La vida en verso, pero con funky

Más de 300 espectadores asistieron en el CMI de Aguas Vivas al recital de poesía urbana de Dani Orviz ‘Massaslam!’. • La sesión, en la que el público interactuó puntuando poemas con sus aplausos y con tarjetas de colores, se planteó al modo de un combate de ‘slam poetry’.


Cuando la poesía desciende del pedestal y se pasea por las calles adopta mensajes sencillos, aires informales, ritmos de cassettes y hasta acentos gitanos. Se pone a hablar de lo cotidiano, de lo que importa al 99%, del curro de reponedor, del amor terrenal y del ruido que llena las redes sociales. Y se convierte en puro juego que permite al público votar los poemas con aplausos y tarjetas de dos colores como si se enfrentasen en un ring de boxeo.

Eso es ‘slam poetry’: combates de poesía urbana en los que Dani Orviz, que el viernes pasó por el CMI de Aguas Vivas, es campeón internacional. Más de 300 personas disfrutaron del espectáculo ‘Massaslam!’ en la última sesión del Viernes de los Cuentos, antesala ya de la gran celebración del Día Mundial de la Poesía que llevará a cabo el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil. Una hora y media de recital de poesía oral, poesía urbana y polipoesía en la que los versos de Orviz apelaron al espectador cantados y contados, retorcidos y bailados, reclamados más que declamados.  

El asturiano era un poeta que hace diez años escribía y recitaba con su estilo propio, pero más o menos a la manera convencional, y que descubrió entonces el circuito de ‘slam poetry’, que enfrenta a unos y otros poetas urbanos, muy al modo de las peleas de gallos de los raperos. Vio que aquello se adaptaba perfectamente a su forma de entender la poesía. Y así fue como empezó a cruzarse con otros poetas en estas veladas que acaban teniendo sus campeones nacionales, pero también de Europa (Orviz lo fue en 2012) o del mundo (fue bronce en París en 2013).

El repertorio de ‘Massaslam!’ –recogido en un poemario con códigos QR para ver los vídeos: la poesía bajada del pedestal– reúne algunas de las mejores composiciones de tres minutos que Orviz ha recitado en estos campeonatos, pero a la vez encierra algo del espíritu de estos eventos. El viernes hubo una ronda con dos poemas sobre vida cotidiana y el público escogió el ganador; luego, otra con dos poemas sobre supermercados; otra más sobre amor, y finalmente, una ronda con tres poemas de baile. Varios voluntarios saltaron también al escenario para elegir los títulos. Y una de ellas se llevó también un premio simbólico, al ser la seleccionadora del que más gustó al público en la última ronda.

Pero eso era sólo el juego. En el fondo, la poesía urbana de Orviz, que saltó al escenario vestido como un pincel, dejó una enorme carga de crítica social. Sus poemas nos miran con mucha ironía y cierta compasión, zarandean las conciencias de hombres y mujeres con los hombros caídos para solicitar que prevalezca lo mejor de cada uno frente a las asperezas del mundo en que vivimos. Y lo hace, por supuesto, poniendo ritmo y rima al lenguaje de la calle. Con onomatopeyas pero sin rimbombancias. Con esdrújulas, pero sin sermones. Y con un considerable esfuerzo interpretativo.

Los resultados pueden gustar más o menos –y el poeta está acostumbrado a enfrentar al dictamen del público– pero la propuesta siempre es arriesgada. No le basta el poema de amor típico, sino que busca el primer poema de amor, con el infinitivo y la metáfora directa que usaría el primer cavernícola. Y si convierte al bar de tapas en una metáfora de nuestro país lo hace con acento andaluz y homenaje a Pepe Rubianes. Orviz codifica en sus estrofas el lenguaje del cajero automático y los sonidos de las tareas de un día gris para un tipo gris. Y baila, porque bailar nos hace mejores.

No fue un Viernes de los Cuentos al uso, sino un viernes poético. Y, como dice otra de sus composiciones, un viernes poético, pero con funky. Que acabó tirando de un surrealismo muy callejero, con un astronauta cómico gitano haciendo una reivindicación de raza colgado del firmamento.

Foto: R.M.