De la férrea voluntad de la nieve

 Para A., el hijo del molinero.

Para mi madre, siempre inspiradora. 

El pueblo en el que transcurre esta historia es pequeño, apenas ciento cincuenta habitantes. Las casas que lo conforman están enroscadas en una colina, hombro con hombro cada casa. Las calles empinan sus laderas y pacientes llegan hasta la iglesia, que ocupa casi el punto más alto, y digo casi porque junto a la iglesia, por detrás del pilón, caracolea una senda que trepa una pequeña colina, este chichón que le salió al pueblo acaba coronado por la Torre del Reloj, ahora sí, el punto más alto del pueblo. Desde aquí la vista es hermosa. Sentado a la puerta de la Torre del Reloj, y mirando hacia la izquierda, uno puede seguir el río que vertebra el valle, la zona de los huertos más cerca del pueblo, los campos de trigo algo más allá, los huertos de madera con sus altos chopos más lejos y, al final del valle, el pueblo vecino. Allí, el río dibuja una curva y se enreda por roquedales hasta perderse de vista. En toda esta extensión, entre un pueblo y otro, sólo hay una edificación que señala la frontera que limita huertos y trigales, se trata del molino.

No estaba lejos el molino, apenas a un kilómetro de las primeras casas. En verano los chiquillos jugábamos en el ejido, en la falda del pueblo, con barcos de pizorra; volaban esos barquitos sobre el agua ligera del regato, algunos quedaban atrapados en ramas, otros encallados en la arena o en las plantas que se bebían el río, pero muchos navegaban veloces y nosotros corríamos junto a ellos hasta el lavadero, allí hacíamos un alto para escuchar a las mujeres contando historias y chascarrillos, aunque en seguida alguna nos salpicaba con el agua o nos decía alguna broma chusca que nos hacía seguir con nuestros barcos de pizorra corriente abajo, y así llegábamos hasta el molino.

Más allá de aquel punto no podíamos pasar sin pedir permiso a las familias y era, por tanto, el final de nuestras carreras de barcos. Con los pies en el agua nos sentábamos a mirar cómo giraba la noria y oíamos crujir la maquinaria trabajando dentro en las tripas del edificio. A veces el hijo del molinero salía de su casa y nos invitaba a pasar para ver cómo la piedra se tragaba el cereal y lo escupía convertido en harina. Su padre, siempre cubierto de una aureola blanquecina, acarreaba sacos o manejaba el cernedor o andaba de un lado para otro dentro del molino como un capitán en un barco que estuviera en una mar picada. Y algo de eso había en los días últimos de verano, cuando el trigo agostado cabeceaba en grandes olas por el viento frío del atardecer mientras la maquinaria crujía en el molino.

Los días de verano corrían como nuestros barcos de pizorra y pronto llegaba el frío y la escuela abría sus puertas. Don Valentín, el maestro, nos acogía como al hijo pródigo al que hubiera que alimentar de un hambre de meses y cuidar tras un largo viaje lleno de peligros y aventuras. La cura de don Valentín comenzaba el primer día de escuela con premura: igual que se abrían las puertas de la escuela se abrían los libros y sus arcanos y pronto nos encontrábamos navegando por cuentas y letras, por saberes de la naturaleza y los hombres, por filosofías e historias... Alimentaba don Valentín nuestras almas con vehemencia y sabiduría, sin cesar. Nosotros, en algún momento de descanso, mirábamos a través de los grandes ventanales de la escuela y veíamos a los cuervos posados en los árboles desnudos: a veces parecía que quisieran aprenderse la lección y otras veces una mueca como de desprecio asomaba a sus picos justo antes de decir ¡cras! ¡cras! y alzar el vuelo. Más allá de los árboles el valle, con los huertos en barbecho y desnudo de trigo, acogía una mañana tras otra al perseverante hielo.

El hijo del molinero venía todos los días desde el molino hasta la escuela, casi siempre hacía el camino solo; algunas veces, a causa de algún recado madrugador en el pueblo, lo acompañaban su padre o su madre, en estas ocasiones podía suceder que si había suerte viniese montado en la mula. En septiembre y octubre el camino entre el molino y la escuela podía resultar un agradable paseo, pero a partir de noviembre el hijo del molinero salía de casa cuando la mañana todavía era noche y el hielo lanzaba su manto de alfileres por todo el valle. El resto de chiquillos del pueblo solíamos esperarle en la Plaza de Abajo, donde estaba el teléfono del pueblo, allí moría el camino que venía del molino. Luego, todos juntos, íbamos a escuela. A veces nos cruzábamos con la cabrera que llevaba al rebaño hasta los barbechos del valle para que las cabras le rasuraran bien las barbas al campo y lo dejaran abonado. El hijo de la cabrera solía pararse para acariciar a Nuca, la perra, y luego nos alcanzaba corriendo.

A don Valentín le gustaba que viniéramos todos juntos aunque a veces llegáramos algo tarde, sobre todo si nos entreteníamos por el camino con algún enredo: un nido caído, una camisa de serpiente, algún vecino con algo que contarnos... Él iba preparando la clase, encendía la estufa de carbón y arremolinaba los pupitres para que todos pudiéramos aprovechar el calor, escribía la fecha en la pizarra y se sentaba a releer algunos versos que luego nos haría memorizar con pasión. A todos nos quería don Valentín, y a todos nos hacía estudiar con denodado empeño. Pero entre nosotros había uno que descollaba sobre el resto, se trataba del hijo del molinero.

A estas alturas del cuento todavía no he dicho su nombre, y quizás ya vaya siendo hora si, como parece, va a ser el protagonista de esta historia. O quizás no sea un dato relevante. Lo cierto es que el hijo del molinero era un buen estudiante, aplicado, listo y perseverante. Don Valentín le ponía más tareas y más difíciles que al resto, le acompañaba en sus razonamientos, le reprendía con cariño cuando se despistaba y premiaba con una sonrisa orgullosa cada acierto. El resto de muchachos también seguíamos con interés los progresos del hijo del molinero y tratábamos de ayudar en lo que podíamos. Sentíamos orgullo porque era uno de los nuestros, pero también sentíamos algo de lástima por las responsabilidades que él asumía y que delineaban sus días incluso en verano, pues el hijo del molinero tenía tantos libros que leer, tantos cuadernillos que estudiar, tantas tareas que hacer, que en verano sólo lo veíamos cuando llevábamos hasta allí nuestros barcos de pizorra.


El hijo del molinero era para nosotros, nuestras familias y, en general, para todos los habitantes de este pequeño pueblo, un sueño hecho carne y hueso. La idea de que alguno de nosotros pudiera salir de este pueblo, de este valle y llegar hasta la capital con una beca para seguir estudiando y ser algún día más que un labrador o un cabrero era algo que obsesionaba a nuestra gente desde hacía generaciones. Por eso todo el pueblo observaba con suma atención, casi como aguantando la respiración, cada logro que el hijo del molinero conseguía. Y él lo agradecía del único modo que sabía: hincando los codos e inclinando con más y más tesón la cabeza sobre los libros.

Por fin, tras años de estudio y desvelos, un día llegó una carta en la que se informaba a don Valentín de que el último día de escuela en diciembre un inspector venido desde la capital examinaría al hijo del molinero para valorar su incorporación o no en el programa nacional de becas. La noticia causó un revuelo sordo en el pueblo, como cuando una piedra cae en medio del estanque y las ondas remecen en silencio toda el agua. Aquella noche en cada casa, cerca del fuego, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, cuchichearon agitados sobre la importancia de aquella visita. Sólo en el hogar de los molineros nada se comentó y aquella fue una noche como todas las noches: el padre en silencio miraba eclipsado a la lumbre mientras la madre limpiaba garbanzos y el hijo, sentado junto al fuego, estudiaba sus libros.

A la mañana siguiente, y faltando aún tres semanas para la llegada del inspector, las fuerzas vivas del lugar disputaron sobre cuál de ellas tendría el honor de alojar en su casa al visitante: el cura apelaba a la voluntad divina, el alcalde a la voluntad del pueblo y el coronel en la reserva, a su propia voluntad. Parece ser que esta última fue suficiente para imponerse a las otras dos y ese mismo día comenzaron los preparativos en la casa del viejo militar para que todo estuviera listo en la fecha señalada.

El penúltimo día de escuela antes de las vacaciones de Navidad llegó el inspector. Era un día oscuro y frío, el último del otoño aunque bien podría haber sido el primero del invierno. Don Valentín recibió al inspector con sus mejores galas, lo invitó a pasar al aula y lo acompañó caminando entre los pupitres, haciendo observaciones a nuestros cuadernos, comentando los mapas de las paredes, mostrando los libros de nuestros atados, pidiéndonos que contestáramos a algunas preguntas o que recitáramos algunos versos. Ambos se detuvieron junto al hijo del molinero, y fue en ese momento cuando oímos hablar por primera vez al inspector: “muchacho, tu maestro habla maravillas de ti, mañana veremos cuánto de verdad hay en todo eso que cuenta”. Tras esto, don Valentín lo acompañó a la puerta de la escuela donde el viejo coronel lo estaba esperando para llevarlo hasta su casa.

Cuando salimos de la escuela todos acompañamos al hijo del molinero hasta la Plaza de Abajo y nos quedamos mirando cómo se adentraba en el valle: sólo una candela en la ventana alta del molino señalaba la dirección que debía tomar el muchacho, lo demás era oscuridad, una oscuridad de una negrura feroz. El viento frío, apresado entre las nubes bajas y las laderas del valle aullaba feroz y entraba en el pueblo como un puñetazo, golpeando a cada ráfaga en nuestras caras. Estuvimos un rato mirando hacia la noche, pensando que tal vez el hijo del molinero no se atrevería a seguir y desanduviera sus pasos, esperándole. Pero cuando la Torre del Reloj dio la media vimos cómo la candela de la ventana alta del molino desaparecía y supimos que había llegado a casa. Entonces, como si de una señal se tratara, salimos todos corriendo cada uno hacia su casa tratando de quitarnos el frío que se nos había agarrado en el tuétano de los huesos.

En un momento de la noche el viento dejó de golpear puertas y ventanas y las casas pudieron por fin cerrar los ojos. Cuando a la mañana siguiente los habitantes del pequeño pueblo fueron despertando y miraron afuera vieron, sorprendidos, que la primera nevada del invierno había llegado. Y ésta era una demostración de poderío, no se había limitado a pintar de blanco los tejados anticipando un invierno de nevadas, no, aquella nevada era colosal, no menos de un metro de nieve cubría al pueblo y al valle.

La chiquillería salió a hollar el nuevo país y a jugar con la nieve. Luego volvió al calor de los hogares a desayunar, cambiarse las prendas empapadas y marchar a la escuela, al fin y al cabo era el último día de colegio antes de las vacaciones navideñas.

Los criados del coronel habían limpiado un camino en la nieve que llevaba desde la casa del viejo militar hasta la iglesia y de ahí toda la bajada hasta la escuela. Esa era la única forma de conseguir que el inspector pudiera llegar al colegio. Los muchachos aprovechamos ese camino para ir también a clase, y solo al llegar a la Plaza de Abajo nos dimos cuenta de que por mucho que esperáramos hoy el hijo del molinero no podría venir, la nieve del valle, de una blancura insultante, se presentaba a nuestra vista como un mar en el que cualquier barco de pizorra naufragaría. Hoy era acaso el día más importante de nuestro pueblo en años, y el hijo del molinero, el gran protagonista, iba a faltar a su propio baile.

Durante unos breves instantes deliberamos, parecía imposible que nadie hubiera caído en la cuenta de esta situación y que ningún adulto hubiera tomado cartas en el asunto. Decidimos entonces que los más mayores irían a por palas para quitar la nieve del camino mientras el resto daría la voz de alarma por casas y calles. Justo íbamos a empezar a correr por todo el pueblo cuando vimos aparecer al abuelo del hijo del molinero, traía una pala al hombro, cuando llegó adonde estábamos murmuró apenas “buenos días” y se puso a quitar nieve a paletadas. No habían pasado dos minutos cuando tres adultos más llegaron por el callejón alto. En los siguientes minutos fueron apareciendo, uno tras otro, todos los habitantes del pueblo, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, niños y niñas, con palas, baldes, tablas... cada uno ayudaba como podía despejando el camino de nieve y, poco a poco, juntos, fuimos socavando la férrea voluntad de la nieve.

Mientras tanto, en la escuela, don Valentín y el inspector miraban por los ventanales cómo el pueblo a una iba abriendo camino al hijo del molinero. Una hora después el camino que abrían las gentes del pueblo se unió al camino que los molineros habían ido despejando desde primera hora, y así su hijo pudo salir del molino y pasar por aquella senda cercada de nieve arropado por todo el pueblo. Mientras avanzaba unos le sonreían, otros le bendecían, otros le daban palabras de ánimo, alguno callaba y asentía... hasta que llegó ala Plaza de Abajo, allí ya nos habíamos reunido todos para acompañarlo, como cada día, hasta la escuela.


Pep Bruno es escritor y narrador oral profesional desde hace casi dos décadas, responsable de la editorial Palabras del Candil. A las librerías acaba de llegar su último álbum infantil ilustrado, 'La mejor bellota' (Ed. Almadraba).