde unos años setenta en los que ya empieza a haber movimientos, pero en los que la cultura sigue emergiendo al calor de las instituciones franquistas, pasando por unos ochenta en que muchas de las iniciativas aún demostraban “dudas” y había aún cierto temor a hacer y decir ciertas cosas, hasta desembocar por fin en unos años noventa en los que, definitivamente, una generación de españoles –y de guadalajareños– se convence de que “se puede hacer de todo: lo que hacía falta era organizarse para ello”. A juicio del historiador y editor de Aache, “la democracia y la convivencia democrática se habían instalado por fin: en los noventa ya nos lo creímos”.

En aquellos tiempos la cultura de España cogió esencia y nos atrevimos con todo”, se reafirma Juan Garrido, que por entonces presidía la Casa de Andalucía e impulsaba el Club Siglo Futuro, la Fundación que preside. El mismo recuerda que en su trato por entonces con el Ministerio de Cultura se advertía “una señal en el modo en que nos escuchaban y estaban dispuestos a apoyar”. Como si en los despachos fuesen conscientes de que hacía falta atender al ímpetu de la sociedad civil por construir una nueva cultura para la democracia. Pero aun cuando fueron acontecimientos apoyados desde las instituciones, su impulso tiene un componente eminentemente social, porque los eventos que mejor trayectoria han acumulado, nacieron y crecieron gracias al empuje de la sociedad civil. “En los tres casos, su éxito hasta llegar a estos 25 años se ha debido a que no han sido tanto las instituciones como la gente quien ha estado al frente”, señala el periodista Juan Solo.

Blanca Calvo añade la semilla que germinó en los clubes de lectura, que despertaron las ganas de hacer cosas nuevas. Y no sólo estuvieron en el embrión del Maratón de Cuentos, tal vez su consecuencia más directa, sino en otras expresiones culturales que responden “a las mismas ganas de saber por saber, porque vas a la Universidad de Mayores o a los actos de Siglo Futuro y ves a mucha de la gente que ha participado en los clubes”. A su juicio, la mejor fórmula para recoger es sembrar, dejar que “la bola de nieve” vaya creciendo: “las iniciativas que tienen mejor suerte son las que empiezan de una manera modesta y van generando apetito y necesidad de invertir más”.

Pero si las instituciones y algunas iniciativas punteras allanaron el terreno para los grandes acontecimientos que estaban por venir, a juicio de Juan Garrido hubo otro gran motor al que hasta ahora no se ha prestado la atención merecida. “A principios de los noventa la cultura de Guadalajara se basaba exclusivamente en la cultura oficial, como el Patronato con sus conferencias en el Ateneo y alguna poca cosa que hacía Diputación, pero también hubo un movimiento que fue muy importante, el de las casas regionales, que para mí fue el germen de todo lo que vino después”.

Así, rememora que a finales de los ochenta e inicios de los noventa la ciudad experimentó “una eclosión de casas regionales muy activas, como la mayor de ellas, la Casa de Andalucía, con más de 500 socios, donde no nos dedicábamos sólo a juntarnos para dar palmas y beber vino”, sino que convocaba al público ante figuras de la literatura o del cante de la talla de Luis Rosales, Fernando Quiñones, Rafael Montesinos o Enrique Morente. En similar medida ocurría con las casas de Segovia, Asturias o Cantabria, que tenían su propia programación, una actividad hoy “injustamente olvidada”. El propio Garrido fue elegido por tercera vez en 1992 como presidente de la Casa de Andalucía. Los esfuerzos que hace treinta años llevaban a cabo las casas regionales confluyeron en buena parte en una misma dirección cuando se puso en pie el Club Siglo Futuro.

Los nombres propios

El periodista Juan Solo va un paso más allá en esta teoría relacionada con los vientos frescos llegados desde otras latitudes. Apunta una curiosidad que no le parece anecdótica: “hay un rasgo común en todos estos acontecimientos de los que estamos hablando, el Tenorio, el Maratón y Siglo Futuro. En todos hubo alguien que había llegado de fuera y que se integró en Guadalajara, impulsando estos proyectos: Juan Garrido era de Jaén; Blanca Calvo venía de Valladolid y de Mallorca; Fernando Borlán era de Zamora y Josefina Martínez, de Linares”. Fueron ellos los que tiraron del carro, “cada uno para su lado, y ¡de qué forma!”.

No sólo fueron el Maratón de Cuentos, el Tenorio Mendocino y Siglo Futuro. También por entonces el instituto Brianda de Mendoza llevaba varias temporadas en el aire a través de la emisora del instituto, Radio Arrebato, otra iniciativa fresca que al cabo de los años estaría vinculada a muchos otros proyectos culturales, como el Maratón de los Cuentos –que ha emitido desde su primera edición– o el festival Panal Rock, que en 2015 habría cumplido dos décadas y que, sin gozar de la continuidad de otros eventos, supuso un hito en el panorama musical, poniendo a Guadalajara en el mapa del movimiento independiente que por entonces se desperezaba en todo el país.

No es casual que hoy los estudios de esta radio de instituto tengan el nombre de Fernando Borlán. Detrás de este proyecto está el poeta y profesor del Brianda. “Fue un agitador cultural, estuvo detrás de Radio Arrebato, del Tenorio, del grupo Gens de teatro experimental, del Observatorio de Poesía…”, enumera el periodista Álvaro Nuño, actualmente director de esta radio y presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos, Alumnos y Profesores del Instituto de Bachillerato Brianda de Mendoza.

Lo dicen todos. También Llorente: “hubo algunas personalidades como Blanca Calvo y Fernando Borlán que fueron fundamentales. Borlán dinamizó el Brianda de Mendoza, con Radio Arrebato y con actividades de poesía que fueron un germen de los nuevos aires que vinieron a Guadalajara”. Y lo mismo Calvo, como alcaldesa pero también como motor de la actividad en la Biblioteca Pública, entonces en el Infantado. De hecho, ligados a estos dos nombres están ambos centros, el instituto y la biblioteca, convertidos desde entonces en dos de los focos culturales más potentes de la ciudad, que no sólo han alumbrado algunos de los grandes eventos, sino que también han mantenido en pie, temporada tras temporada, programaciones menos llamativas pero igualmente consistentes.

Para Calvo, al repasar los protagonismos del momento, hay un componente generacional, ya que aquellas iniciativas las llevaron a cabo personas de unos treinta o cuarenta y pico años. “El mundo es de los treintañeros, son quienes tienen la experiencia y la energía para hacer las cosas más difíciles, por eso es normal que siempre tengan el papel protagonista”.

Las personalidades fueron fundamentales”, subraya Juan Solo. “Desde luego que había un germen, pero hacían falta esas figuras que lo desarrollasen. Puedes tener unos ingredientes muy ricos, pero hace falta que haya un buen cocinero, un chef que diga que esto se combina así”. También Garrido recurre a un símil: “Se necesita un germen, pero también las personas adecuadas. Si tienes una obra en proyecto y tienes la parcela, pero no dispones de un arquitecto y unos albañiles, la obra no se hace”.

A aquellos delineantes no les faltó atrevimiento. “Te tienes que atrever a tirar para adelante, sin protagonismos y en los ratos que teníamos, porque estábamos trabajando”, asegura Garrido al pensar en Siglo Futuro. Un cierto descaro que comparte Calvo: “hay que tener la sensación de que todo es posible. Ese ambiente existía. Cuando uno pensaba en hacer una locura y veía que salía, abonaba el campo para la siguiente locura”.

La alcaldesa Calvo

A decir verdad, Calvo no era una protagonista cualquiera en 1992. Por las circunstancias políticas del momento, el grupo de IU de sólo tres concejales que ella encabezaba se encontró el año anterior con la Alcaldía. Desde esa posición, y a pesar de la inestabilidad de su minoría en el Pleno, tuvo capacidad para profundizar en los nuevos rumbos que tomaba la cultura local. A veces, para que la ciudad contase con algo tan básico como una Feria del Libro: “me parecía una lástima que Guadalajara no la tuviera y lo intentamos -rememora-, había que ofrecer cosas ilusionantes a los libreros para que participasen, cerrando sus librerías durante esos días: les evitamos el gasto del alquiler de las casetas, pero también organizamos un programa de festejos culturales en la plaza, el maratón de cuentos y, a la vez, un pasacalles que creo que ha sido uno de los momentos más mágicos que ha vivido Guadalajara, con personajes como Cervantes, piratas o las brujas de Roald Dahl que se incorporaban al recorrido desde la Concordia a la Plaza Mayor, con la Banda de Música”. Y así, lo que en su día surgió como atrezzo, acabó por convertirse en la propia obra de arte.

El historiador Herrera Casado se suma a la consideración hacia una serie de personalidades fundamentales en el surgimiento de este movimiento cultural, “gente con iniciativa” cuyo ímpetu cuajó en importantes acontecimientos. En su caso, prefiere no enumerar para no olvidarse de nadie, pero reserva un lugar especial a un guadalajareño en toda esta terna de forasteros. Javier Borobia: “él es un referente, aunque también él lo haya dicho alguna vez de mí, porque hay una admiración mutua y sin envidia”, bromea al hablar con cariño de un hombre de la cultura que participó de numerosas actividades y del que lamenta que su delicada salud le esté impidiendo seguir a pleno rendimiento.

El año en que todos los milagros parecen estar a la vuelta de la esquina no le faltan a Guadalajara, tanto a la capital como a la provincia, numerosos proyectos y promesas por cumplir”, escribía en un artículo de bienvenida a 1992 el entonces jefe de redacción del bisemanario Guadalajara Dos Mil, Augusto González Pradillo. Entre esos proyectos por cumplir, por entonces imposibles de anunciar, estarían las primeras conferencias de Siglo Futuro, los primeros cuentos del Maratón y los versos de Zorrilla. “El año recién nacido tiene mucho trabajo por delante…”, sentenciaba el periodista. Y fueron los Calvo, Borobia, Borlán, Garrido y compañía quienes mejor supieron leer aquellos mensajes entre líneas.

Hoy son estos mismos los nombres de una generación que, con su arrojo, responde al quién y el cómo de aquel ajetreo cultural, con manifestaciones culturales dispares pero a las que pareciera que el tiempo, con su justicia implacable, haya querido acabar reuniendo en una misma estampa conmemorativa. Tal vez fuese la que se dio en noviembre sobre el escenario del Teatro Moderno, en la última escena de la lectura dramatizada del Tenorio Mendocino. Allí, sobre las tablas, el público pudo ver a Blanca Calvo como el fantasma de doña Inés, a Juan Garrido como el espíritu del comendador y a Suárez de Puga como don Juan Tenorio. Allí ya no quedaba ni sombra de Marlon Brando.


Reportaje publicado inicialmente en el dossier del
número 10 impreso de Cultura EnGuada, especial de Invierno.