Pasión por la fruta

Charo Pita ofreció un Viernes de los Cuentos con relatos basados en frutas y salpicados de sucesos extraordinarios para explicar diferentes formas de amor, desde las más excitantes hasta las más perturbadoras. Con recuerdo, por supuesto, para Tim Bowley.


Sólo a la fruta madura se le puede sacar todo el jugo que Charo Pita le saca en sus cuentos. La narradora gallega pasó ayer por el CMI Eduardo Guitián de Guadalajara para protagonizar la última sesión para adultos del año, la cuarta de la temporada de Viernes de los Cuentos, ante medio aforo que siguió con una atención hipnótica durante más de una hora las cuatro piezas de este espectáculo casi virgen -era su segunda contada con él- y en el que el público entró y salió con un doble canto que funcionó como un embrujo.

Hay frutos prohibidos y frutos redentores, frutas con propiedades liberadoras, adictivas y, por supuesto, afrodisíacas. En la fruta anida la semilla, que es el origen de la vida, pero la fruta también es un signo que marca el destino y está hecha de la carnosa materia con la que el pecado penetra en los cuerpos.

La gallega Charo Pita tiró de repertorio propio -adaptaciones muy personales de cuentos tradicionales o relatos desencadenados al escuchar una copla- y convirtió su biblioteca en un frutero del que extrajo una amplia variedad de sabores y dobles sentidos, para trasladar al público a mundos cercanos pero salpicados de efectos encantadores, personajes fantásticos e imágenes tan poderosas como las de una dama blanca cabalgando seguida de una jauría de perros con los ojos rojos como el carbón encendido.

Tras una breve presentación en la que confesó que fue su madre quién la enseñó a observar la fruta y su profusa presencia en el mundo, Pita entonó su hipnótica melodía y abrió la puerta al otro lado. El primer escenario llevó a los orígenes de la creación, donde las mujeres y los hombres se aproximaron hasta descubrir el amor a partir del contacto de sus frutas más excitantes. Fue una historia de trazos naifs y tintes surrealistas que dio paso, a continuación, al relato de una historia de hechuras clásicas, desarrollada a lo largo de tres generaciones y con un extraordinario doble final para redondear un relato con palomas sabias, nueces de las que surgen cazuelas y hombres de pantorrillas embarazadas.

Con la recomendación, más que con la moraleja, de disfrutar de la vida cada día, y no sólo de higos a brevas, llegó el tercer cuento de la noche, subido de tono, en el que un muchacho al que le apasionan los higos descubre el placer de degustarlos gota a gota, en lo alto de la higuera, pero también en las profundas entrañas de las mujeres de su pueblo. 'Maese higo' se pone las botas, todo sea dicho.

El cierre de la sesión contó la historia de un marqués que, después de conquistar y abandonar a seis jóvenes, es humillado por una dama misteriosa que aparece en un otoño nevado, tiempo de castañas. Explotó aquí todo el estilo que tiene Charo Pita al contar, con esa forma tan entusiasmada de decir cada frase y con ese modo de mirar tan sorprendida, como si fuese una niña adulta recién regresada de lo increíble, con una cadencia exquisita que va llenando la mente del espectador de pájaros y de mariposas, y de frutas, sobre todo de muchas frutas. Sólo un nuevo cántico liberó al espectador del embrujo y le trajo de nuevo a este otro mundo, tan prosaico, donde en la pantalla de plasma se te aparece Rajoy para decirnos -y ya son ganas de aguarnos la fiesta- que una manzana es una manzana y que una pera es una pera.

Postdata: Antes que nada, Charo Pita había recordado a Tim Bowley, el contador británico fallecido este año y al que tradujo en tantas ocasiones. Ambos habían pisado este mismo escenario hace tres años y medio. La narradora gallega aseguró, recordando el famoso cuento de Bowley, 'Jack y la muerte', que esta noche él estaría allí aunque, en efecto, ya no pudiese estar junto a ella. Y así fue.

 

 

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