El corazón y sus ritmos

La Chica Charcos ofreció una sesión de cuatro cuentos insustanciales contados con desparpajo, en una sesión con medio aforo que tardó en levantar el vuelo. Hubo humor, surrealismo y jota albaceteña.


Dijo la Chica Charcos, nada más saltar al escenario, que hay dos cosas que le cuestan especialmente a la hora de afrontar una sesión de narración oral como la que el viernes convocó a medio aforo del salón de actos del CMI Eduardo Guitián para verla. Una es el título. En este caso, ‘Entre sístole y diástole’, prometiendo cuentos contados al ritmo que marcan los latidos del corazón. La otra es empezar el espectáculo. Y el viernes lo hizo bien, cantando jotas de Albacete. Pero justo después, nada más confesar estas debilidades, pareció que también se dispuso a ponerlas en práctica. Al menos, la de cómo dar cuerda al espectáculo. De modo que el fantástico arranque al toque de las castañuelas se atascó y la sesión tardó en coger el vuelo.

La Chica Charcos regresó a Guadalajara tras sus numerosos pasos del año pasado por la ciudad –incluido el Maratón, como ‘inaudita’ para afrontar una sesión completa de narración oral para adultos en los Viernes de los Cuentos del Seminario de Literatura. Una oportunidad para profundizar en la faceta como contadora de una artista polifacética, que tiene un abanico amplísimo de recursos escénicos que maneja con soltura y que la permiten transitar de la narración a la música y ofrecer una interesante propuesta también para los más pequeños.

En el primer tramo, la contadora recurrió en numerosas ocasiones a improvisar e interactuar con el público, sin miedo a desvariar. Un “show colaborativo”, advirtió. Pero tanto circunloquio, antes incluso de tomar dirección hacia algún lado y a pesar e iluminar con su simpatía al patio de butacas, retrasó el arranque de la sesión y atascó el desarrollo del primero de los cuentos, una historia surrealista e infantil que avanzó el tono del repertorio, con cuatro cuentos insulsos en los que lo mejor fue el abanico de recursos escénicos de una artista que contó, cantó, bailó, rodó, cojeó, bizqueó y ‘payaseó’ metiéndose con habilidad en el pellejo de moscas, cebolletas y zanahorias.  

A la primera historia de amores imposibles entre unas partes de su cuerpo con otras y de un corazón que acabó levantando el vuelo con lirismo hacia el enamorado le siguió la cadena de calamidades que le sucedió a su tío, regente de la tienda San Otilio, en su romance con final feliz con la francesa Lola. Amor, más surrealista todavía, hubo también en la fábula de la mosca Rosaura en su trepidante aventura por un cocido. Y más amor hubo, pero hacia un abuelo con un brazo infinito como los caminos del ancho mundo, en el cuarto y último de los cuentos, pasada ya de largo la hora de sesión en el CMI. Una sesión que fue todo corazón. Con sus arritmias iniciales, con sus subidas de tensión en algunos golpes de humor y con sus besos finales como soplos de felicidad.

 

 

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