Tres sesiones de cuentos y un ‘recital y tal’

El rapero Chojin contó la historia del hip-hop y rimó siete composiciones en el Festival de Narrativa Oral, con numeroso público joven. • La tarde la abrió un cuentacuentos puro, Ignasi Potrony, con seis relatos extraordinarios.  El gigante costamarfileño Adama Adepoju desbordó de alegría el Liceo Caracense con sus historias de agua y Michèle Nguyen conmovió con su historia de una infancia especial.


Este mundo está repleto de desgracias que nos hacen más fuertes: un ‘carasucia’ que acaba siendo estrella del rap, una niña ‘diferente’ que pugna por salir adelante en un mundo asfixiante, unos designios de la madre naturaleza que ponen a prueba a la comunidad o unos reinos animales que muestran la cara más cruel de unos individuos con aires de habitantes de un olimpo puro donde reina la ley del instinto.

Resulta casi imposible buscar otro denominador común para un Festival de Narración Oral que, en el marco del Maratón de Cuentos, presentó a cuatro nombres tan variopintos –en acentos, raíces y estilos– como el narrador catalán Ignasi Potrony, el africano Adama Adepoju con su replicante español Carles García, la delicada francesa Michèle Nguyen y el rapero torrejonero El Chojin. Pero todos, algunos de forma más directa, otros con circunloquios bien recibidos por el auditorio, hablaron de diversidad, de respeto al diferente, de derribo de barreras psicológicas y de la necesidad de cooperar frente a la ley del más fuerte que impera en el barrio como en la selva.

Cerró El Chojín, ante numeroso público juvenil en la última de las cuatro horas de sesión ininterrumpida –por segundo año consecutivo en el Liceo Caracense, ante el cierre del Teatro Moderno–. Todas las sesiones tuvieron abundante público (la primera se hizo bajo techo, para evitar la solanera) y supuso un recorrido por la tradición oral desde las narrativas más tradiciones de Europa y de África hasta las fórmulas más avanzadas, de la teatralización al rap.

LAS HISTORIAS INCREÍBLES DE IGNASI POTRONY

Potrony tiró de oficio, muchísimo, para contar media docena de historias de corte clásico pero con un estilo propio en el que destaca el modo en que modula la voz, se sirve de onomatopeyas, acelera y frena la cadencia del relato y busca la complicidad del público, con continuos y divertidos apartes ‘aclaratorios’, hasta tratarlo como al niño que lleva dentro para que participe y se fascine, pero sin rebajar para ello su perspicacia.

Sin apenas moverse de su asiento, iluminado tenuemente y rodeado de una oscura tiniebla que permitía dibujar en el escenario los paisajes de sus palabras, empezó dando cuenta el narrador catalán del caprichoso orden natural de las cosas, un relato increíble que gracias a este contador el público alcarreño pudo saber que es cierto.

Son las suyas historias increíbles a las que su capacidad de persuasión conceden la veracidad necesaria, gracias casi siempre al golpe maestro que deja en la última frase. Ocurre cuando explica lo que aconteció a un campesino chino que trajo de la ciudad un espejo para su mujer, o cuando nos hace ver lo desatinada que ha acabado por ser la historia de la resurrección de Jesús después de que los hechos ciertos pasasen de boca en boca.

Fue fabulosa la aventura japonesa de un joven esmirriado que, al no poder dedicarse a las labores del campo, se busca un camino como aprendiz de dibujante… al cabo cae en un monasterio abandonado, tomado por un espíritu maligno… el pequeño individuo acaba por “encontrar un lugar a su medida” –de nuevo la supervivencia, también, del menos fuerte– y queda aclarada la costumbre nipona de dibujar un gato a la entrada de las casas para ahuyentar los espíritus.

Contó con un estilo rítmico un cuento de los Hermanos Grimm un tanto manipulado, como confesó de inicio, en el que las frases caían como una sucesión de imágenes. Y acabó con un cuento extraordinario de un chaval condenado a vivir diferentes historias, cada vez como un animal diferente, por el anciano que le contó un cuento y le reclamaba un modo de pagarlo.

LA DANZA DEL AGUA DE ADAMA ADEPOJU

Adama Adepoju es tal vez el descubrimiento de la temporada en la narrativa oral en Guadalajara. Este gigante costamarfileño, aunque afincado en Francia, regresaba este sábado a Guadalajara, donde ya protagonizó una sesión en los Viernes de los Cuentos, y volvía a presentar parte de aquel repertorio con tres piezas en las que el conocido Carles García Domingo le da la réplica aportando todavía más matices a los relatos, en vez de entorpecer la traducción. “Dice que soy su alter ego, aunque más pequeño y descolorido”, arrancaron ambos sobre el escenario.

Adama Adepoju es un ‘taxi-conteur’, algo así como un taxista parlanchín que sube al público a su vehículo y le comienza a contar historias inspiradas en su país africano. Empezó con un divertidísimo relato sobre los orígenes del mundo, cuando hombres y mujeres vivían separados y, poco a poco, fueron tomando contacto y estableciendo vínculos no siempre bien avenidos.

En las historias de este gigante negro casi todos los personajes están condenados al entendimiento. La diferencia nunca es un obstáculo para salir adelante, incluso en el amor entre una muchacha y un hipopótamo. Les pasa también a los irreconciliables bandos del reino animal que quedan convocados a la asamblea por el rey león para ver el modo en que pueden acabar con su falta de agua. De la escasez inicial del relato pasa el público a sumergirse en un lago donde la araña demuestra su inteligencia y la hiena su avaricia a la hora de robar un agua que se les había negado por alinearse con el partido del centro, es decir, los que nunca se mojan. El público dio palmas, coreó las canciones africanas de Adama y acabó participando del éxtasis tropical en que convierte el contador africano sus espléndidas sesiones.

LA DELICADEZA DE NGUYEN

Con raíces y un sello igualmente personal contó la siguiente narradora, la francesa Michéle Nguyen, en su caso con un relato continuado que duró toda la sesión en el que narró la historia de una niña diferente, inmigrante –se supone que en Francia– de una familia de origen vietnamita, algo especial por sus rasgos pero también por su carácter, asfixiada en un mundo donde sus ensoñaciones y su amor por Ismael quedan siempre subyugadas por la pesada presencia de la abuela.

Se hace acompañar Nguyen de una marioneta que lee el libro donde está escrita la historia de esta pequeña, pero se convierte ella misma en el personaje. Es la suya una forma de contar totalmente tomada por el teatro, pausada y delicada, en un excelente castellano. Prolonga los silencios para sobrecoger, canta una nana o salta literalmente de alegría. Consigue transmitir la mentalidad infantil, a veces contradictoria, su inocencia y su dulzura, pero también su crueldad. El final es estremecedor: tras una ansiada huida del lugar, cuando la niña, tiempo después, regresa a su ciudad, la abuela ya ha muerto queda al descubierto que nada era como parecía. Todo ha cambiado. Madurar es, a veces, recibir un golpe tremendo que nos cambia el sentido. Incluso cuando el desenlace tiene la fortuna de hacernos sentir dichosos, como a la protagonista del cuento.

EL CHOJÍN, ‘HISTORIA VIVA’ DEL RAP

Era cabeza de cartel, como en los conciertos, pero esta vez el rapero El Chojín desnudaría sus mensajes para ofrecer sólo la letra, sin música. Reconoció al principio que no sabía muy bien a qué había venido, pero al final demostró su labia, contó rimando y narrando y se mostró tremendamentre agradecido porque un festival del prestigio del arriacense contase con un rapero, en un gesto que entendió como un reconocimiento al rap: “Me emociona que me llamen para cosas como ésta”.

La primera parte de su intervención en el Liceo Caracense fue un recital de poesía urbana. Rimó para presentarse, remontándose a los tiempos en que para el resto de niños era un “carasucia” por su tez morena, mestizaje por vía genética que le hizo la vida más difícil porque le enfrentó al racismo y le hizo ver las connotaciones negativas de todo lo que no fuese estrictamente blanco. Por ahí fueron los tiros de sus siguientes composiciones, en tono reivindicativo –ya decimos: rap sin música–, un alegato tras otro contra las barreras psicológicas que alimentan la xenofobia, las contradicciones absurdas en que todos caemos –trampas del sistema– o las mentiras de la clase política (¿la casta?). “Me acusan de ser radical / pero digo la verdad”, rimó y reivindicó el rapero torrejonero.

La segunda parte de su intervención fue una historia del rap. Narrada de una forma que pareciera inicialmente deslabazada, dibujando diversos cuadros –el racismo en USA de los cincuenta, con el famoso episodio de Rosa Parks; la generación casi espontánea del rap en el Bronx en los años sesenta; o cómo se hizo el primer grafiti– todo acabó formando un fresco para expresar no sólo la estética que, desde sus raíces, tiene este movimiento musical ligado tradicionalmente a los barrios marginales, sino sobre todo su filosofía: reforzar la autoestima del chaval en un mundo en el que nadie espera a menudo nada de él.

La lección fue precisa y también entretenida. Rió mucho el auditorio con las anécdotas de la no siempre ortodoxa importación de este sonido en España, con letras pandilleras de mensajes huecos. Todo el compendio de historias desembocaban en una moraleja: la lucha por hacer el rap más respetable e interesante. Porque más allá de preferencias artísticas, tiene algo que decir: “baja la ventanilla / esa es mi vida: / ¿cómo me iba a quedar / sin material para mis rimas?”, rapeó para rematar. Por contar estas historias de barrio el rap entró en el Maratón de Cuentos precisamente por la puerta grande: el Festival de Narración Oral.


Fotos: R.M.