Las zapatillas de ballet

A mis alumnas de teatro: Lucia, Eva, Alejandra, Ana, Aroha y Lorena.

 Y como siempre a mis hijas Judith y Rosalía.

Luna tenía unos grandes ojos verdes que iluminaban todo, un precioso pelo rojo y unas pequeñas pecas adornaban sus mejillas. Vivía con sus padres y tres hermanos en una casa humilde y sencilla cerca de la ciudad de Airen.

Luna iba todos los días al colegio y con apenas doce años ayudaba a su madre en las tareas del hogar. Era la mayor de cuatro hermanos. Su padre estaba enfermo y había sido diagnosticado de una grave enfermedad, que no le permitía trabajar, así que su madre era la que sustentaba el hogar, cuidando a las personas mayores del pueblo y ayudándolas en las tareas domésticas.

En medio de esta situación familiar, Luna se refugiaba en sus clases de baile. Dos días por semana cogía su autobús para ir a la ciudad. Allí en la Academia de baile clásico se llenaba de entusiasmo y dedicación. Su objetivo era llegar a ser seleccionada para el Ballet Nacional, y así ayudar económicamente a su familia. Pero aquello no era fácil, aunque sus cualidades y talento eran excepcionales, Luna tenía un gran problema, sus pies pequeños eran especiales, tan especiales que no podía calzarse las zapatillas normales de ballet.

Ese miércoles cercano a la Navidad la profesora con gran dolor habló con Luna:

-Tengo que decirte algo muy importante, que no quiero que te cause tristeza. De ahora en adelante y si quieres seguir progresando deberás traer tus zapatillas especiales, pueden hacértelas a la medida de tus pies y adaptarlas a ellos, pero ya sabes que eso cuesta bastante dinero.

A la niña se le llenaron sus preciosos ojos de lágrimas. Abrazo a la profesora y no pudo decir palabra.

-No llores, Luna, podrás seguir viniendo a clase y algún día seguro que tendrás unas zapatillas preciosas.

La niña salió de la Academia de baile. El frío era intenso en esa parte del país. Las luces de Navidad lucían con hermosos destellos, los escaparates invitaban a comprar hermosos regalos. Los niños llevaban sus cartas a los reyes magos. Llevó las manos a sus bolsillos, tenía algunos ahorros para las zapatillas, pero en ese instante pensó en sus padres, en sus hermanos pequeños y quiso comprarles algo, no podían quedarse sin un pequeño regalo el día de Navidad.

Para Julia, su madre, compró unos guantes para sus delicadas manos. A Luis, su padre, una bufanda y para sus hermanos Fernando, Carlos y David unos calcetines y un balón.

¡Se había gastado sus ahorros! Pero era feliz.

Cuando llegó a su casa sintió calor, la chimenea estaba encendida y la cena preparada, aunque poco, tenían algo caliente para comer. Todos se fueron a dormir, menos Luna que se quedó recogiendo la cocina. Cuando terminó se sentó al lado de la chimenea, pensando cómo podía conseguir sus zapatillas.

Ella creía en la magia de la Navidad y apenas quedaban dos días para la noche más “buena” del año, ¡iba a ser Noche Buena!

-Ya sé –dijo- escribiré una carta y pediré como regalo de Navidad las zapatillas y ya veré a quien se la envió.

Luna al igual que su familia creía en la ternura de esos días, en la sonrisa de los niños, en el buen hacer de hombres y mujeres. Se puso a escribir la carta, con papel y lápiz en sus manos, empezó así:

Querido Niño de Belén, queridas hadas y duendes que todo lo hacéis posible. Esta noche desde esta humilde casa en la que vivo con mi familia quiero formularos un deseo. Necesito unas zapatillas especiales de ballet, con ellas podré progresar en mis clases y un día entrar en la Compañía de Ballet Clásico y así ayudar económicamente a mi familia. Mi padre está enfermo y no puede trabajar. Yo soy la mayor de cuatro hermanos. También pido al niño, que traiga la Paz al mundo y el Amor a todos los que me rodean.

Muchas gracias y un abrazo.

Luna.

Una vez terminada la carta, la miró y pensó que aquello era una tontería, quién iba a escuchar su deseo y ¿dónde podría enviarla?

Se asomó a la ventana, unos pequeños copos de nieve empezaban a caer, la noche estaba silenciosa, unas luces se veían a lo lejos, no había nadie, sólo silencio. Abrió la ventana y rompió la carta en pedacitos pequeños, tan pequeños, que al tirarlos al vacio se confundían con los copos de nieve. Cerró de nuevo y con una tristeza contenida se fue a la cama.

Mientras Luna dormía, aquellos pedacitos volaron y volaron y por arte de magia, se fueron uniendo uno a uno hasta formar la carta que Luna había escrito.

Lejos del pueblo, más allá del mundo de los hombres llegó la carta a manos de una preciosa hada.

-¿Que es eso? –se preguntó-. Una carta con un deseo, y pasado mañana es Navidad.

Volando con sus alas transparentes como el cristal, despertó a todas sus compañeras.

Luna está en un apuro, ha formulado un deseo. Necesita unas zapatillas de ballet y no nos queda tiempo.

Todas las hadas empezaron a pensar qué podían hacer, su magia no podía fabricar zapatillas, así que decidieron ir al país dónde se fabricaban los juguetes. En tropel y formando una gran algarabía, se presentaron ante el jefe de los duendes creadores de juguetes:

-Necesitamos con urgencia unas zapatillas especiales de ballet, tenéis que hacerlas para Navidad y sólo tenemos un día.

-¡Eso es imposible! –contesto Selón–, mis duendes fabrican juguetes, pero… ¿unas zapatillas de ballet y en un solo día? ¡ No puedo!

Todas las hadas empezaron a protestar y a hablar a la vez. –Silencio -dijo Crisool–.

-Nosotras te ayudaremos.

Así poco a poco convecieron a los duendes y se pusieron manos a la obra. Las hadas enredaban más que hacían, y los duendes tenían mucho trabajo con los juguetes, pero aún así hicieron unas preciosas zapatillas para Luna. Mientras tanto, en el pequeño pueblo los vecinos adornaban las calles con luces de colores y guirnaldas, en las casas el belén y el árbol estaban presentes. En la casa de Luna, unas pequeñas figuras de San José, María y el Niño adornaban el salón. En la cocina Julia preparaba algunos guisos para la cena y Luna, mientras los pequeños jugaban, se afanaba en envolver los regalos que había comprado para su familia. Los envolvió cuidadosamente y cuando la cena terminó, los colocó al lado de la chimenea.

Habían cenado con la alegría que su humildad les permitía y con la algarabía de sus hermanos pequeños, pero Luna estaba triste pensando en sus zapatillas de ballet. Se metió en la cama, fría como la noche, cerró sus ojos y quiso soñar con la magia de la Navidad.

El hada Crisol cogió una pequeña caja, colocó cuidadosamente las zapatillas, las envolvió con papel brillante color azul y escribió una nota: Desde el mundo de las hadas y los duendes, te enviamos este regalo. Claro está, ¡hoy es Navidad! Y el Niño de Belén está entre las personas de buen corazón. Buena suerte pequeña Luna.

Cuando todo estuvo dispuesto, sus alas revolotearon y en un instante estaba frente a la casa de la niña. La ventana estaba abierta, así que se coló por ella y con mucho cuidado dejó la caja al lado de la chimenea, junto a los otros regalos. Volvió a salir, dejando tras ella una estela de infinitos colores.

La mañana se despertó fría, aunque con un sol brillante y una nieve que empezaba su deshielo.

La familia se despertó, como tantos otros días, nadie esperaba nada, pero al llegar al salón todos se sorprendieron, incluida Luna, que no podía entender quien había dejado ese regalo para ella. Miró a su madre pero ésta hizo un gesto negativo con su cabeza. Abrió la caja y dio un salto de alegría al ver las zapatillas.

-¡Son preciosas! –exclamó, y mientras leía la nota se las probó, pero al ponérselas en sus pies algo mágico sucedió, las zapatillas empezaron a emitir preciosos destellos. Todos quedaron boquiabiertos y no entendían lo que estaba sucediendo.

Los sueños y la magia de la Navidad habían llegado para Luna. Sus padres, eran felices al ver reír a su hija.

Al día siguiente Luna iba feliz a su clase de ballet, ya tenía sus zapatillas. Al empezar la música se las puso en sus pequeños pies, las zapatillas empezaron a brillar y bailó como nunca lo había hecho. Sus compañeras se quedaron sorprendidas.

-¿Dónde conseguiste esas zapatillas? –preguntó la profesora.

Luna no sabía que decir, pero al final dijo:

-Alguien me las regaló por Navidad. Es el mejor regalo que me han hecho, ahora ya podré entrar en la Compañía de Ballet Clásico y así ayudaré a mi familia.

Así Luna tuvo la Navidad más feliz de su vida, agradeció al niño de Belén, a las hadas y a los duendes aquel maravilloso regalo y pensó que a veces la vida puede darte la esperanza para seguir adelante.


Carmen Niño es escritora guadalajareña y habitual de los círculos culturales de la ciudad, donde también ha intervenido como actriz. Su producción literaria suele estar ligada a la poesía y el cuento infantil.