El ‘enigmático’ paso de Miguel Hernández por la Alcarria

Se cumplen 75 años de la muerte del poeta de Orihuela, que dedicó un poema a la Batalla de Guadalajara. • La presencia en Torija del escritor no ha quedado aclarada hasta ahora, en que la confirma el profesor Gálvez Yagüe en un libro todavía inédito. • Repasamos la relación que tuvo el alicantino con los escritores alcarreños Buero Vallejo, quien le inmortalizó en un retrato; Ramón de Garciasol, a quien confió las correcciones de un poemario; y, sobre todo, Herrera Petere, camarada de recitales en las trincheras.


Rumorosa provincia de colmenas, la patria del panal estremecido, la dulce Alcarria, amarga como el llanto, amarga te ha sabido”. Miguel Hernández, el poeta de Orihuela del que este martes 28 de marzo se cumplen 75 años de su muerte, cantó a una Alcarria victoriosa frente al fascismo hace ahora 80 años. Esos versos los leyó el propio poeta en la Plaza de Torija el 30 de marzo de 1937. Aunque el paso de Hernández por el frente de Guadalajara, un escritor que tomó la pluma en las trincheras, ha constituido hasta ahora todo un enigma.

El poema ‘Sangriento Mussolini’, que apareció en ‘La voz del combatiente’ y en ‘Pasaremos’ antes de quedar recogido en el célebre poemario ‘Viento del pueblo’, es seguramente el episodio que vincula de manera más potente la figura del poeta de Orihuela con Guadalajara, pero no es el único. En su vida hay tres nombres guadalajareños ligados a momentos destacados de su breve pero intensa biografía: Buero Vallejo, Ramón de Garciasol y, sobre todo, José Herrera Petere.

Hernández y la batalla

El ‘poeta-pastor’ que llega a Madrid con su poesía religiosa y la esperanza de estrenar un drama sobre un torero, fascinado por la poesía de Lorca, que ha aprendido a escribir en el campo y logra una lírica tan trabajada como si fuese el más aplicado de los alumnos de Góngora, se convertirá durante la guerra en el ‘poeta-soldado’, prestando su talento al servicio del bando republicano en lo que Alberti llamó “poesía de urgencia” y en un compromiso que el alicantino justificaba como una necesidad en tan severas circunstancias: “Todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser hoy más que nunca un arma de guerra”.

El hispanista francés Serge Salaün ha calculado que hubo cerca de 4.000 poetas de oficio e improvisados al servicio de esta causa que publicaron unos 10.000 poemas de guerra. En el caso de Hernández, el más destacado de todos, además de las composiciones poéticas y de sus piezas de teatro para insuflar moral a la tropa, el investigador Juan Cano Ballesta tiene contabilizados otros 92 escritos aparecidos en folletos, hojas volantes, revistas del frente y periódicos, mensajes de aliento a los milicianos que no sólo son leídos, sino también difundidos de propia voz en recitales públicos y en la radio.

Estos versos, pero también sus escritos más prosaicos, los redacta en pleno fragor de la batalla. ¿También en la Batalla de Guadalajara?

La Batalla de Guadalajara se inicia el 8 de marzo. Miguel Hernández regresa del frente de Madrid a Jaén para casarse con su novia Josefina el día 9. Allí pasará unos días de luna de miel. Hay una fotografía de este retiro en que aparece Hernández a los mandos de la máquina de escribir junto a un también recién casado José Herrera Petere, a quien un peluquero corta el pelo a domicilio. En cambio, no hay testimonios ni gráficos ni escritos que apunten a que Hernández abandonase este paréntesis para volver al frente a presenciar las escaramuzas de los campos alcarreños que se saldaron con la considerada primera derrota del fascismo en el mundo.

La viuda Josefina Manresa no cita el viaje en sus memorias ni la visita consta en las páginas de algunos de los principales biógrafos del escritor, caso de José Luis Ferris. No hay tampoco crónicas periodísticas de esta batalla firmadas por Hernández o con sus seudónimos en los periódicos republicanos, donde era un habitual –por entonces dirigía incluso uno de ellos, Frente Sur–, cuando sí dio cuenta de otros episodios bélicos que vivió en caliente, entre ellos la toma del Santuario de Santa María de la Cabeza en Extremadura, sólo unas semanas después de los hechos alcarreños.

Sólo en ‘El oficio de poeta. Miguel Hernández’, una densa biografía escrita tras veinte años de investigación por Eutimio Martín, este autor sostiene que “entre el 18 y el 20 de marzo, en plena batalla, Miguel Hernández y José Herrera Petere asisten a la lucha en misión encomendada”. Según el libro de 2010 de este catedrático emérito de la Universidad de Aix-en-Provence, “Miguel se va a encontrar con sus paisanos del Batallón Alicante Rojo, que combaten en primera línea en el frente de Mirabueno”.

El poeta en Torija

El dato ha sido desmentido por el biógrafo de Herrera Petere, el guadalajareño Jesús Gálvez Yagüe, que además aporta la que hasta ahora es la información más concreta al debate. Lo hace en el libro ‘Torija 1937. La otra mirada de la guerra’, escrito con José Carlos Felipe Encabo y todavía inédito –será publicado próximamente por Intermedio Ediciones–, donde sostiene que Hernández estuvo en el pueblo alcarreño los días 29 y 30 de marzo en un acto de confraternización entre “el mundo de la producción, las artes y las letras”. Allí leyó públicamente ‘Sanguinario Mussolini’, composición que más tarde quedaría integrada en ‘Viento del pueblo’ con el título de ‘Ceniciento Mussolini’. También Herrera Petere, por cierto, compondrá un poema sobre la batalla, ‘Aire tú’.

Según sostienen Gálvez Yagüe y Felipe Encabo en el quinto capítulo de este libro, facilitado a Cultura EnGuada, el “acto de afirmación antifascista” que “una vez estabilizado el frente” contó con la presencia de diversos “oradores” tuvo que ser el que vio y oyó a Hernández en la Alcarria, además de una representación de los ‘Entremeses’ de Cervantes a cargo de la mítica compañía de teatro La Barraca –fundada en su día por Lorca–. Según la noticia que aparece en el periódico La Vanguardia, fechada el 31 de marzo en Valencia, la banda interpretó también La Internacional y el Himno de Riego.

Este relato responde por fin a la pista que tradicionalmente había venido poniendo a todos tras la pista de Hernández en Torija, aunque hasta ahora de una manera inexacta. Se trata de los recuerdos del militar Enrique Líster, quien en ‘Nuestra guerra. Memorias de un luchador’ habla de un encuentro de poetas y obreros en Torija que enmarcaba –aquí radica el error– “en pleno combate”.

El dato había sido reforzado por las memorias de Santiago Álvarez, quien fuera comisario político de la República, que detallaba que Hernández había recitado el poema durante “una sobremesa” ante el Estado Mayor y el Comisariado de la 11ª División, “instalados en un caserón de la calle principal del pueblo de Torija, después de que una bomba de aviación enemiga cortara en dos (…) la casa en dicha plaza, frente al castillo”.

Frente a los investigadores que, como Ramón Fernández Palmerán habían venido denunciando que estos testimonios constituían más bien “un falso mito”, el doctor en Filología guadalajareño Jesús Gálvez Yagüe ha venido a confirmar que de haber estado Miguel Hernández en marzo de 1937 en la Alcarria, tuvo que ser en esta suerte de celebración de la victoria antifascista entre obreros y poetas que relata La Vanguardia, aunque en la crónica no cite expresamente a Hernández.

Que Miguel compusiera ‘Sanguinario Mussolini’ sin haber estado en Guadalajara no resulta nada novedoso”, afirman Gálvez Yagüe y Felipe Encabo. “Existen ejemplos de ambientes perfectamente descritos por quienes nunca respiraron en ellos”. El poeta de Orihuela lo hizo más veces, como en ‘Rosario, dinamitera’, donde ofrece en sus versos una visión muy personal de los hechos reales.

Sin haber estado en los combates, Hernández incorporó la batalla todavía en más páginas de su literatura. Lo hizo más tarde en la pieza de teatro ‘Pastor de la muerte’, donde convierte a Pablo de la Torriente en el heroico personaje de El Cubano, “heraldo de la victoria de Guadalajara”, como recuerda en su libro Eutimio Martín.

Buero, una amistad en cautiverio

Buero habló de Hernández como de un hermano. Ambos se conocieron en el hospital de campaña de Benicassim durante la guerra, en 1938; pero fue en la cárcel madrileña de Conde de Toreno donde ambos compartieron con más hondura sinsabores y sendas condenas a pena de muerte, con la incertidumbre de que sus nombres fuesen pronunciados al alba para que se ejecutasen las respectivas sentencias.

El retrato que el alcarreño le hizo en el patio de la cárcel se ha convertido ya en todo un icono y es para muchos la estampa más reconocible del escritor, por delante de cualquiera de las fotografías que se conservan de él. En este dibujo a carboncillo quiso ver Neruda una cara de patata recién salida de la tierra. Por entonces el futuro autor de ‘Historia de una escalera’ y ‘El tragaluz’ era más bien un joven intelectual que soñaba más con levantar una carrera artística que con convertirse en el prestigioso dramaturgo que acabaría siendo.

Menos conocidos que su retrato a carboncillo son los versos que en 1960 le dedicó en los artículos ‘Dos dibujos’ y ‘Un poema y un recuerdo’, donde retrata esta vez con palabras al amigo como “hombre a caballo entre la alegría y el dolor, entre la luz y la sombra”, como “un gran poeta trágico” que quiso “alcanzar la alegría”. Rememora también a un Hernández que entre rejas no pierde la costumbre de “cantar y canturrear cosas divertidas y un tanto chocarreras” y muy amigo de “contar chistes”.

En su biografía sobre el dramaturgo alcarreño, Antonio Pérez Henares recoge la remembranza de aquellos días con el poeta alicantino. “Como nos conocíamos de la guerra, nos comenzamos a tratar y la verdad es que nació una intensa amistad. Hablábamos todos los días de poesía, de arte, de política, de las mil cosas de la vida”, recordaba Buero. “Miguel Hernández era un ser irrepetible, lleno de bondad”.

De lo que Hernández pensase del guadalajareño no tenemos noticia. Tampoco de la intensidad de esta amistad, al margen de las consideraciones de Buero. Eutimio Martín ofrece en su biografía de Hernández el testimonio un tanto sorprendente de un tercero, compañero de la prisión de Torrijos del poeta, Luis Rodríguez Isern, que ya en libertad fue a visitarle varias veces a la cárcel de Conde de Toreno, donde Hernández le hablaba mucho de su vida allí, pero jamás citó a Buero. “¿Qué le dijo de su trato con Buero Vallejo?”, le pregunta Martín al entrevistado. “Nunca me mencionó su nombre”, responde éste.

Tras Conde de Toreno, de donde Hernández salió sorprendentemente por error, habría un breve encuentro final para ambos, en noviembre de 1940 en la prisión de Yeserías, en una nueva parada de este peregrinaje de cárcel en cárcel. “Cambiamos apresuradas impresiones durante apenas quince minutos y ya no le volvería a ver más”, rememoró el dramaturgo arriacense en el número 13 de un artículo de la revista Eco Hernandiano.

A la amistad, Buero siempre sumó la admiración por el poeta, que le llevó incluso a defenderle en algunas disputas literarias, como la que mantuvo con José Ángel Valente, quien consideraba que la obra del alicantino no era plena y había quedado abortada por su muerte. “Para mí Miguel Hernández es un poeta necesario, eso que muy pocos poetas, incluso grandes poetas, logran ser, por la realidad esencial de sus jornaleros, de su cebolla, de su sudor”, escribió en la revista ‘Ínsula’ en noviembre de 1960.

Garciasol, corrector de un poemario hernandiano

La relación con la generación más brillante de escritores alcarreños no acabó en Buero. Hernández también conoció a Miguel Alonso Calvo, que firmaría como Ramón de Garciasol. A él le confió nada menos que las correcciones de su último poemario, ‘El hombre acecha’, que el poeta de Orihuela llega a ver impreso –pero no publicado– en enero de 1939, cuando tiene que partir apresuradamente para sumarse a las unidades de combate en Extremadura y deja la copia en Valencia en manos, entre otros, del escritor guadalajareño. 

Corriges tú las pruebas, que yo me voy”, recordaría después Garciasol en su casa de Madrid, durante una entrevista con Eutimio Martín para la biografía ‘El oficio de poeta’. El escritor nacido en Humanes cumplió a marchas forzadas, porque el 30 de marzo las tropas franquistas ocupaban Valencia y quemaban, a su paso, los 50.000 ejemplares del poemario, sin que el guadalajareño pudiese llevarse un juego de capillas (los pliegos para la encuadernación). No obstante, dos ejemplares enviados a Antonio Rodríguez-Moñino permitieron salvar los textos y que fuesen publicados en facsímil, ya en 1981.

Hernández compartía con Buero, Herrera Petere y Garciasol no sólo el amor por las letras sino la militancia comunista y un mismo posicionamiento en los hechos, más implicado incluso que la mayoría de los poetas de la llamada Generación del 27. Según ha relatado en alguna ocasión Jesús Salas, estudioso de la Batalla de Brihuega, Garciasol quedó fascinado con el poema que Hernánez dedicó a la derrota fascista en los campos de su provincia y comentó ante sus colegas que querría que los versos fuesen puestos a la entrada de la ciudad de Guadalajara.

El miliciano Herrera Petere

Pero si hubo una relación prolongada entre un escritor alcarreño y Hernández fue la que mantuvo con el poeta José Herrera Petere. La guerra unió sus vidas, pero también las separó para siempre. Ambos se alistaron en el Quinto Regimiento. Se especula con que Hernández, que lo hizo cuatro meses después de estallar la guerra, lo hiciese conmocionado por el asesinato de Lorca. En cualquier caso, combatieron codo con codo del modo en que lo hicieron los intelectuales en armas, desde la Comisión de Trabajo Social y Cultura, el denominado ‘Batallón del Talento’.

Gálvez Yagüe, experto en la vida y la obra de Herrera Petere, cree que el primer encuentro entre Hernández y el alcarreño se pudo producir antes de la guerra, en una tertulia literaria de la revista republicana y neocatólica Cruz y Raya en 1934, aunque también pudieron coincidir en alguna de las visitas al poeta chileno Pablo Neruda en su casa de las Flores del madrileño barrio de Argüelles. Se sabe también que ambos frecuentaban además a los mismos artistas, como el escultor Alberto Sánchez y la pintora Maruja Mallo, integrantes de la llamada Escuela de Vallecas.

Pero la relación de Hernández y Herrera Petere se afianzó durante la guerra. Ambos actuarían juntos en muchas ocasiones, alentando especialmente a los soldados de El Campesino, según relata Serge Salaün en su libro ‘La poesía en la guerra de España (1984). Y está “documentalmente probado” que convivieron en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en Madrid, ya durante la guerra.

Según relata Eutemio Martín en ‘El oficio de poeta. Miguel Hernández’, un Herrera Petere ya miliciano encontró al autor de ‘El rayo que no cesa’ el 23 de septiembre de 1936 haciendo cola en el cuartel general del 5º Regimiento, en el edificio del antiguo Convento de Salesianos del barrio de Cuatro Caminos en Madrid, para alistarse como voluntario en el Ejército. A partir de entonces, sus pasos proseguirán casi siempre a la par, con su ingreso en la 11ª División. Compartieron frente en Madrid, en Jaén –en marzo de 1937, coincidiendo con la batalla alcarreña, de la que físicamente estarían apartados– y más tarde, a partir de mayo, en Extremadura, de donde se conservan detalladas crónicas de los sucesos firmadas por el Hernández periodista.

Ese mismo verano acudirán ambos escritores al II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas en Valencia, donde participaron en la ponencia colectiva en la que un grupo de creadores reclamó su compromiso con una obra de calidad, aun cuando sus creaciones respondiesen a mensajes fuertemente ideologizados. Las rúbricas de Herrera Petere y Hernández aparecerían de nuevo juntas en diciembre bajo el Manifiesto de la Alianza de Intelectuales y, ya en marzo de 1938, en el escrito ‘Los intelectuales de España por la victoria total del pueblo’.

Los recuerdos del poeta alcarreño

Tal como apunta la Fundación Miguel Hernández en su página web, los recuerdos de sus peripecias con el autor de la ‘Elegía a Ramón Sijé’ y ‘Niño yuntero’ los recoge el guadalajareño en diferentes páginas de su obra como ‘Acero de Madrid’, publicada en 1938, donde alaba “la abnegación del oriolano”; y más tarde en textos como el artículo ‘García Lorca, Miguel Hernández y Antonio Machado (muerte y vida de la poesía española)’ que publicaría en el mexicano ‘Retablo hispánico’ durante su exilio en 1946. El escritor de Guadalajara habló de Hernández como amigo y camarada, ensalzó su “aleccionador ejemplo” y aseguró que su figura “encarna el verdadero espíritu del hijo del pueblo”.

El Archivo de Herrera Petere, en la biblioteca de Investigadores de la Diputación de Guadalajara, cuenta con alrededor de una veintena de artículos y poemas dedicados a Hernández, algunos de ellos inéditos. Uno salió a la luz en edición facsímil en noviembre de 2008 con motivo del centenario del poeta arriacense, que hablaba sin tapujos de “asesinato” de Hernández por el franquismo y, diez años después del suceso, recriminaba al régimen que quisiera dar una imagen falsa del poeta alicantino: “De Miguel, nos disfrazan el cadáver”, se quejaba: “Lo mataron pero lo aderezan como a pavo que ha de ser degustado a puertas cerradas por los rodrigones de sus asesinos, los clericales marchantes y matuteros de la ‘cultura franquista’. Lo apuñalaron pero lo estilizan”.

Fue la suya una amistad “más cordial” que “íntima”, según sostiene la viuda de Petere en el libro de Gálvez Yagüe, ‘Buceando entre mis recuerdos’. Pero, más allá de los episodios que atraparon las siempre endebles memorias, el vínculo de Hernández con la Alcarria –en este caso con uno de los más destacados poetas alcarreños– quedó inmortalizado negro sobre blanco en los versos en español y francés que Herrera Petere publicó en 1951 en la revista Carreau (luego recogidos en diversas antologías y poemarios como ‘El incendio’) en homenaje a Miguel Hernández: “genio muerto”, le recordaba: “la semilla del gran centeno humano de Orihuela”.

Todo acabó con desilusión y tragedia para ambos amigos, víctimas de la cárcel y del exilio. Hernández moriría hace ahora 75 años en el Reformatorio de Adultos de Alicante, encarcelado por el franquismo. Petere lo haría en 1977, en Ginebra, lejos de Guadalajara.

 

 

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