Como una reina del flamenco

Pablo Albo llenó el CMI en una sesión de narración para adultos de los Viernes de los Cuentos repleta de golpes cómicos y de sentencias líricas, con una sucesión de historias divertidas y melancólicas. 


Pablo Albo había dejado un magnífico regusto en su participación en el último Maratón de los Cuentos, tanto en su sesión para un público muy reducido en el ‘monucuento’ del Salón Chino de La Cotilla como en su breve actuación en el escenario principal, en la carpa del Infantado, durante la noche del sábado. Así que el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil acudió a él para la segunda sesión de los Viernes de los Cuentos. Y llegó, llenó y venció. 

La verdad imaginada de Olegario García Monte (y familia)’, el viernes ante un aforo del CMI repleto, fue una sesión continua arrebatada de vaivenes bien medidos, con arabescos poéticos y con chistes efectistas, con acelerones y con pausas dramáticas, que llevó a veces al espectador por bulerías y que se detuvo en otras por soleás, pero sin palmas ni castañuelas, en un flamenco tan puro que por no tener no tuvo ni cante, ni baile ni ná.

Porque el flamenco en este cuento largo de Pablo Albo es una más de sus reducciones al absurdo. Apenas una excusa para dar pie al torrente de peripecias que vino detrás durante una hora y cuarto de locuacidad solo interrumpida por apartes que funcionan como notas a pie de página y por improvisaciones en las que el narrador demuestra su rapidez de reflejos y su desparpajo sobre el escenario. El manejo que tiene Albo del público resulta asombroso, sólo aparentemente fácil. Arriesga sacando y metiendo al espectador de la historia sin perder intensidad, provocándole una carcajada fuera de guion para seguir a renglón seguido con una historia que tan pronto atraviesa momentos de lirismo como se asoma al monólogo más descacharrante.

El espectáculo de Pablo Albo cuenta la historia de Olegario y de su familia, como de hecho anuncia en el título. Recurre a Olegario, que iba a ser informático y devino en estrella del flamenco, para abrir y cerrar la sesión en círculo, pero entre tanto van cayendo una serie de historias divertidas en las que caben concesiones al surrealismo (ese pulpo enamorado de una naranja) y en las que los personajes están marcados por un destino ineludible. Unas veces dan ganas de abrazarlos de pura ternura y otras de abofetearlos para que paren de hacer el ridículo. La abuela que montó la Pensión Cuesta, los caricaturescos Pardos Picos y Amarga, los romances más o menos subidos y bajados de tono combinan con metáforas profundas sobre las relaciones de pareja en el recorrido por los cuerpos o en esa otra visión –con perdón– de la vida en la que el amor es más tuerto que ciego.  

Escribe delicioso Pablo Albo sobre el aire y a veces traza una sentencia tan genial que deja las palabras centelleando sobre el escenario, como si todas ellas (el vértigo, la melancolía) desafiasen su gravedad una al lado de la otra. Y todo esto lo hace, como es costumbre en los puristas, sin más utilería que el botellín de agua mineral. Permitiéndose el lujo de tontear con el público hasta el punto de marcarle los tiempos para los aplausos o de reclamarle, ya al final de la sesión, que se ponga en pie para ovacionar con más entrega. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que como lo haría una reina del flamenco.

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