Los fantasmas del casco histórico

La llamada ‘Ruta de las Eras’ de la Asociación de Guías de Guadalajara y Amigos del Moderno mostró a sesenta participantes el patrimonio derruido o en ruinas del corazón de la ciudad. • El guía, Manuel Granado, fue crítico y exigió una política más cuidadosa con el casco.  Los desastres como el edificio Negro junto al Arco de San Gil, las muchas iglesias y palacios desaparecidos y las decisiones urbanísticas de los ayuntamientos en relación con el casco protagonizaron una cita que concienció también a favor de la reapertura del Moderno.  “El casco histórico está mas muerto que el cementerio”, protesta el presidente de los guías.


La ruta monumental por Guadalajara tiene dos caras: la que muestra lo que hay y la que recuerda lo que fue y ya no ha sido. La primera habla de la grandeza de los nombres del pasado arriacense como los Mendoza o la Condesa de la Vega del Pozo, y la segunda tiene por protagonistas a quienes, como el alcalde Antonio Lozano Viñés (es sólo el peor de los ejemplos), arrasaron con el patrimonio antiguo en favor de otros intereses que han dado al traste con el que pudo ser uno de los conjuntos históricos y artísticos más bellos del centro de España.

Esa sensación fue la que intentó transmitir este domingo el presidente de la Asociación de Guías Turísticos de Guadalajara, Manuel Granado, cicerone en un recorrido reivindicativo que organizó junto a la Asociación de Amigos del Moderno, en la llamada con cierta sorna Ruta de las Eras (por aquello de “este solar era…” y “este edificio era…”). Podría pensarse que sería una ruta por unos pocos solares y el rescate de la memoria de alguna iglesia olvidada. Nada de eso: la riqueza de edificios perdidos en esta esta ‘monumental’ ciudad fantasma es apabullante.

El itinerario se convirtió en cierto modo en un ‘vía crucis’ de los horrores perpetrados a lo largo de los años con el patrimonio del casco antiguo, barbaridades muy difíciles de justificar que pasaron ayer y que siguen pasando, denunció una y otra vez Granado, que advirtió desde el principio que no se iba a andar con elípsis en el discurso.

El símil con el vía crucis no es gratuito: la comitiva avanzó por un itinerario en torno al Teatro Moderno parando en diferentes lugares a modo de ‘estaciones’ para explicar el calvario que ha sufrido el casco antiguo a lo largo de los años.

En este rastro perdido que recupera este joven guía están tres iglesias mudéjares y otros tres tercios –como denomina a otras partes de templos–, dos sinagogas judías, numerosos palacios renacentistas de los que apenas queda ya el recuerdo, casonas castellanas derruidas día sí y día también, arquitecturas fuera de tono como el edificio negro o la sede de Rayet y mobiliario que discute, más que integrarse, con el centro histórico, como ocurre con las farolas de la plaza Mayor… Todo esto sólo en un paseo en torno al céntrico teatro, sin llevar los pasos hacia otros desastres urbanísticos calle Mayor abajo y culminar, por ejemplo, en el Alcázar en ruinas. Por esta ‘Ruta de las Eras’ van quedando sombras de teatros y cines históricos y muchas preguntas: ¿pueden las administraciones hacer más por evitar este desmantelamiento del patrimonio histórico? ¿Tiene algo que ver todo esto con la revitalización del centro? Granado sufre una incontinencia verbal que le impide callar lo que, con criterio experto, observa en una ciudad a la que, a pesar de su juventud, tiene un aprecio a la altura de los más viejos del lugar.

Primera parada: Ateneo y Teatro Moderno

Ante una comitiva de unos sesenta guadalajareños, la ruta arrancó en el epicentro de las protestas de Amigos del Moderno, el teatro propiedad de la consejería de Cultura que está cerrado desde junio del año pasado. Granado explicó que el Ateneo Instructivo del Obrero, ahora llamado Ateneo Municipal, data de finales del siglo XIX, que tenía una doble función cultural y cooperativa para sus socios, y que, a pesar de la expropiación forzosa a sus propietarios, los cambios de usos y el paso de los años, “el edificio ha seguido manteniendo su sabor”. Del Teatro Moderno apenas hubo que decir nada que no se haya dicho ya, aunque Granado destacó que el edficio “ha mantenido el nudo asociativo”. Ambos edificios, entrelazados y de futuros inciertos, representan perfectamente el punto de encuentro entre un pasado de desapariciones y un presente de amenazas que el guía irá señalando con el dedo a lo largo del paseo.

Segunda parada: Plaza de San Esteban

La Plaza de San Esteban está en el corazón del casco antiguo guadalajareño y representa como pocas los ejemplos de “la triste historia de nuestra ciudad y nuestro patrimonio” a lo largo de las décadas, pero también en los tiempos más recientes, ha sufrido la ciudad.

Esta plaza estaba cerrada en sus cuatro costados por edificios monumentales, dos iglesias y varios palacetes de los que sólo queda en pie uno. El último en ser derribado, hace apenas dos años, fue el Palacio de los Vizcondes de Palazuelo del siglo XVI, de estilo similar al Palacio de Antonio de Mendoza (Liceo Caracense), a pesar de los informes contrarios de Patrimonio y en una decisión en la que Granado acusa al Ayuntamiento de haber querido beneficiar al propietario, de una conocida familia de la ciudad, por encima del interés patrimonial.

También había aquí una de las 14 parroquias que hubo en la ciudad y una de las más de una decena de iglesias mudéjares de la ciudad, de las que sólo quedan en pie dos ejemplos, la de Santiago y la Concatedral -que no fue mezquita- y otros "tres tercios" de templos). Sale en esta parada a relucir el nombre del alcalde Lozano Viñés, que “se cargó el casco histórico” en los últimos años de la dictadura con polémicas decisiones como acabar con las casas tradicionales que había en la propia Cuesta de Calderón o, ya en otra zona más alejada, el Palacio de los Condes de Priego.

Queda una ligera huella de la iglesia de san Esteban, que da nombre a la plaza, en los edificios de uno de los laterales, precisamente junto al Ateneo, donde se ubica un establecimiento hostelero que mantiene “la antigua estructura de gran nave” que tuviera el templo.

Casi como una reliquia que sobrevive contra la inercia de los desastres urbanísticos, sigue todavía en pie en esta misma plaza el palacio de los Medina, durante años sede de la Junta de Castilla-La Mancha, ahora con un enorme cartelón que anuncia su venta. Granado advierte: el edificio, a pesar del valor que la ciudadanía conoce por sus visitas a la que fuera sede institucional, puede ser derribado en cualquier momento porque no goza de ningún tipo de protección. Sólo el escudo y la portada principal. La mayor novedad es que sus usos han sido ampliados, por ejemplo hoteleros. Un nuevo propietario podría, si así lo quisiese, destruir el peculiar patio del palacio que salvara (cosas de herencias) el conde de Romanones. La historia de las desapariciones en San Esteban podría continuar.

Tercera parada: los juzgados

De entre las sombras del patrimonio desaparecido de las calles emerge en este nueva parada, junto a los Juzgados, el fantasma de Francisco Franco, cuya estatua estuvo a unos pasos de allí, entre la parte posterior del palacio provincial de Diputación y frente a dos colegios religiosos. “Es patrimonio y se debe conservar”, defiende Granado, que matiza: “Lo que no debe es estar presidiendo zonas públicas”. La estatua del dictador, por cierto, fue levantada después de que muriese, en 1977, por suscripción popular.

El edificio de los juzgados se levantó sin guardar precisamente decoro en las formas y alturas con el entorno del casco antiguo. Donde ahora se ve esta mole de nueve alturas hubo también un monumento: el Palacio de la Bastida. También hubo la mayor de dos sinagogas de la ciudad (la otra se ubica en el actual Convento de la Piedad, pero fue derribada para construir un palacio y, después, el edificio religioso).

En este punto, los alrededores están llenos de ‘sombras’: en la Cuesta de San Miguel hubo una iglesia que tenía ese mismo nombre y a la que estaba anexionada la Capilla de Luis de Lucena, que sobrevive gracias a los frescos que atesora: “Si no, tal vez tampoco estaría en pie”.

No todo está por los suelos: sigue en uno de los rincones el Palacio de la vizcondesa de Jorbalán (actual colegio de los Maristas), levantada por uno de los más prestigiosos arquitectos de hace un siglo, Ricardo Vázquez Bosco, autor también del conjunto de Adoratrices.

Cuarta parada: Plaza de la Diputación

La siguiente parada fue junto a la estatua del cronista Layna Serrano, al que el guía elogió, y junto a la sede de la Diputción, emplazamiento en el que estuvo la iglesia mudéjar de San Ginés, que al perder su uso de parroquia con la desamortización fue derribada: sus piedras fueron usadas para la muralla del Fuerte de San Francisco en las guerras carlistas. Como parroquia fue trasladada a la plaza de Santo domingo donde sigue ahora y donde, por cierto, estaba (recuerden, estamos en la ruta de “las eras”) el convento de Santo Domingo: la iglesia se cede para uso de la parroquia de San Ginés y la parte conventual se cede a los Ingenieros del Ejército, detalló Granado.

El edificio de la Diputación también forma parte de este juego de apariciones y desapariciones de emplazamientos, porque anteriormente estuvo en el conjunto del renacentista Palacio de Antonio de Mendoza y el Convento de La Piedad, que ha sido a lo largo de los años también museo, biblioteca y actualmente instituto.

Esta plaza tiene más espectros: donde ahora hay un edificio moderno con un enorme aparcamiento estuvieron antes el Coliseo Luengo (del que Granado recordó que Montserrat Caballé lamentó su cierre porque allí había encontrado una de las mejores acústicas de todo el país para su canto) y, antes, el Convento de la Concepción, más tarde convento de los Paúles, levantado por nada menos que el prestigioso arquitecto renacentista Covarrubias.

Quinta parada: Calle Mayor

Hay edificios que desaparecen para siempre y otros que parecieran querer renacer de entre las cenizas, como los arranques encontrados de la Puerta del Mercado, una de las cinco medievales que hubo en la ciudad y que daba entrada a la ciudad por el extremo sur de la calle Mayor. Estas ruinas están situadas en los bajos de un edificio de la plaza de Santo Domingo con dos oficinas bancarias.

La bocacalle en la que se hizo esta parada sirvió para que el guía ilustrase sobre algunos derribos que podrían estar por venir, por ejemplo dos casonas, cuando una de ellas resultaría “un buen candidato para restaurarse como un hotel, que por ejemplo no tenemos en Guadalajara ninguno de cuatro estrellas con encanto en el casco histórico de la ciudad”.

De camino a la siguiente parada, la comitiva pasó por delante del enorme agujero abierto en el edificio donde además se exhibía el mural de Bosch en homenaje a la Constitución Española y que fue derribado este verano. Tampoco esta obra artística al aire libre estaba protegida ni su destrucción fue paralizada a tiempo, recordó Granado.

El presidente de los guías provinciales se queja de que el centro no goce de la declaración de conjunto histórico artístico: “Si fuese así, el Ayuntamiento podría restaurar cualquier edificio y pasarle luego la factura al propietario”. Lo que no quita, dice Granado, que los administradores locales no hagan algo más al margen de las obligaciones que marcan sus competencias por sentirse “moralmente inclinados a hacerlo”.

Sexta parada: el Jardinillo

La muy céntrica plaza del Jardinillo es una de las más ricas en patrimonio desaparecido. Dos emplazamientos (el edificio del Banco de España y el punto donde ahora hay un BBVA) abrigaron el teatro Liceo, que es historia, como también lo es el Palacio de los Bedoya. Se mantienen algunos elementos cuidados de una casona renacentista de los Mendoza en el edificio de la cafetería Minaya, que una vez más está sin proteger, “aunque se conserva muy bien el patio como ejemplo de esta arquitectura”.

Hay, además, algunas muestras de arquitectura poco decorosa, una vez más, como la que fuera sede de Caja de Guadalajara y es actual sede de la Junta: “El edificio no pega donde está, aunque no sea tan feo como el de Rayet”, ironizó Granado. Otro elemento que desentona claramente, en su opinión, es el quiosco de prensa negro “delante del barroco” de la fachada de San Nicolás; o las farolas posmodernas que han sustituido a las fernandinas: “También el mobiliario es importante, no sólo los monumentos, y en este caso es horroroso”.

Séptima parada: Plaza Mayor

Toda la plaza Mayor, construida en el siglo XVI, estaba cerrada por edificios con solera de los que no queda rastro. Hay, incluso, algún enorme solar que recuerda las ausencias con su tierra al raso. Hubo un arco a la altura de la entrada a la plaza por la ubicación de la pastelería Campoamor, derribado para dejar paso al tráfico rodado por la calle Mayor. Hubo casonas nobiliarias y casas con sabor castellano de las que al menos alguna reciente construcción, como los edificios rosas frente a la casa consistorial, guardan cierto acomodo.

Granado explicó el estilo “ecléctico de principios del siglo XX” del Consistorio, que no llega a ser neoclásico; volvió a criticar el diseño de la plaza (como en el Jardinillo, asegurando que están hechas para “el tránsito” y no para su habitabilidad, "no para quedarsse") y recordó que durante las obras del párking subterráneo aparecieron importantes restos arqueológicos que no fueron tratados con el debido respeto: “Se lo han ventilado todo, era más importante seguir con este parking para que Gestesa venda sus pisos con aparcamiento”.

Muy cerca de allí se encuentra también la casa del fotógrafo Tomás Camarillo, derribada y que considera que “se podría haber defendido”, tanto por su estilo tradicional como por la importancia de la figura que la habitó. “En Guadalajara no nos gusta guardar nuestras esencias”, protestó.

Octava parada: Plaza del Concejo

La plaza del concejo, recordó Granado, fue “una de las más bonitas que había a principios del siglo XX y es ahora una de las más horrorosas del siglo XXI”, dijo en alusión obvia al enorme edificio negro junto a las empequeñecidas reminiscencias de la iglesia con el Arco de San Gil. Una vez más, el edificio negro lleva el visto bueno del alcalde Lozano Viñés, que no mostró desde luego visión de futuro ni buen gusto para modernizar la ciudad, como pretendía. Basado en diseños nórdicos, el edifico está fuera de contexto por su inmensidad y su estilo: “el constructor pidió disculpas después de hacerlo”, dijo en serio el guía de esta peculiar ruta.

Ahora hay un arco de aspecto muy renovado en esta plaza donde apenas quedan restos del presbiterio de una iglesia que contaba con “un arco de herradura que daba acceso a la iglesia” y que es comparable al de la concatedral y que contó con una impresionante Capilla de Orozco que hoy también ha desaparecido.

La plaza del Concejo es así llamada porque era escenario de las reuniones de los notables de la ciudad para discutir los asuntos locales. También en esta visita fue lugar para el debate entre los asistentes a esta ruta guiada. Uno de ellos, de origen gallego, comentó que ha advertido que “nadie habla bien de Guadalajara, sobre todo cuando se compara con otras ciudades”. Y Granado aseguró que esta sensación de que no hay un patrimonio digno en la ciudad profundiza en un peligroso círculo vicioso: “Si dices que no hay nada, el Ayuntamiento tiene potestad para seguir destruyendo. Pero todavía tenemos mucho que enseñar”, reivindicó.

“Hasta 1998, en Alcalá daba pena pasear”. Fue entonces, con el indudable impulso de de la declaración de Patrimonio de la Humanidad, cuando el trabajo conjunto se notó en cada detalle de las calles del centro. Guadalajara, asegura el guía, mantiene un sentido inverso: “Hoy el casco histórico está más muerto que el cementerio”. E ironizó con la comparación entre Bardales en Guadalajara y cualquier calle con ambiente en otras ciudades, caso de la calle Laurel de Logroño o la propia calle Mayor de Alcalá.

Nueva parada: Cine Imperio

Ha sido uno de los últimos en caer: el cine Imperio, que proyectaba películas hace apenas veinte años, cerró, quedó en el olvido y hace unas semanas fue objeto de derribo, quedando apenas una fachada afeada ahora por un parche en el muro y con los letreros descabalgados de la pared.

Granado recordó que este cine fue el popular, frente al más elitista del Liceo, y criticó los planes que habría para hacer una gran plaza con la actual, más recogida, que ahora se prolongaría hasta la parte posterior de la iglesia de San Nicolás: “Se pierden las esencias del casco antiguo, es lo que también está ocurriendo en el Eje Cultural”, juzgó de nuevo.

El derribo del Imperio deja ahora como único superviviente físico de la cultura popular en el centro al conjunto del Ateneo y el Moderno: “es lo único que seguimos manteniendo para que el centro siga latiendo”.

En ese mismo punto aprovechó el guía también para llamar la atención sobre un sencillo edificio, donde se ha asentado recientemente el pub Pi, y que representa por su altura, su color y el tipo de balconadas el modelo perfecto de casa tradicional castellana. Pero, como edificio normal y desprotegido, también podría ir al suelo en cualquier momento.

Décima parada: Mirada al futuro

“Queremos seguir conservando nuestro patrimonio”, aseguró al final de la ruta, de nuevo de vuelta al Moderno, el secretario de la asociación Amigos del Moderno, Isra Calzado. El mensaje continuo de Granado fue en la misma dirección. Las malas prácticas del pasado como ejemplo de lo que no debería volver a suceder para tener un casco antiguo conservado y que sirva como palanca para revitalizar la vida en el centro.

“¿Por qué nos gusta pasear por Cuenca o por Alcalá de Henares? Tienen un patrimonio bien cuidado, no sólo su catedral y su universidad [dijo en referencia a la ciudad cervantina], sino todo el casco histórico. Es tan importante el monumento como las casas”, se preguntó y se respondió Granado. Y aquí dio un paso al frente para pronunciarse sobre el llamado Eje Cultural: “¿De qué sirve tener un paseo de la cultura si los monumentos son islas y se derriban casas solariegas?”, se preguntó.